15 de noviembre de 2015

Laberintos de la verdad

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

A pesar de lo doloroso, los hechos ¿? del noviembre aciago de 1985 han mostrado la sobrevivencia de una virtud en esta época de oprobio. Esa virtud parecía abolida por una forma de gobernar que privilegia el todo es válido para obtener un fin cuya calificación moral pertenecía a cada quien. Así se terminó por sacrificar aquella vieja noción que los sabios juristas llamaban la moral media de una sociedad. El trazado de límites de la opción personal. El ciudadano que acata la ley recibió el mote de pendejo, el que paga impuestos de tonto, el que respeta el semáforo de bobo, y el que paga las deudas y el que respeta la fila y el que escucha música sin perturbar a los vecinos.

Tal virtud es la verdad. Y encontrarla mostrará de lo que somos capaces los seres humanos cuando nos guiamos por el delirio, las convicciones provisorias como verdades eternas, la vanidad, la prepotencia.

Esa verdad es esperanzadora porque ha soportado todo: ocultamientos deliberados, humillaciones, retóricas solemnes, desprecio. Y establecerla requiere aquellos requerimientos de la verdad verdadera, no la talabartería procesal en estos días subida de tono en su inane estupidez.

¿Qué se puede pensar de esa competencia de comparar testimonios en medio de una situación donde la grave perturbación, la inminencia de la muerte, el tiroteo, las llamas, el pánico, afectaban a los de adentro y a los de afuera? Es claro que se pueden comparar, pero es absurdo que a alguien se le inicie proceso por falso testimonio cuando dice, de buena fe, lo que creyó ver. Una buena fe enmarcada en la rabia y el dolor y el sufrimiento y la impotencia.

Quizá el paso del tiempo al mantener la dignidad del dolor permita saber más. Trasladar la lámpara a las otras dos casa de las ramas del poder público. ¿Qué pensaban los legisladores?

¿En la penumbra del ejecutivo cuántas llamadas y de quienes recibieron los teléfonos?

Si bien el Presidente de entonces ha optado por el silencio, vale la pena preguntarse si el talante humanístico le permitirá dejar un testamento, una confesión, una novela.

¿Qué decían los Ministros? ¿El liberal disidente cómo lo callaron?

La verdad esperanzadora requiere balances. ¿Bastaba el cacareo de la institucionalidad para acabar con vidas humanas y justificar la barbarie? Ese discurso acoraza a la impunidad y destruye la dignidad de las víctimas.

Si el país hubiera avanzado en su construcción democrática y tuviera líderes de partidos, a lo mejor nos habrían convocado a marchar a la plaza y una caudalosa movilización popular hubiera evitado la torpe tragedia. Pueblo como las sillas de Doris Salcedo.

Como todos tengo un recuerdo. No terminaban de apagar el incendio, cometer crímenes, ultrajar cadáveres, cuando viajé a Medellín con el escritor Arturo Alape. Nos reconocimos en desvelo. Sacó un papel y me leyó un poema de amor.

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