Memoria del tiempo...

Memoria del tiempo descarnado: una piedra. Memoria de la insistencia de la vida: un arroyo, el agua en la quebrada.  Memoria imposible de narrar: una montaña. Memoria inmóvil que se agita: la arena. Memoria inquieta y que cautiva: la lluvia. Memoria azotada: las ágatas. Memorias que oxidan: las dagas. Memorias ajadas: los mapas. Memorias que anhelas: las huellas. Memoria ferviente: el pan.

Memoria que abriga: un trago, una mañana, con unos señores aymaras y Juan Moreno en Río Blanco, camino al Sajama. Memoria sincera: la guerra. Memoria victoriosa: la Gaby, Tarano, Pringles en Chancay. Memoria que vibra: vagar. Memoria serena: los dolores. Memorias del alma, latiendo: los vientos. La nieve, memoria tenaz. Katantika: memoria audaz.

Memorias rebeldes. Memorias desdichadas. Agradecidas memorias. Memoria que aun intriga: la mirada de esa serpiente en el cerro Jalla Pacha. Memorias de médanos, de sed, de piel. Memorias celebradas: cada herida, cada vendimia, cada alegría. Memorias que queman: la belleza, a cada momento, incluso en este instante que lo escribo.


Memorias austeras: la bruma. Fluye la memoria: el río Abuná. Memorias ausentes: sólo el olvido dirá.


(…)


Cuando ese sonido muera, todo morirá: Everett Ruess


Sou um homem comum

Qualquer um (…)

Mas o meu coração de poeta

Projeta-me em tal solidão

Que às vezes assisto

A guerras e festas imensas…

Caetano Veloso: Peter Gast


Leo a Everett Ruess: “A lo largo seguiré el rastro oscuro, vacío negro de un lado y alturas inalcanzables del otro, oscuridad delante y detrás de mí, oscuridad que palpita y fluye y se siente. Entonces, de repente, un soplo de viento irreal proveniente de profundidades infinitas traerá a mis oídos nuevamente el sonido extraño y vagamente recordado del agua corriendo. Cuando ese sonido muere, todo muere”.[1]


Sigo leyendo: “La belleza aislada es terrible e insoportable, y la vista despejada mata al espectador. Su único refugio está en las cosas insignificantes, en el trabajo que aleja a la mente del pensamiento y en el compañerismo que devuelve al ego algo de su antigua virilidad. Pero el que ha contemplado la belleza desnuda durante mucho tiempo puede que nunca regrese al mundo, y aunque lo intente, encontrará su ocupación vacía y vana, y la relación humana sin propósito y fútil. Solo y perdido, debe morir en el altar de la belleza”.[2]


Algo más: “Di que me morí de hambre, que estaba perdido y cansado;

Que fui quemado y cegado por el sol del desierto;

Dolor de pies, sed, enfermo de extrañas enfermedades;

Solitaria, húmeda y fría, ¡pero que seguí mi sueño!”.[3]


Demasiada belleza como para agregar nada que valga la pena. Sólo anotar: en 1934, Everett Reuss desapareció en el desierto. Tenía 20 años.


Memoria de Everett Ruess





Pablo Cingolani

Laderas de Aruntaya, 5 de marzo de 2021


[1] “Along I will follow the dark trail, black void on one side and unattainable heights on the other, darkness before and behind me, darkness that pulses and flows and is felt. Then suddenly, an unreal breath of wind coming from infinite depths will bring to my ears again the strange, dimly-remembered sound of the rushing water. When that sound dies, all dies”.

[2] “Beauty isolated is terrible and unbearable, and the unclouded sight overkills the beholder. His only refuge is in insignificant things, in labor that keeps the mind from thought, and in companionship that gives back to the ego some of its former virility. But he who has looked long on naked beauty may never return to the world, and though he should try, he will find its occupation empty and vain, and human intercourse purposeless and futile. Alone and lost, he must die on the altar of beauty”.

[3] “Say that I starved, that I was lost and weary;

That I was burned and blinded by the desert sun;

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