15 de agosto de 2015

Ganbara


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -. 

Ese de Ganbara es un viejo proyecto para el que mi amigo Vicente Galbete me hizo algunas ilustraciones (entre ellas la de una vieja máquina de escribir Underwood que hoy he rescatado para anegarme el alma en bilis negra), y que ya irán saliendo: los objetos y las historias a ellos aparejados, no las que encierran, sino las que les atribuimos. Lo explica bien Marcel Proust en Le temps retrouvé, y mejor Carlos Castilla del Pino, cuando habla de ellos como tiradores de la memoria. Me he pasado la vida guardando objetos, cosas y cositas. Hoy en el rebusco de fotografías de hace 40 años que han virado al verde pálido, me ha aparecido esa cartulina del Théâtre des Nations, de 1972. Recuerdo con quién estaba ese día –más gracias a la tarjeta que a esfuerzo alguno de la memoria–, y  apenas nada de la actuación del mimo y de una charla de Jean-Louis Barrault, en compañía de Madeleine Renaud, acerca de ese arte teatral, seguido del preceptivo debate de galimatías cultural… El resto puedo acabar inventándomelo a fuerza de recordarlo –en la guía proustiana ya citada–: el hotel ruinoso en el que vivía, Hôtel du Fétiche, por el boulevard Voltaire, creo, un París pueblerino al borde del derribo y la desaparición, pero que todavía vi en pie en 1994,  hotel cochambroso de cuatro perras, cuyo dueño era un tipo violento y repugnante. ¿O fue en el hotel D’Alsace del que me echaron por sospechoso? Alguien que permanecía casi todo el día encerrado en su cuarto, un guardillón, leyendo –Paradiso de Lezama, entre otras cosas…– no era de fiar. Tenía 21 años, acababa de publicar una plaquette de versos cochambrosos, arrebatados, de los que me resulta muy fácil reírme ahora, con cobardía. Podría inventarme unos episodios biográficos de prestigio, novelescos, pero prefiero admitir que no tenía madera de vagabundo y que vivía acojonado, algo de una vulgaridad extrema que se resiste al relato, porque ahí empieza y ahí termina, y lo quieras o no, forma parte de ti y estás donde estás gracias  a haber estado allí, entre otras cosas. Para teatro de la crueldad, el de la memoria descarnada: mala entrada, peor crítica. Suele dar en monólogos de largo metraje y escaso interés.  Hay que atreverse.

2 comentarios:

  1. Qué puede ser más honesto que esta memoria fragmentaria, nítida y nebulosa, que acaricia y atropella al mismo tiempo. Muy bueno, querido amigo.

    ResponderEliminar

*