30 de septiembre de 2016

Maldita musa

EMANUEL MORDACINI .- 



“La musa” se llama un cuento que escribí allá por 2003, a mis veinticuatro años. Fue mi primer relato escrito a consciencia; mi arrebato inaugural, podría decirse. No es un cuento muy profundo ni muy largo ni muy trabajado. Apenas cuatro páginas garabateadas que sirven como incipiente muestrario de mis obsesiones. Es un cuento trágico, asfixiante según algunos. La verdad, a mí nunca me pareció gran cosa. Siempre lo consideré menos triste que cursi, menos lúgubre que melodramático. Lo escribí durante un ataque de pánico que me mantuvo encerrado por más de dos años. Leía poco por aquel entonces (nunca fui consecuente como lector, ahora que lo pienso), de modo que no podría decir que “La musa” estuviera influenciada por algún autor o vertiente literaria en particular. Puedo afirmar, eso sí, que mi inspiración al escribir el cuento vino desde otra parte: del cine y de la música. Como los accesos de pánico me impedían socializar, mataba mis horas devorando películas a diestra y siniestra. Hubo dos films que fueron el germen de “La musa”, cada uno a su manera: “Lost Highway”, de David Lynch, y “Secretary”, de Steven Shainberg.

No más de una semana me llevó finalizar el relato y por esos días ni siquiera pasaba por mi cabeza la idea de publicarlo. No obstante, unos meses después, medianamente recuperado de mis fobias, acabé publicándolo en un portal bastante rudimentario llamado Literatos S.A, pero el sitio fue dado de baja al poco tiempo. Gabriela estaba fascinada con el cuento y me estimuló a que lo presentara en algún concurso, a lo que accedí sin estar del todo convencido. “La musa” obtuvo una mención en un certamen provincial y yo recibí un lindo diploma que extravié al cabo de unos meses. Entre finales de 2003 y principios de 2004 esbocé (otras) varias historias, pero ninguna de ellas llegó a buen puerto. “La musa” quedó allí, impoluta y anónima, y yo terminé olvidándome del asunto. La cuestión es que ese relato, que odié durante años y recién pude asimilar hace poco tiempo, fue el impulsor de un demencial raid literario, una absurda telaraña de historias que terminaría por dañar mi credibilidad y mi cordura.

En cierto sentido, toda la culpa fue de Gabriela. Su obsesión por el cuento era tal, que terminó por infectar todo cuanto nos rodeaba. “La musa” se había enraizado en nosotros como una extraña especie de cáncer. En diciembre de 2005 el cuento se publicó en Palabras Malditas, una revista literaria virtual orientada al erotismo, y el texto tuvo tan buena recepción que me ofrecieron convertirme en colaborador permanente. Sin Límites se llamó mi sección en la revista y desde allí escupía al mundo mis letras más secretas y repulsivas. Si algo caracterizó a Palabras Malditas en sus inicios fue el perfecto equilibrio entre sexo manifiesto y contenido literal. Esa postura transgresora y desprejuiciada frente al erotismo visual y escrito atrajo mi atención en un primer momento y me llevó a presentarles “La musa” a modo de prueba. El relato se transformó en uno de los más leídos del portal y Carmen, la editora, me dio luz verde para escribir lo que quisiera, siempre y cuando mantuviera cierta periodicidad.

-Escribe, Emanuel -me dijo Carmen desde México-, dale para adelante que “La musa” ha sido todo un éxito.

Diez años escribí para Palabras Malditas, la mayoría de esos textos (que todavía andan por ahí, pese a mi vergüenza) son lisa y llanamente basura. Y lo más triste y aterrador: muchos de esos abortos literarios fueron escritos para contrarrestar los devastadores efectos de “La musa”.

Soy un escritor culposo, taciturno y autodestructivo. No hablo sobre mis creaciones y mucho menos opino sobre mis personajes. En este contexto, escribir sobre “La musa” solo puede considerarse una suerte de exorcismo. Aunque, en honor a la verdad, no interesa tanto la historia en sí como su personaje central: Julieta, la musa misma, la que otorga entidad al relato. La narración se inicia de esta manera:

“La primera vez que la usé como modelo fue una fría tarde de julio. Atrás habían quedado mis tiempos de pintor reconocido y sobrevivía en ese momento gracias a cuadritos inconsistentes y mediocres que lejos estaban de aquellas monumentales obras que supieron significarme los elogios y aplausos de los más exquisitos aficionados al arte. La inspiración que otrora me valió el respeto y la admiración de los grandes parecía haberse desvanecido y esa ausencia de matices me había hundido en un abismo oscuro y putrefacto. El dinero comenzaba a escasear y la venta arbitraria de horribles lienzos polícromos me proporcionaba unas cuantas monedas con las que comparaba algo de comida y drogas.”

A partir de ahí, Manuel X, pintor en crisis y alter ego de este servidor, cuenta cómo conoció a Julieta en un bar de mala muerte y cómo se embarcó junto a ella en un intenso y trágico romance. Todo está narrado con ligereza, sin ahondar en detalles. Cualquier atisbo de profundidad psicológica es absolutamente involuntario. Ya lo dije: escribí el cuento de un saque, por puro instinto, sin sospechar siquiera el embrollo en que me estaba metiendo.

Pero quiero detenerme en ella, la chica nacida de mis letras. Julieta es hija directa de las obsesiones y fantasmas que me asolaban en un momento en que mi vida se estaba literalmente desmoronando. Recién ingresado en mi veintena, había pasado de exitoso estudiante de informática a paciente psiquiátrico multifóbico en apenas un pestañeo. Vivía recluido: actividades tan naturales como ir al supermercado, viajar en colectivo, cortarme el pelo o entrar en una discoteca se volvieron auténticas odiseas. Estaba inmovilizado de pies a cabeza, el pánico había barrido con todo mi universo. Comencé a ir a terapia y a tomar ansiolíticos. Mi perversión innata se vio de pronto agigantada por la rabia: me volví cruel, retorcido y desquiciado. Gabriela giraba alrededor mío como una libélula disciplinada, ayudándome en todo lo humanamente posible. Incluso nuestra vida sexual se había vuelto extraña, como si no acertáramos a encontrarnos uno con el otro. Saturaba la claustrofobia de mis noches con música gótica, revistas pornográficas y densos dramas cinematográficos. Así se fue gestando Julieta: en la angustiante intimidad de mis horas de pánico, en las truculentas historias que me devolvían las pantallas, en el eco de canciones oscuras y paranoicas, en el reverberar de hipnóticas y furiosas guitarras, en el sopor de las pastillas mezcladas con cerveza, en los gemidos de Gabriela, en el sonido sucio de mi pelvis chocando contra sus nalgas. Julieta estaba hecha a mi imagen y semejanza: era la perfecta génesis de las mujeres que atormentaban mis sueños. A la manera de Frankestein, fui armándola uniendo retazos de diferentes personalidades artísticas de mi preferencia, brindándole más oscuridad y pesadumbre conforme sucedían los párrafos. “La musa” iba tomando forma paulatinamente, una doncella quebradiza de sino invariablemente trágico. Julieta tenía algo de la Patricia Arquette morocha de  “Lost Highway” y otro tanto de Lee Holloway, la torturada secretaria personificada por Maggie Gyllenhall en el film homónimo. También había en ella cosas de Mia Kirshner, una de mis actrices fetiche, de Asia Argento y de Amy Lee, la etérea cantante de Evanescence. Eran los tiempos de Fallen, disco que despertó en mí un macabro fanatismo. Eran los tiempos de Bring me to life, Going under y My inmortal, canciones abismales que me empujaban a la más erótica de las penumbras.

-¡Levántate, Julieta! -parecía gritar desde las nieblas de mi angustia-. ¡Ven a mí y canta y llora y mastúrbate, que acá estoy para recibirte!

Una mancha de tinta marcó el fin del proceso. Me sentí orgulloso de “La musa”, orgulloso de esas cuatro páginas garabateadas que tantas complicaciones me acarrearían en el futuro.

“Y entonces, en medio de aquel antro ominoso y ruin, como una rosa encarnada sobresaliendo de un pantano cenagoso, la vi por primera vez. Era una muchacha fresca y radiante, de piel blanca, caderas ondulantes, senos respingones, nalgas leves y cabellos negros que caían suavemente sobre su espalda.”

“La musa” reafirmaba mi predilección por las mujeres de cabellos negros (más negros que el ala del cuervo a medianoche), doncellas pálidas y torturadas de labios hambrientos y ojos como diamantes. Gabriela había leído el cuento mucho antes que se publicara en Palabras Malditas y su obsesión comenzó a vislumbrarse de forma gradual, como esas brisas veraniegas que derivan en furiosas tempestades. Bastaron solo un par de semanas para que Julieta se instalara definitivamente en las fantasías de Gabriela. Eso no dejaba de provocarme una oscura fascinación: yo, que no era ni por asomo un lector consumado y lejos estaba de considerarme siquiera un proyecto de escritor, había logrado, a través de un personaje propio, conmover y vulnerar la inestable psique de esa cuarentona atractiva y conflictuada que contaba además con el aliciente de ser una destacada profesora de letras. ¿Qué extraño capricho cósmico había puesto a mi lado a un ser tan enrevesado como Gabriela? ¿De qué iba en realidad nuestro vinculo, ese psicótico carrusel que no cesaba de empujarnos hacia los abismos de nuestra torturada humanidad? Y entonces apareció Julieta, la inexistente, la musa maldita y ya nada fue lo mismo. Los celos enfermizos de Gabriela se vieron inexplicablemente acrecentados.

-Me pone muy mal tu cuento -me dijo una vez-. Pero no puedo dejar de leerlo, y cuando más lo leo, más poca cosa me siento. Yo no soy como Julieta, no puedo dejar de sentirme una basura. Ella, pura, virginal, con un cuerpo tan hermoso y yo así, vieja, fofa, oscura, depresiva. Aún así, me encanta la manera en que la describís y también me perturba. Tenés un gran talento para describir mujeres, sos un excelente paisajista de la femineidad. Escribir minas es como cogértelas, ¿no? Se nota que sabés mucho de minas, Emanuel, y además tenés un gusto definido: morochas. Y yo no puedo dejar de darme manija, no tengo el pelo lacio y negro como Julieta, no tengo sus tetas ni su cintura de avispa, ni sus ojos claros, ni sus caderas. Soy fea, soy una vieja fea…

Gabriela no era fea en absoluto, sino una hermosa mujer de cuarenta y ocho años que derrochaba sexo por todos lados. Y como toda mujer atractiva de mediana edad, poseía un pasado sentimental del que yo carecía. Gabriela tenía una hija, un ex marido y varios ex novios desparramados por ahí. Si alguien debía sentir celos, era yo. Pero ella continuaba con su cantinela y en un momento el asunto de verdad comenzó a molestarme. Las menciones a “La musa” se volvieron grotescas y deliberadas, casi parecía que Gabriela se estuviera burlando de mí con todo ese rollo de sus celos hacia Julieta.

-Sabés, Emanuel, tu cuento me recuerda a “El túnel”, de Sábato ¿Lo leíste?

-No. “Sobre héroes y tumbas” fue lo único que leí de él. No me gusta Sábato.

-Bueno, “La musa” tiene muchos puntos en común con esa novela, las galerías de arte, los talleres de pintura, todo eso.

-¿Sí?

-Sí.

Pedí prestado “El túnel” a un amigo: nouvelle vibrante y absorbente, pero saturada de esos desvaríos metafísicos propios del hombre de Santos Lugares. El libro me generó sentimientos encontrados: me entretuvo con ferocidad al tiempo que me irritó soberanamente. Muy a mi pesar, había empezado a disfrutar de esas ambivalencias. Quizá sin saberlo, Gabriela había abierto las puertas a nuevas formas de intimidad y experimentación.

-Morochas, preferiblemente de ojos claros y cutis pálido. Tu fijación con esa clase de minas me resulta fascinante. Nunca una rubia, nunca una pelirroja.

-Las pelirrojas también me gustan mucho. Las rubias no, me aburren.

-Ya lo sé, pero lo tuyo son las morochas, estás obsesionado. Pienso en Mia Kirshner, en la tipa esa de “La Secretaria”. ¿Te inspiraste en ellas para crear a Julieta, verdad?

Gabriela se aferró a mis hombros y me clavó una mirada de intensa lubricidad. Sus ojos pardos brillaban como carbones encendidos. Eran cerca de las once de la noche, la habitación se hallaba casi a oscuras. Estábamos desnudos. Yo, sentado en una pequeña banqueta de madera, ella a horcajadas encima de mí. Me agarré de sus nalgas y mordí uno de sus pechos. El tibio pezón pareció bailar entre mis dientes. La vagina de Gabriela se ajustaba a mi pene como una ventosa. Aquella estrechez suya no dejaba de sorprenderme: era casi como cogerse a una veinteañera.

-No sé por qué insistís con lo mismo, Gabriela, a veces te ponés demasiado densa.

-No me puedo sacar esas imágenes de la cabeza. Julieta, su cuerpo, su pelo oscuro, su sensualidad ¿Sabés cuál es la parte que más me enloquece?

Comenzó a moverse acompasadamente, como una gata enjaulada. La abracé con fuerza, inmovilizándola de súbito. Dudaba de mi propia resistencia. Si seguía moviéndose así, iba a estallar sin remedio.

-Claro, lo sabés de sobra –continuó con la voz tenue y estertorosa-. Pero te lo voy a repetir: la escena en que te acostás con Julieta, está escrita con tanta elocuencia, con tanta pasión, que no sé, es raro, Emanuel, no te imaginás como me pone recordarla.

La escena es esta:

“Entonces sentí un ardor furibundo invadirme el cuerpo, como una irresistible quemazón que me devoraba de a poco el corazón, las entrañas y los miembros, y me pareció verla a Julieta sobre un océano de fuego, llamándome. Acerqué mis labios a los suyos, besándolos suavemente. Con mis manos rodeé su cintura y la atraje hacia mí con vehemencia, hasta sentir sus senos aplastados contra mi pecho. Su piel brillaba como la arena del mar y un leve sudor le brotó de los poros emanando un perfume de flores. Entonces, la besé con más fuerza y su boca fue un cántaro de miel vertiéndose en la mía. Despojándola de sus pudores, la cargué en brazos y la tumbé sobre la cama, ultrajándola, hundiéndome en ella como un nómada sediento”

Pensé en su ex marido y en los posteriores ex novios con los que ella alardeaba. Pensé en mi escasa experiencia con mujeres. En lo patético que debía verme escribiendo cuentos inspirándome en actrices. Deseaba con urgencia una Julieta real, pero en ese momento Gabriela era mi única realidad posible.

-Estás celosa de alguien que no existe. Si no te conociera, hasta podría ofenderme…

La fantasía se había apoderado totalmente de ella. La fui soltando de a poco, a medida que mi prematuro clímax se alejaba. Controlarme, no eyacular antes de tiempo, dejar que Gabriela naufragara en su propio delirio erótico, contemplarla y sacar provecho de ella. A eso se reducía todo. Su fijación con (mi) Julieta me resultaba tan repulsiva como excitante. La miré a los ojos, puse mi cerebro en blanco y dejé que ella continuara con lo suyo.

-Sos un mentiroso compulsivo, Emanuel, te pasás el día diciéndome que sos casi virgen, que tenés problemas para relacionarte con las minas, que para vos el sexo es más literario que carnal, y todo eso, pero lo que escribiste… lo que escribiste me pone la piel de gallina, se me erizan los pelos de la concha. Esa Julieta tan real, tan sensual y tan loca, ¿Por qué mentís así, Emanuel? ¿Acaso te doy tanta lástima?

Continuó moviéndose perdida en sus alucinaciones. Casi podía tocarle la entrada del útero con el glande. Vertía jugos sobre mi vientre, transformando mi pelvis en un valle pegajoso. La vi desdoblarse, sacudirse y tensarse a medida que se acercaba al orgasmo. Mi mente estaba en blanco, el dominio de mi placer era absoluto. Gabriela se iba sin remedio. Esa maldita estrechez suya, esa maldita concha de veinteañera. Gabriela no solía ser muy estridente en sus orgasmos. Acabó con un tenue chillido.  No le di tiempo a recuperarse, la cargue en brazos y la lleve a la cama. Me acosté e hice que ella se acostara al lado mío.

-Quiero que me veas…-le dije.

Me masturbé por unos minutos. Cuando estaba a punto de acabar, empujé su cabeza hacia abajo. El semen se derramó sobre mi vientre ante sus ojos fascinados. Con la culminación, sobrevino un incomprensible ataque de pudor que me llevo a intentar apagar la luz, pero Gabriela me lo impidió. Con ambas manos empezó a esparcir el esperma por todo mi abdomen.

-Julieta nunca haría esto ¿O sí? -dijo mirándome lánguida e inexpresivamente.

Por supuesto, las cosas no terminaron allí. Nuestra vida sexual pasó a girar exclusivamente alrededor de la etérea e inexistente Julieta. Tanto, que a Gabriela le empezó a costar horrores alcanzar el orgasmo sin traer a colación fragmentos de mi cuento maldito. Había transcurrido más de un mes y yo estaba completamente saturado. Aquello me irritaba al tiempo que me provocaba un placentero escozor. Duendes lúbricos descendían de mi cabeza hasta mi pene y, desde ahí, explotaban al mundo desparramando toda su ponzoña. Sentía unos enfermizos deseos de golpear a Gabriela, unas locas ansias de lastimarla. Esa violencia generó en mí una idea tan extrema como reveladora: no era a Gabriela a quién debía lastimar, si no a Julieta. “La musa” no existía más que en mi mediocre literatura, por lo tanto, literario tenía que ser su asesinato. Se trataba de esfumarla, de borrarla de un plumazo (nunca un eufemismo resultó más acertado). Si Julieta había logrado meterse en las fantasías de Gabriela al punto de infectar por completo nuestra relación, entonces debía crear otras mujeres que consiguieran desplazarla. Ese fue el inicio de una enloquecida cadena de relatos que fui publicando en Palabras Malditas en el transcurso de seis años, todos protagonizados por mujeres que constituían, a mi entender, la antítesis de Julieta. A estas chicas nacidas de mi cerebro les di el nombre de antimusas. Escribía movilizado por el despecho y por la ira, borracho y/o dopado con barbitúricos. Eran narraciones deliberadas, crueles, estrafalarias, caóticas, sucias, escatológicas, promiscuas. Cuentos oscuros y desmesurados que buceaban en el pulp más abyecto, historias por completo carentes de verosimilitud o buen gusto. No interesaban el estilo ni la coherencia, sólo resultar repulsivo a como diera lugar, escandalizar a la lectoría gratuita e impunemente. Fueron seis años de humeante y suculenta basura literaria. Zombies, ninfómanas, vampiras, asesinas, necrófilas, cualquier aberración era válida, cualquier perversión estaba permitida. Mi sección en Palabras Malditas se convirtió en un detallado catálogo de parafilias. Hoy la vergüenza me oprime el pecho al releer esos relatos y soy yo el escandalizado al rencontrarme con ellos. Pero en ese momento mi realidad era otra, hundido como estaba en el alcohol y los ansiolíticos. En ese momento solo importaba extirpar a Julieta de la mente de Gabriela, quitar de ella ese maldito cáncer. Paradójicamente, Gabriela nunca leyó esos textos de primera mano, jamás me animé a enseñárselos, sólo los enviaba a Palabras Malditas de manera compulsiva, sin corregir ni pensar en otra cosa que en esa urgente publicación. Presumo que Gabriela habrá entrado a la página más de una vez, pero nunca me dijo nada al respecto.

A continuación, y para ir finalizando, voy a hacer un breve repaso de mis antimusas más importantes y sus respectivas escenas de sexo. Así es: sólo se trata de sexo. Sin embargo, aún en la basura literaria más repelente, puede hallarse terreno fértil para que crezcan las flores del erotismo. Pues bien, aquí vamos:

“El arte de matar” es el título de un relato que salió en Palabras Malditas a fines de 2007, cuando los ecos de “La musa” comenzaban a extinguirse y el inestable cerebro de Gabriela se encontraba en su punto más álgido. Es un relato escrito exclusivamente como respuesta a Julieta, y de él se desprende mi antimusa número uno: Allegra Weisz, asesina mercenaria experta en el manejo de armas. La historia, mezcla de novela barata de espionaje y película de acción de los noventa, está narrada por Mike Callahan, killer a sueldo de la CIA y alter ego en las antípodas de Manuel X. Allegra resultó rubia por simple oposición: si Julieta era morocha, Allegra tenía que ser exactamente lo contrario. La escena sexual entre ambos personajes es la siguiente:

“Llegué al apartamento, abrí la puerta y entré. Adentro todo estaba totalmente oscuro. Allegra estaba parada frente a mí, vestida solamente con un sucio conjunto de ropa interior negra. Su sobretodo y su pantalón estaban tirados a los pies de la cama. Al verla en esa falsa actitud pasiva, mi odio hacia ella se hizo más violento. Necesitaba lastimarla, vengar de alguna manera todas sus muertes y humillaciones. Corrí hacia ella y la empujé contra la pared. A nuestro costado, ordenadas encima de la mesa, las armas relucían como juguetes demoníacos. Allegra me miraba abstraída, su cabello rubio brillaba con una luminosidad sobrenatural. Pero entonces algo me detuvo: el lazo que me unía a ella era más fuerte de lo que pensaba. Estaba lleno de odio, lleno de furia, quería estrangularla, golpearla, deshacerme de su presencia ominosa e infame. Pero no podía hacerlo, simplemente no podía. Allegra se desabrochó el corpiño y lo dejó caer. Le vi los pechos pequeños y firmes y sólo entonces me di cuenta de lo mucho que la deseaba. Ella respiraba con dificultad, como si se estuviera asfixiando. Yo comencé a acariciarle los pechos. Primero suavemente y después con fuerza, apretándolos como si quisiera acoplarlos a mis manos. Sus pezones eran serpientes escurriéndose entre mis dedos. Allegra me besó con violencia, yo la apreté entre mis brazos y sentí su cuerpo palpitar contra el mío. Nos besamos desesperadamente, como si quisiéramos herirnos, como si nuestros labios y nuestras lenguas resultaran insuficientes para tanto fuego contenido. Estábamos explotando. Ella jadeaba, invadida por un placer explícito. Yo le besé el cuello y los pechos, de un tirón le saqué la bombacha y la penetré de un solo golpe, allí mismo, contra la pared. Ella enroscó sus piernas alrededor de mi cintura y comenzó a gemir como una desaforada. Yo la aferré del culo y la embestí con más potencia, con más ferocidad, como si quisiera desgarrarla. Ella se sacudió convulsivamente. Aquello no era un acto sexual corriente, era casi una violación, una lucha descarnada, una revancha. Ella me mordió el labio inferior hasta hacerme salir sangre. Yo la abofeteé y la tumbé sobre la cama. Entonces Allegra se abrió de piernas y yo me perdí en su vasto universo de humedad y violencia y nuestros vientres se volvieron uno, y nuestras bocas una sola carne, y el clímax nos inundó con una marejada de gritos y humores y nuestras almas se elevaron al cielo en una depravada danza de muerte”

“El arte de matar” fue un fracaso. Nadie lo leyó, nadie comento nada. La revista lo quitó al poco tiempo. Bien merecido se lo tenía.

“Crepúsculo Rojo” se publicó en 2010 y es un cuento muy similar. Su protagonista es Nadine Hamshari, terrorista suicida y antimusa número dos. El narrador se llama Hamid, también terrorista. Crepúsculo Rojo es una agrupación (terrorista, como no) que recluta a Hamid y Nadine para inmolarse. Todo ocurre en la ciudad de Kabul, en Afganistán, durante la visita de una delegación del gobierno yanqui (¿?). Hay conspiraciones, Marines enloquecidos, explosiones y cosas por el estilo. Es un cuento bastante confuso, nada llega a cerrar del todo. Lo único medianamente rescatable son las descripciones de Nadine y los fragmentos sexuales que paso a detallar a continuación.

“Y todos los días, mientras me paseaba con mi ametralladora Kalashnikov  automática, observaba a esa muchacha delgada y bonita deambular por las dunas como un hada del desierto. Supe que se llamaba Nadine y que provenía de las lejanas tierras del norte, donde el desierto se funde con el cielo y todas las cosas tienen la etérea intangibilidad de los sueños (…) Y cada noche llegaba a ella a través de mis fantasías y la veía caminar hacia mí vestida con amplias túnicas transparentes, mostrándome su cuerpo semidesnudo como una ninfa nacida de la arena. En su sangre palpitaba una extravagante mezcla de genes orientales y occidentales y esa circunstancia hacía de ella una persona inaccesible, una alocada felina por completo irrespetuosa de toda norma étnica (…) ¿Cuáles son los recuerdos que me quedaron de Nadine? Muchos, demasiados. Su cuerpo entero es un símbolo tatuado a fuego en mi carne, mucho más ardiente que las desbocadas llamaradas que luego terminarían por consumirme: la imagen embriagante de su cuerpo desnudo tirado sobre la cama, el penetrante olor a sudor de sus axilas sin depilar, las suaves colinas de sus pechos erguidos, de sus pezones tiesos como almendras, sus nalgas inmaculadas de muñeca, la perfecta simetría de sus muslos abiertos temblando bajo mis embestidas salvajes. Allí, encerrados en la oscura intimidad de esa casa rentada, nos entregábamos al placer de nuestros cuerpos de una forma fría y despojada de todo afecto, como animales en celo cumpliendo su proceso de apareamiento”.

“Crepúsculo Rojo” naufragó irremediablemente. Todavía está en la Web, en lo que resta de Palabras Malditas. Sigue siendo un cuento de mierda.

Joanna y Katrina son mis antimusas tres y cuatro respectivamente, las últimas que voy a reseñar. Ambas son parte de un cuento titulado “La gimnasta”, publicado en 2012. Confieso que desde hace años estoy seriamente obsesionado con la gimnasia rítmica (no confundir con gimnasia artística). Me fascina toda esa gracia, toda esa sensualidad y elasticidad, todo ese velado erotismo. Tengo un cuaderno repleto de fotos de Evgenya Kanaeva y Daria Dimitrieva, medallas de oro y plata de la disciplina en los Juegos Olímpicos de Londres. Estoy perdidamente enamorado de ellas, no se imaginan como las quiero. De hecho, escribí “La gimnasta” los días posteriores a la culminación de dichos juegos, a modo de enfermizo homenaje a mis dos amores imposibles. Contrariamente a lo que pueda suponerse, este cuento no me parece del todo malo. Está plagado de excesos, eso sí, y esa grandilocuencia estilística atenta contra la naturalidad y verosimilitud de la historia. Joanna tiene diecinueve años, el pelo castaño y su nacionalidad es incierta: puede ser argentina, chilena o belga, da lo mismo. Katrina anda por los veinte, tiene el pelo negro, es rusa. Las dos son gimnastas, contrincantes acérrimas en ciertos Juegos Olímpicos realizados en una inmensa ciudad sin nombre. La idea era que la encarnizada competencia entre ambas mutara en insana atracción, pero el cuento (narrado en una tercera persona distante) se desbarranca al punto de volverse inentendible. Joanna siente un miedo patológico hacia Katrina y, promediando la historia, tiene un sueño erótico con ella. Su descripción de la siguiente:

“Joanna, vestida con una malla de baile color violeta, camina a lo largo de la pasarela rumbo a la pista, pero al salir descubre que el auditorio está completamente vacío. De pronto las luces se apagan y una densa oscuridad se apodera del estadio. Joanna siente un escalofrío al ver a Katrina parada a unos metros, debajo del único foco que permanece encendido. La rusa viste una ajustada malla enteriza color carne y sostiene en su mano derecha una larga cinta de roja. Joanna comienza a llamarla, Katrina se da vuelta y corre en la oscuridad. Joanna la sigue. Absolutamente todo se encuentra a oscuras. Entonces ve una luz, un leve resplandor que se va haciendo más grande a medida que ella se acerca. Es un farol que parpadea por encima de una puerta que ella reconoce; la entrada a las duchas y los vestuarios. Joanna siente que se le retuerce el estómago, que algo siniestro y excitante la acecha. Escucha el agua gotear dentro, como si alguien estuviera orinando. Joanna llega a la puerta y la pálida luz del foco le confiere un aspecto lánguido y enfermizo. El goteo se torna incómodo, molesto, irritante. Joanna se asoma al interior de los baños: un denso hedor amoniacal llega a ella en una ráfaga helada. Joanna empieza retorcerse, una saliva espesa le llena la boca redoblando sus náuseas. A pesar de su miedo y de su asco no puede alejarse. Entra a los baños lentamente, el lugar está totalmente iluminado (una luz blanca, mórbida), Joanna ve las paredes azulejadas y los mingitorios llenos de pastillas desinfectantes. Cruza el baño hasta llegar a las duchas: un vapor cálido y pegajoso se levanta de los pisos llenos de agua sin escurrir. Joanna comienza a transpirar, la malla violeta se le pega al cuerpo, se siente incómoda, sucia, maloliente. Una rara emoción la invade, una voluptuosidad nunca antes experimentada, una excitación insana y temible. De pronto siente una presencia, como si alguien la acosara desde lo más profundo de sus pesadillas. Joanna siente un temblor en el bajo vientre, un cosquilleo húmedo entre sus muslos. Entonces escucha una voz: “Joanna- dice la voz-. Joanna…”. Se da vuelta y ve a Katrina parada ante ella. Bella, delicada, seductora, la muchacha rusa la observa con una expresión posesiva, abyecta, amenazante. La cinta roja parece un hilo de sangre deslizándose por su cintura. Hay algo en los ojos de Katrina que inquieta a Joanna, un brillo maligno que le crispa los nervios. El baño es un infierno húmedo, el olor a orina y transpiración se mezcla con el ácido hedor de los desinfectantes. Joanna no puede moverse, los miembros no le responden, su mente es un inmenso agujero negro. Katrina corre hacia ella y la besa apasionadamente, Joanna siente en sus labios los cálidos labios de la rusa, siente su lengua hurgándole la boca, el sabor de su saliva, el rostro de ella apretado contra el suyo, el sonido agitado de su respiración. Ambas caen al piso, el lúbrico abrazo de Katrina conmueve a Joanna, sus besos la elevan a zonas inexploradas de su erotismo. Katrina le lame el cuello, le acaricia los pechos por encima de la apretada malla violeta, le frota la entrepierna con la rodilla, le aprieta el largo cabello oscuro. Joanna ni siquiera intenta alejarla, su voluntad está por completo minada. Katrina le desgarra la malla violeta a la altura de los pechos. Joanna, sin pensarlo, guía la mano derecha de Katrina a través de su pubis. La rusa se abre el escote dejando sus senos al descubierto, Joanna acaricia los pezones suaves y sonrosados. Vapores fétidos brotan de los blancos mingitorios, de las blancas duchas taponadas de sarro. Joanna y Katrina hacen el amor sobre el piso inundado de agua sucia, como doncellas malditas desbordadas por el deseo. Los dedos de Katrina acarician con violencia el piloso pubis de Joanna, quién gime y se retuerce abrumada por las primeras punzadas del orgasmo. El clímax sucede como una escandalosa marejada, como una tormenta de fuego y arena. Segundos después del último estertor, Joanna se encuentra vacía, como si el placer le hubiese corrompido el alma. Pero hay otra cosa, un nuevo resplandor en la gélida mirada de Katrina. Joanna siente miedo, quiere salirse de allí, pero no puede hacerlo. Katrina se chupa los dedos, esos que conservan aún el olor y el sabor de Joanna, luego agarra la cinta roja y le rodea el cuello. Katrina aprieta, aprieta muy fuerte. Joanna empieza a sacudirse. Una espesa oscuridad se extiende por el cuarto de baños. El rostro de Katrina se transfigura en una máscara siniestra, sus delicadas manos aprietan con firmeza la cinta roja alrededor del frágil cuello de Joanna. Todo se vuelve negro, demasiado negro, como un anochecer lento, paulatino y terrible. Joanna no tiene fuerzas para seguir luchando, el aliento la abandona. Katrina la está venciendo nuevamente. Katrina, maldita Katrina. En un último y desesperado movimiento, Joanna estira la mano y acaricia el rostro de Katrina. Entonces, la oscuridad termina de invadirla y se muere, se muere, se muere mientras Katrina fotografía su último aliento”

“La gimnasta” es un cuento herido de muerte desde su concepción. Corregirlo es absolutamente imposible. Se trata de una historia maltrecha e inútil. Quizá intente reescribirla en algún momento, no lo sé.

Hay otras antimusas, por supuesto. Algunas de ellas irreproducibles. Siguen vivas, aunque varios de esos relatos ya no existan. También sigue viva Julieta, pero su presencia ya no es una carga. Aprendí a quererla, a valorarla y a respetarla. Contradicciones de la vida (y de la literatura): “La musa” fue el único relato salvado de la quema masiva de textos que sobrevino a mis meses de forzada sobriedad. Lo que verdaderamente lamento es que Carmen no me haya frenado a tiempo, que permitiera que esos engendros literarios se sumaran a mi historia como a una cartografía demente. Esos textos me persiguen, lo harán hasta el fin de mis días. Releyendo “La musa” estas últimas semanas no pude dejar de recordar a Gabriela. Hace años que no la veo y más allá de algún circunstancial tecleo vía  Facebook, prácticamente dejamos de tener contacto. Lo curioso es que al menos la mitad de esas narraciones las escribí estando separado de ella. La extraño demasiado algunas noches. Ninguna mujer se entregó con tanta pasividad a mis excesos, ninguna se brindó a mí con tanta devoción y descaro. Sigo necesitándola, pero soy consciente que, a estas alturas, un nuevo acercamiento es completamente imposible.

Por suerte está Julieta. Sensual, atormentada, etérea, regresándome una y otra vez a ese pasado y pulverizando cualquier retórica.     

Imagen: Malcolm Liepcke

         

1 comentario:

  1. Casi una nouvelle. Apasionante narración, amigo Mordacini. Muy bueno.

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