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Carta de octubre


Márcia Batista Ramos

Antes que fine octubre decidí escribir esa carta, porque “ellos”, de una o de otra manera, se acercan a mi mente fustigándome y trayéndome la memoria de un pasado revestido de una imagen negra. “Ellos” vienen de ese triste pasado reciente, lleno de males y fechorías que dejó aturdida mi alma.

Crueles días de barbarie y hoy no se habla más sobre eso. Entonces, “ellos” vienen anónimos por cualquier medio sacudiéndome para que los recuerde.

Escribo esa carta en la noche fría porque los muertos de octubre, en la guerra del gas, no regresaron y la luz angustiada que escurre de la luna viene gimiendo por las almas olvidadas.

“Ellos” murieron con los pies cansados y empolvados. Creo que sus pies eran de barro, por la amalgama del polvo y el sudor. Hombres con pies de barro como nos contaron del primer hombre creado por Dios. ¡Tanta ironía! La mano tiembla, la vela derrama lágrimas de cera por todos los ausentes. ¡Tanto infortunio! Las guerras siempre siembran desolación, injusticia, dolor, pérdida, daño, sufrimiento y más y más dolor… Las guerras no son necesarias; esa es mi teoría, pero nadie me hace caso, mi grito no tiene eco en el infinito.

Solamente los muertos de octubre, en la guerra del gas, concuerdan conmigo. “Ellos” y también, los tristes y olvidados muertos de otras malsanas guerras. Existen muertos en guerras para todos los meses del año y para todos los años de todos los calendarios, solamente porque Dios inventó al hombre. El hombre no sabe contar el tiempo en paz, solo recuerda los tiempos de guerra. Pero, olvida sus muertos. Siempre se repite ese tipo de oprobio… Parece que repican las campanas en el cielo de los olvidados.

Un minuto de silencio no basta para honrar la memoria de tantos caídos. ¡Reflexiones inmemorables! Oro por sus almas. (…) Sigo escribiendo. Todos mis argumentos contra la guerra están hace mucho tiempo agotados. Todos demasiado trillados y conocidos. Ahora, no vale la pena hablar de la impotencia. Tampoco de la bronca. Todo tan frágil. Dicen que se vivía en democracia. ¡Días infaustos!

En medio del caos el ingenuo gobernante de turno, atorado en su petulancia, dijo que él era como un niño que con su dedo no permitía que la represa reviente. Contrasentidos imperdonables. El poder es frágil. Las represas revientan. ¿Ingenuidad o mala fe? Digresiones en mi mente.

Mientras escurre la sangre en la memoria de la noche fría. Es todo contraproducente. ¡Niños y balas perdidas! No hay precedente para tanto desbarajuste. Lucha en la calle. El oportunismo sonriendo en la pantalla. El terror campeando. El día salpicado de angustia y desesperación.

Lo peor no es la injusticia. Tal vez, lo peor sea la amargura o el padecimiento de los sobrevivientes. Compromisos perdidos en el tiempo. Crueldad. Después de la guerra, posiblemente venderán el gas para los vecinos no gratos. Como siempre la sangre corrió a raudales vanamente. Desaliento… Es tan extraño. Es como si la vida no tuviera valor… ¿Y de las almas? ¡Ni se habla! Postreras lágrimas escurren… son las velas derritiendo. Misericordiosamente el lugar que me cobija en el mundo en éste preciso instante, no tiene ruidos humanos; solo se escuchan los sonidos de Dios: el río, los grillos y la luna que viene gimiendo por las almas olvidadas de octubre, en la guerra del gas.

Ni todo el oro del mundo vale una vida, peor el gas. Para aquellos que propician las guerras eso no importa. Lo que les interesa son sus estupores mezquinos. Además, ellos siguen con vida. No están olvidados en las nóminas de un octubre negro. Incendiarios… Gritos… Dolores esparcidos en el universo. El miedo era el único sentimiento auténtico. La ferocidad de la gente salió a flote. Ya pasó mucho tiempo, suficiente para olvidarlos, pero, el vandalismo no se agota. El viento frio entró por las rendijas de la ventana, helando mi alma envuelta en recuerdos de octubre. Mi piel se eriza.

La Patria no pide sangre para crecer. La Patria crece con paz y trabajo, como una semilla que germina en el suelo fértil. ¡Grandes equivocaciones! No era necesario tanto martirio y crueldad. La esperanza parpadea. Pausa para orar por las almas de los caídos. (…) Sombríos presagios posan sobre la noche fría. Escribo esta carta pensando en todas las formas que el hombre utiliza para alterar el curso de la vida. Por eso, tantos muertos, tantas almas olvidadas… Muchos códices podrían ser escritos. Sería una infamia a Dios, que nos dio la vida, perpetuar a través de la escritura, tanta barbarie. Tiembla la noche. Los astros iluminan los caminos que guardan recuerdos de millones de pies andariegos que marcharon por días mejores.

Pero, los caminos no tienen calendarios y no saben que es octubre y la luz de la luna gime por las almas olvidadas. Mientras el viento frío trae espoleadas estrellas que lloran porque los muertos de octubre, en la guerra del gas, no regresaron. ¡Apocalipsis y dinamitas! Náufragos en el asfalto.

Los neutrales asisten la tragedia por los medios de comunicación. Curioso, ellos comentan tantos detalles escabrosos y no rezan. (…) Nada puede sostenerse con tanta desinteligencia. Los uniformados manchan sus manos con la sangre de sus hermanos. Cumplir órdenes es la primera instrucción. Intransigencia cruel. ¡Espanto y desproporción! Hasta el cielo parecía amenazador. La bandera flameando, mientras las balas silencian las voces y los sueños… Ilusiones desmoronándose.

En una atmósfera truculenta. Hombres maltrechos cargados de inconformidades. La indignación lacerante a cuestas. Penoso caminar. Veo sombras y miserias de la guerra. La noche se deshace entre mis rezos. (…) ¡Lecciones no aprendidas! Hoy sigue todo igual. No hay paz verdadera, en el aire solo hay olvido. La intolerancia y el despotismo están atrincherados. Mientras otros vienen marchando preparando el escenario para otra tragedia sangrienta.

A cualquier momento puede brotar la sangre, otra vez. ¿Y las almas? Será todo igual. Olvidadas están las almas de los muertos de la guerra del gas, en octubre.

*Foto de José Luis Quintana

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