17 de septiembre de 2016

La tierra sin mal (tras el 11S)

PABLO CINGOLANI -.

El Paraíso. Eldorado. Shangri-lá. Todos los seres humanos buscamos siempre, desde el primer momento, lo mismo: lo que los guaraníes llaman, a su modo, la Tierra Sin Mal. Cibola, Thule, la Ciudad de los Césares. Son otros nombres con que la historia y la leyenda, la leyenda y la historia –que terminan, al final, siendo lo mismo- designan el mismo sitio, ese lugar señalado, donde, para quien lo busca, todo lo bueno sucedería. Itaca, el Caleuche (o la Revolución Cultural de Mao), las Amazonas: la lista es infinita, y ahora que mezclo mitos, medios y seres que redimen, da lo mismo, siempre es igual: sólo se trata de eso. Se trata de encontrarla, se trata de buscarlo. El socialismo, la guitarra eléctrica, la poesía, el rock, giran como trompos insomnes y nos devuelven la marca y la mueca del mismo espejo donde, y quien lo desmentiría, nos miramos todos o nos queremos mirar o no nos animamos a hacerlo, y bueno, qué decir, así llegamos, bien, mal, más o menos, al siglo XXI.
El siglo XXI empezó el 11 de septiembre de 2001, casi-casi en tiempo cronológico pero, sin dudas, en tiempo real. Ese día, en un impecable uso y abuso del tiempo real, del tiempo de la realidad-real, esa que se televisa, ese que condena a la abolición todos los sueños, ese día, vivieras allí donde sucedió o lo hicieras en cualquier parte, ese día, el mundo cambió para siempre. Y no lo hizo en un proceso de milenios –como fue el primer gran paso, el acceso al neolítico-, o de siglos –como fue la llegada al monoteísmo o a la carta de derechos-, ni siquiera de décadas –como los cambios tecnológicos que vivíamos dentro del capitalismo. No. En un día, en un solo día, como lo que narra el Génesis o el Popol Vuh, vivimos el apocalipsis, la muerte, la transfiguración y la resurrección del mundo tal y como lo conocíamos.
Y el mundo emergente de ese día totalizador de la historia del mundo y de su destrucción como tal, es, sin dudas, el peor de los mundos. Motivo: no estaba escrito, no estaba pensado, no estaba previsto que llegásemos a semejantes niveles de barbarie. Algunos incautos creerán que estoy hablando de los árabes, pero no: estoy hablando de los que mandan, de los poderosos, del complejo militar-industrial norteamericano. Sí, el mismo que denunció Eisenhower. Ellos armaron el 11S con un solo propósito: condenarnos a la tierra baldía (Eliot), esa tierra baldía que es producto del imperio de la usura (Pound). Digan si el capitalismo financiero que nos domina, combinado con la esterilidad rampante e impune del pensamiento único y la globalización cultural que promueven los medios masivos de comunicación, no son el peor de los mundos. Y no estaba escrito, no estaba pensado: simplemente sucedió, simplemente ellos lo hicieron. Tres lustros lo mismo. Nada que decir, nada que hacer, nada que contar: nada de nada. El mundo post 11S es eso, es el mundo zombi con el que soñaban tipos como Rumsfeld, es el mundo donde no hay más Che Guevaras, ni puede haberlos. Es el mundo de la realidad-real en tiempo real, donde ya lo dije: lo que manda, lo que camina por la calle, lo que se trepa a las conciencias y las envenena, es la abolición de los sueños, incluyendo el sueño eterno, ese con el que soñaba Castelli, el de Tiwanaku: la revolución.
Entonces, viene el tiempo real de la realidad-real que vivimos o mejor: padecemos. Y que mistifica todo. Y entonces, peleamos porque haya comida para los más pobres, porque si no comen, se mueren de hambre como en Etiopía o como en La Matanza, en la Argentina. Y peleamos porque los últimos pueblos indígenas de la Amazonía puedan vivir, y no los maten las petroleras o los madereros. O peleamos porque no nos tape la basura que se enseñorea en los océanos y en las ciudades. O lo hacemos por los derechos de los pajaritos o de los maricas o del clima o de las mujeres golpeadas. Pero ya no creemos que haya que pelear por buscar y acaso encontrar la Tierra Sin Mal.
Vivimos, sobrevivimos, mal vivimos, babeamos, en el infierno tan temido y tan dantesco: hemos abandonado toda esperanza. La revolución, bien gracias, encajonada junto con el nomadismo y la poética de los lugares salvajes, esos que bastardea la caja boba y Bear Gyllis. La revolución, ¿para qué? ¿Para qué nos terminen de matar a todos? ¿Acaso no sabés que los norcoreanos están todos locos y drogados por el demente que los gobierna? Vivimos en la Tierra del Mal y nos convencieron que buscar la otra, donde el mal no existe, es una pelotudez. Prendé la tele, tomate un prozac y dejate de joder.
Nueve noches, la novela autobiográfica de Bernardo Carvalho, es uno de los libros que me llevaría a una isla, si fuera el caso. Es un texto que habla de los indios, que se están muriendo, pero sobre todo, habla sobre nosotros, que estamos agonizando. Entre sus páginas, transcribe un extracto de un poema de ese mundo que desapareció, junto con los sueños de todos, aquel infausto 11S. Es un poema de Drummond, titulado Elegía 1938, imagina todo el tiempo perdido y hasta cómo nos roban las ideas, los que te dije.
El poema dice así: “Trabajas sin alegría para un mundo caduco,/ donde las formas y las acciones no encierran ningún ejemplo./ Practicas laboriosamente los gestos universales,/sientes calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual. […] Corazón orgulloso, tienes prisa por confesar tu derrota/ y postergar para otro siglo la felicidad colectiva./ Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la injusta distribución/ porque no puedes, tú solo, dinamitar la isla de Manhattan”.



Me metí en internet a buscar una cita y encuentro una perla negra, que bien vale una misa y un final de escrito. Si querés lo escuchás a Caetano Veloso, diciendo lo mismo, el poema y (casi) el texto en:


Mensaje final: te lo dejo a vos.

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