16 de junio de 2016

Cuatro autores, cinco si me cuentan, bajo la sombra de Viscarra


CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Dos autores españoles, navarro uno, castellano el otro, y tres “nacionales”, locales, nativos, o como quiera llamársenos, sin preferencia, conversamos acerca de un fantasma literario: Víctor Hugo Viscarra, paceño, si es que al lumpen puede asignarse un origen sin caer en la hipocresía de quien olvida adrede aquello que le incomoda.

Miguel Sánchez-Ostiz, maestro narrador, punzante opinador y despiadado interlocutor habla, desde que lo conozco, de la tierra adoptiva que adora a veces, enmaraña las más y emputa también, Bolivia, y de su gente literata. Tierra de poetas, esta, del jazmín y la ponzoña; allí la fiesta se ha encaramado como rey, valga el hermafroditismo de los géneros, sin lavar el derroche de banda y serpentina la tristeza.

Miguel menciona tanto a Sáenz como a Viscarra en un péndulo que reconoce la angustiosa profundidad del primero y la azarosa existencia de Viscarra en el panorama de las letras bolivianas. No he llegado a oír que desprestigiara la obra de este último; es más, su anecdotario paceño, un conjunto de viñetas magistrales e inéditas, tienen a Víctor Hugo infaltable en presencia, halo o sombra. Lo cito casi textual: Viscarra: cuando el personaje oculta con ventaja la obra literaria, una cosa es que la obra esté sostenida en lo vivido (y bebido) y otra que toda sea juzgada y valorada por esto... Borracho estaba pero me acuerdo (et alii), bien, pero no sé si eso basta para alentar un culto (y clero) literario (casi peor el clero). Ahí toca una vena sensible del asunto. Conociendo a Víctor Hugo, yo diría que él era consciente de que estaba forjando una leyenda. No que actuara solo acorde a tal -en una pantomima que le redituara beneficios a posteriori, pero sabiendo que lo hacía-, sino que tenía el suficiente bagaje literario para darse cuenta que lo suyo pesaba a su manera y que aún no se había agotado aquello de la supuesta “maldición privilegiada”, rico campo de exterminio entre artistas. Además, estaba Sáenz en ese pedestal trágico y había que destronarlo. “Sáenz es un Tribilín”, me dijo en la chichera campiña cochabambina, desdeñándolo por escribir de lo que conocía de afuera, no de adentro como él.

Comenta Daniel Averanga, escritor alteño y boxeador callejero, sobreviviente del ataque de cogoteros reales y de las ínfulas de los literatos de cepa, que Alcoholatum y otros drinks es lo mejor de Víctor Hugo, a quien envidiaban los académicos del gremio que viviera en medio de lo que contaba. Según él, eso era lo imperdonable en vida y su legado en el que todos quieren untarse ya muerto. Recuerda Daniel: "El problema boliviano de las letras", alguna vez (Viscarra) me confió, "es que muchos de los que escriben quieren la aprobación del público, y por ello lo único de lo que se escribe es de cómo dorar la píldora con el lenguaje: ni personajes profundos tenemos”. Ni personajes profundos tenemos, carajo, dura aseveración. Porque a decir verdad Felipe Delgado no es Raskolnikoff y en la nueva literatura, de acuerdo a los críticos de la moda intimista y pajera, ya ni personajes hay.

“Tierra fértil en minerales, joyas, subterráneos tesoros, reventona de energéticas flores debidamente arrancadas de su jardín de selva y cordillera por las fuerzas del mercantil orden mundial, para mejor mantener contentos a sus aciagos consumidores y, así, eternizar el saqueo”. Bolivia, en letras de Pablo Cerezal. Este autor madrileño rememora que analfabeto de las letras bolivianas se desayunó con lo más fuerte: Viscarra, lo único a su alcance entonces, en edición pirata, para descubrir en dónde se había metido. Pobre, rico pobre, inició su conocimiento de esta literatura, llamada “andina” en desconocimiento de lo geográfico, con la escatología y el abuso que exudan las páginas “del Víctor Hugo”. Y sorna, humor, acidez, para anotar con certeza que esa obra no era el testimonio, no tan solo, de un desheredado, sino literatura y que el que la creaba excedía su entorno. Pareciera contradecir el hoy en donde Viscarra semeja más conocido por lo que fue que por lo que escribió. El legado que perseguía -Víctor Hugo no era inocente- estaba no en el testimonio propiamente sino en el estilo en que narraba las vicisitudes personales y de los suyos. Eso impresionó a Cerezal; falso, diría “que no intenté desentrañar la torva expresión con que el autor me escudriñaba desde la borrosa trinchera que parecía ser la fotografía promocional de la primera página”. Después… el impiadoso maremoto.

El narrador Aldo Medinaceli lo conoció en los avatares de la chupa, como lo hicimos tantos. “Víctor Hugo era un auténtico conocedor de la vida oscura, profunda y real de la ciudad, sin elevaciones metafísicas, sino con crudezas sociales, que muchos preferían ignorar. Y que escribía muy bien, un talento auténtico, sin sofisticaciones ni poses”. No le gusta que se lo encasille en algún tipo privado de escritura; “era un buen escritor y listo”, afirma. “Mañudo, también”. Es esto que anota Aldo que siempre me pareció característico de Víctor Hugo Viscarra y por eso no era inocente. Tenía la viveza criolla y la perspicacia del superviviente. Leyéndolo nos encontramos en un Auschwitz urbano desesperante. El talento radica en hallarle humor a la desgracia, y humor, negro o gris no importa, abunda en lo viscarriano. Y la búsqueda de prestigio, no olvidemos. En algún momento, cuando escribí sobre él para el difunto El juguete rabioso, mencioné el humor de Henry Miller por encima del ambiente de Bukowski (siguiendo la moda de meterlo en saco ajeno).

Viscarra se erige sólido. Ambivalente, multifacético, cercano aunque no lo quiera al “Tribilín” Sáenz, en un dúo sombrío más que trágico. Jean Genet, en El condenado a muerte, sentencia: “Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo”, mientras Bataille, en otro poema, recita: “Mi puta, mi corazón, te amo como se caga”. Fin.

25/05/16
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 29/05/2016

Fotografía: Víctor Hugo Viscarra en Cochabamba, con Ligia y conmigo. Café Fragmentos, 1996

1 comentario:

  1. Qué mejor que reunirse para recordar a un buen autor, a un personaje especial, a un amigo, como un bar atemporal donde se entra y se sale a gusto y donde se parla con la perspectiva de las horas transcurridas.

    Extraordinario y justiciero escrito, querido amigo.

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