Agustín García Calvo


Concha Pelayo

Esta tarde he pasado por la casa de Agustín García Calvo, un palacete situado en la calle de la Rúa de los Notarios, una calle estrecha, de corte árabe, que conduce directamente a la Catedral. Allí vivía, hasta hoy mismo que nos ha dejado, con su familia: sus hijos, nietos... Una casa que cuenta con un claustro renacentista del que emergen robustas columnas, no recuerdo si jónicas o corintias. El caserón también cuenta con un teatro donde se recita, se actúa y se representan obras clásicas, algunas del propio Agustín.

Pasé por allí, a sabiendas de que no encontraría en la puerta ningún indicio de la muerte de Agustín. Ni esquela ni nada. El portón, como siempre, cerrado a cal y canto. Las ventanas siempre ocultando el interior gracias a las contraventanas que se cierran obstinadamente para despistar a los curiosos. En una de ellas se muestra siempre el logo de la editorial LUCINA, de su propiedad, donde se editan todas sus obras.

Hace un rato me entero de que ha muerto en el hospital de Zamora y que mañana a las cinco de la tarde será enterrado en el cementerio de San Atilano de la ciudad. Tampoco se anuncia si habrá una misa. Imagino que no. A Agustín no le iban las ceremonias religiosas, como no le iba el Poder, como no le iban las imposiciones que el mismo genera.

Hace no mucho lo vi en la estación del ferrocarril rumbo a Madrid, como yo misma. Se paseaba por el andén, con las manos cruzadas en la espalda, con sus dos o tres camisas, una sobre otra, anudadas en la cintura, con un chaleco vaquero, con su coleta canosa de pelo enmarañado. Lo miré silenciosa y pensativa recordando todos los momentos que he vivido en su presencia, cuando le conocí en el instituto en mi primera clase de latín. Me aprendí aquel mismo día una frase que no he vuelto a olvidar: "ego volo domus", yo quiero una casa. Y comenzaron el rosa rosae, las declinaciones, las traducciones. No lo volví a ver ni a saber nada de él pese a que era amiga de uno de sus hijos. Solíamos ir a jugar a la casa que poseían en el barrio de la Candelaria, con un hermoso y salvaje jardín que nos cubría la hierba. Allí vivía un montón de gente. Era una familia muy numerosa. Después pasaron los años y nos fuimos haciendo mayores. Cuando volví a verlo ya había muerto Franco y yo era una ignorante de la vida pero llena de curiosidad. Comencé a ir a sus conferencias al Colegio Universitario. No me perdía ni una. Era maravilloso escuchar su discurso, su verbo fácil, su cadencia al recitar. Era una bestia de la intelectualidad. Era único. Me maravillaba observarlo mientras hablaba, caminando de un lado a otro por el estrado, siempre con las tres camisas de diferentes colores, con un colgante que se parecía a un limón, por el color y la forma. Su pelo entrecanoso, sus pantalones vaqueros, sus zapatos puntiagudos. Su palabra, siempre su palabra.

Aunque sabía que era accesible, nunca me atreví a decirle nada. Eso sí, escribí varios artículos sobre él, incluso cuando se negó a pagar a Hacienda y pidió dinero a la ciudadanía para que le ayudaran. Mi artículo se titulaba "Un filósofo en apuros"´. Sé que lo leyó y no le debió gustar pues no lo dejaba bien parado.

Tiene un nieto que se llama Gus, con el que me llevo muy bien. Es hijo de una antigua amiga que se casó con Juaco, hijo del filósofo, del que se separó. Hablo mucho con Gus, es simpático y abierto. Tiene una imaginación prodigiosa y sueña y elucubra sobre la vida que le gustaría tener y no tiene. Es divertido. No sé cómo habrá reaccionado ante pérdida tan sentida.

Agustín no tenía carnet de conducir, no veía la televisión. Era querido y respetado por muchos, despreciado por los ignorantes que son muchos también. Hoy, no sólo Zamora, España entera y el mundo entero ha perdido una de las mentes más preclaras del siglo XX. Descansa como puedas Agustín.


Publicado originalmente en el blog de la autora, Quién me entiende a mi (1/11/2012)

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