11 de febrero de 2018

Vamos de paseo...

Aldo Alcota

De Coquimbo soy

Comienzo a cantar para despertar. Cantante soy de mis fracasos y mis triunfos. Vamos a cantar hasta perder la voz. Vamos a cantar y reír. De Coquimbo soy. Me mojo la cara en el baño y me visto para salir a caminar. Después de haber dormido en un sofá, quiero relajarme. Caminar sin rumbo fijo por Coquimbo. Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur. Para no pensar tanta huevada con cabeza de huevo. Me vendrían bien unos huevos fritos pero el refrigerador está vacío y no me queda dinero. Walking around. Comienza el round.

Al andar por el puerto veo a tipos, entre treinta y cincuenta años, vender parche curitas. Otros piden para un pan en la puerta del supermercado. Otros están borrachos, con una botella de plástico vacía en la mano y piden monedas a los automovilistas. Estoy en Coquimbo. No sé hasta cuándo. Escucho la sirena de los bomberos. Anuncia la mitad del día. Las doce y doce gaviotas en el cielo. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. La calle Pinto está repleta de peluquerías. Ha inaugurado hace poco una barbería dominicana. Desde su interior se escucha merengue. Buscando visa de cemento y cal. También sobreviven peluquerías con señoras de estolas blancas, quienes llevan décadas en el oficio. Siempre sale de allí un olor a tintura y laca. La misma laca que usaba mi abuela.  

Soy lo que soy, mi propia creación, mi propio destino. Me dieron ganas de caminar para no irme por el wáter. Siempre pienso que al sentarme en la taza del baño, saldrá de abajo un bicho mutante y me morderá el culo. Me detengo ante una tienda de disfraces. Veo una máscara del Pato Donald. Sonríe animal. Look at me, I’m the disco duck. Disco, disco Duck. Sigo mi ruta sin destino preciso. Los surrealistas o gente como Guy Debord hacían lo mismo. Pasear por una ciudad hasta perderse en los festejos del azar. Tengo ganas de estornudar y no puedo. El sol está fuerte. Es un metal amarillo y caliente que te hace llorar por la piel. Plaza Vicuña Mackenna. Vengo cantando este guaguancó con sabor cubano. En los alrededores está la aduana; el juzgado; el puerto con sus barcos que llegan y se van; grúas y más grúas; contenedores oxidados; una galería de arte que no abre nunca; una dependencia de la Armada; un monumento a Arturo Prats, desafiante con su espada en dirección a la Parte Alta; las esculturas del hombre con paraguas y el auto antiguo a punto de llegar al cielo; una caseta de turismo con información sobre la ciudad; el Centro Cultural Palace y su segundo piso donde se ve en los balcones una maniquí, vestida al estilo decimonónico, con su vista perdida hacia el mar. Hay momentos en que todo se detiene y no pasara nada. Imágenes congeladas pronto a derretirse. Me cansé. Tengo calor. Traigo en mis manos la buena fortuna. Me siento en un banco de la plaza y cierro los ojos de tanta pereza. Queca, queca que calor. Los abro después de unos segundos y miro al suelo. Veo una hormiga que zigzaguea. No sabe hacia dónde ir. A lo mejor se dirige a un Coquimbo hecho por piezas de Lego. Ganas de subirme a un barco e irme. Podría llevarme la maniquí que he visto en El Palace, como amiga de viaje. Inventaríamos teleseries para no aburrirnos. Que sean de piratas. Porque en Coquimbo hay muchos piratas. Me han dicho que se pueden encontrar en las Fuentes de Soda de Melgarejo. La mayoría de ellos dirá que saldrán en la próxima entrega de Piratas del Caribe y son grandes amigos de Johnny Deep y Javier Bardem.

Me aburre estar en la plaza y camino nuevamente. A unos metros, están sentados tres haitianos. Miran sus celulares y hablan en su inconfundible créole. Menm lè m pa gen kòb ki pap voye’m ale. Hace días me duele una muela. Iré al dentista. No tengo Isapre, ni Fonasa, ni nada. Hay una dentista colombiana que realiza limpieza de dientes a precios muy económicos, en su consulta privada. Dato de un familiar. Quiero que me vea la boca. Pareceré una figura sacada de las pinturas de Bacon, abriré mis fauces ante la lámpara de la silla odontológica y mostraré mis colmillos amarillos y gastados. En la escupidera lloverán gotitas de sangre. Mi crucifixión bucal. Recordaré, mientras me escarban con el explorador dental, que Bacon no era inglés, sino irlandés al igual que Joyce, Wilde y Beckett. A Coquimbo llegaron un montón de ingleses. Trajeron sus costumbres, arquitectura, su genética... También llegaron franceses, italianos y alguna gente de Marte. He visto en este puerto a varios mendigos de ojos verdes.  

…barrio inglés good night con sus bares en verano llenos de gente terrazas en la calle la desesperada demanda de papas fritas cerveza pisco sour por los visitantes la música en vivo hasta se deja caer por allí cuturrufo con su grupo de jazz karaokes con canciones de raphael luis fonsi o miriam hernández huele a peligro las noches acá huelen a peligro a riña…

Hace un calor de mierda que te licua el cerebro. Veo un letrero con una imagen de los Beatles atravesando una calle -la portada del disco Abbey Road- y la frase “Respete al peatón”. Lleva los logos de la Municipalidad y carabineros. Los Beatles quieren que se respete los derechos de los transeúntes. Yes, We’re going to a party, party. Los Beatles. Con su Helter Skelter influyeron satánicamente, sin quererlo, en Charles Manson y su secta para cometer los asesinatos de 1969. Recuerdo una foto de Román Polanski llorando a moco tendido por su Sharon Tate. Murió hace unos meses Manson. Se fue con la mirada perdida en las garras del cancerbero. Demasiado calor. Como si fuera el infierno. Y huele a pescado. A sal. Veo a lo lejos una cara conocida, corre hacia mí, Giova, ex integrante de la banda Canal Magdalena. Viene sonriendo, corre con más rapidez mientras se acerca, me pasa la mano con prisa y me dice “es una maratón universal”. Sólo alcanzo a responderle con un hola que no escucha. Él sigue su ruta; posiblemente hacia las Olimpiadas Piratas. Lleva una bolsa negra. Imagino que dentro habrá pescado, papayas o lápices porque dibuja y pinta y lo hace fenomenal. Se pierde por la calle. Habrá tomado un colectivo.

Yo sigo adelante, en la mía, my way en la versión de Sid Vicius, entre el gentío que se persigue a sí mismo y los perros vagabundos rascándose las pulgas. Llego a una esquina donde hay una peluquería colombiana. Un hombre gordo, moreno, camiseta que dice London, pantalones cortos de camuflaje militar, parecido al cantante Juan Gabriel, me ofrece cortarme el pelo con lavado incluido. No, gracias. No tengo dinero, ni nada que dar. Mi deseo ahora es devolverme a casa para beber agua. Agua. Agua. Aguantate un ratito please. Agua de monte, de vertiente, de Springfield, la que vende Homero Simpson en su barriga cervecera. Soy capaz de beberme todo el mar e irme a vivir a un barco pirata lleno de lobos marinos, gaviotas y pelícanos. Olvidarme por un momento de Coquimbo, de las peluquerías y de la muela.

Sabadabadabadabadabadabadabada

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