Los pasos y los días: uno a la vez


A Juliana

La montaña es dura. Si es montaña, es dura, es siempre hostil, extrema. De ahí mi admiración por los primeros escaladores -pienso en Mallory, en Saint Loup: semanas, meses, empeñados en la aproximación y luego en la trepada, eran ases, y, además, eran respetuosos no sólo de la montaña sino de sus moradores originarios.


Una cosa es la práctica del montañismo en todas sus variantes y otra cosa, bien distinta, es ser nativo de la montaña, originario montañés: esos sí que saben, esos sí que llevan a los cerros en su genética, su adaptación es formidable, son unos verdaderos campeones en esa convivencia diaria con un medio ambiente decididamente complicado y complejo: de ahí también mi admiración superlativa porque, sin ellos, ni Mallory, ni Saint Loup, ni nadie que venga de afuera -todos menos ellos y son una ínfima parte de la humanidad- hubiera sido capaz de introducirse y salir vivo de la montaña, a menos que te llames Messner, y esto, en el fondo, es una ironía.


De ahí mis respetos por los sherpas de Nepal -a quienes no conozco pero me conmueve y apoyo, desde ya, la rebelión que los tuvo de protagonistas contra las empresas de escalada comercial en sus Himalayas- y por los pueblos montañeses del centro sur sudamericano, los aymaras y los quechuas, a quienes sí, gracias a los Apus y los Achachilas, sus dioses, conozco y los conozco bien porque habito en una ciudad, si, una ciudad, enclavada en medio de la Cordillera de los Andes, una ciudad no ciudad de características únicas como se imaginaran, y por eso mismo, tengo la oportunidad y, sobre todo, la dicha de poder hacer todo el montañismo que quiera, cualquier día de la vida, sin demasiadas complicaciones, ni mucho menos esas aproximaciones colosales que tuvieron que encarar los Mallory o los Saint Loup. Vivir en La Paz, Bolivia, te procura eso y siempre estaré agradecido por ello.


Hace más de un cuarto de siglo que nosotros vivimos en casas de las cuales cerrando la puerta, en minutos, estás pisando montaña. Una temporada, tenías acceso a la Serranía Murillo y sus glaciares. Otra, los cerros agrestes y pre cordilleranos de Río Abajo. Ahora, la inquietante subida a la puna y de allí, de vuelta, al mundo cordillerano propiamente dicho. Adjetivo porque no es lo mismo subir con los años que llevas a cuestas y lo que antes era osadía pura, ahora agrégale una cuota muy dedicada de sacrificio. A todo esto, soy fumador.


Lo del sacrificio, al menos quien suscribe, lo tengo claro: es parte de la vida, de la mía, al menos. Un viejo peronista, y buen escritor a todo esto, me decía, hace añares, que eso no era lo que Perón proponía: me insistía que el Viejo lo que postulaba era el esfuerzo, era el compromiso, era algo así pero nunca el sacrificio. Me aclaraba; esas tus ideas vienen de tu militancia montonera. Y sí, también. Creo, y lo creo sin dudarlo y lo creo también por toda mi vida puesta como prueba, que, sin sacrificio, no hay nada,


Y, como se imaginarán, no me refiero a bienestares, a dinero -el diablo, dijo Francis The Pope- o placeres. Me refiero a la condición humana, me refiero a la sensibilidad y me refiero, en suma, a la vida que cortejamos o desechamos.


Y he aquí el meollo del asunto: uno debe sacrificarse por lo que siente y por lo que cree. Digan: si no, ¿qué gracia posee? Padecer los sentimientos y las convicciones, digo, nos vuelve humanos, definitivamente humanos. Padecer es vivir porque no hay otra manera, al menos para mí, de saber que estás en el camino correcto. Es una ética, es una épica y, desde ya, es una estética. Todo junto, se resuelve en una mística. Y como desafío permanente a todo lo que uno siente y cree, ahí están las montañas. Ahí, mi hermano, vas a fajarte, vas a baquetearte, vas a sacrificarte. Y luego, vuelta a casa. Ese es el milagro cotidiano que te procura La Paz y a buen entendedor, pocas palabras.


La montaña es infinita. Esa es su magia. Siempre hay una quebrada nueva -Mosojhuayco dicen los quechuas-, siempre algo inesperado te sucede, siempre muta, siempre cambia.


Salí más temprano esta vez y será por el dicho y la madrugada que fui bien bienvenido por un chango arenero, un aymara de Umapalca, la comunidad que debo atravesar para llegar a la cordillera propiamente dicha y que se dedica, además de la pecuaria, a la extracción de áridos.


El chango arenero, muy gentil, me preguntó donde iba y yo le respondí que arriba y él, alegremente, me dijo: entonces, vas a ver a las llamas. Una señal. La primera.


Luego, en subiendo, en llegando casi a donde me junto con el río -el agua donde lo despedí al Juan Carlos-, de repente, vi otra señal, gloriosa, anhelada, sin dudas: dos huallatas, dos gansos andinos.


Hay unos juncales allá arriba. Y las aves estarían comiendo o qué harían. La cosa es que se fueron de allí, aleteando y causando alboroto. Son unos bichos grandes. Pero he aquí la señal: siempre vas a ver dos huallatas. Porque estas aves, como tantas otras especies animales de esta bendita tierra que nos alberga, siempre van juntas. Macho y hembra, hembra y macho. Chacha/Warmi. Mi papá y mi mamá, mi mamá y mi papá. Más de 60 años juntos, dos huallatas reencarnadas. Gracias a la vida, gracias a la Pacha, ya están de nuevo juntos, como las huallatas de mi camino, como las huallatas de esta historia, eso sentí.


Seguí subiendo: llegué al Memorial de la Amistad que erigimos, piedra sobre piedra, para Babé y ahora los incluye a todos, y serán muchos más, eso no lo duden, y seguía allí el túmulo, desafiando la gravedad. Pensé: por algo será. Y sí. ¿Cómo esas piedras siguen sin caerse? Por algo será: la amistad que tuvieron en sus vidas, esa junta, promueve que las piedras sigan unidas, más allá de la física, más allá de “la clima”, más allá de todo.


Seguí subiendo: saltando por la quebrada de las piedras rojas -nombro y marco todo a mi gusto, como si fuera Wiracocha- y encontré una piedra que había guardado para alguna ocasión y la ocasión era ésta: la alcé en homenaje a mi madre.


Seguí subiendo: en mi hipótesis de travesía, quería volver a la “nueva piedra mágica” pero no fue así: seguí, como siempre, una huella -los Andes están siempre llenos de ellas- y lo que mi corazón me dictaba y de la quebrada a la casa, a sus ruinas: ¡toda de piedras rojas! No lo podía creer -¡otra vez la montaña me premia!- pero estaba allí, en un rincón olvidado del mundo -¡te lo pierdes, mundo, diría Ezra Pound- y me dije: hasta aquí llegamos.


Entonces, sucedió: volví a encontrarme con el destino. Lo que había profetizado el chango arenero, estaba sucediendo: decenas de llamas estaban bajando por la ladera.


Elegí una piedra, roja, por supuesto, como altar y como marca de esta mi nueva inmersión montañesa y me dispuse a comer algo, algo energético, unos puñados de maní con pasas de uva y unos sorbos de agua, agua bendita, que había recogido en una botella de plástico, del río. Terminé de yantar y no lo podía creer: las llamas estaban pastando entre las ruinas de la casa de piedras rojas, justo encima de mí. Las llamas me están buscando. Entendí el mensaje.


Ellas querían llevarse consigo el dolor que siento.


Déjala ir, déjala ir, me clamaba Juliana ayer.


Lo hice.


Les pedí a las llamas que se lleven mi dolor.


Ellas, las mejores caravaneras de nuestros desiertos y nuestras montañas, sabrán que hacer.


* * *


Volvía de mis andares y escribía mentalmente este texto. Que el sacrificio, que las señales, que las llamas.

Me di la vuelta y lo vi: era Justo -luego sabría su nombre- viniendo hacia mí, manejando su vagoneta.

Siete horas de fajada y baqueteada, merecían un final así: le hice señas, dedo decíamos, y Justo paró y me subí a su carro. Aquí es raro que alguien te levante en la ruta, menos en un camino desolado por donde no viene nadie, salvo los lugareños. Pero sucedió.

Justo era justo lo que yo pensaba, creo y vengo anotando: un aymara conocedor de sus montañas.

Los diez minutos que estuvimos juntos -una hora a pata- hablamos de ¡montañas carajo!


Más adentro está la nieve -me dijo.

¿Y que se llama? -mi obsesión toponímica.

Kasiri, me respondió.

Ahí debes salir por los lados de Hampaturi, ¿no ve?, inquirí.

Claro, es por ahí, me dijo el Justo mientras esquivaba los huecazos del caminejo.

Le conté de los glaciares que había por el lado de Hampaturi. Le dije que, del otro lado de las montañas, llamaban a la montaña con hielo, Palcoma.

Puede ser la misma, me dijo el Justo.

Y si, ¿no ve?

Nosotros volvimos a la noche, a las once de la noche…

¿Desde Umapalca?

Sí.

Por eso yo te decía que no es un día, son dos días, y por eso hay que llevar carpa o bolsa de dormir al menos, para dormir en un alero, y luego seguir o volver…

Sí, de ahí se puede salir a La Cumbre…

Claro, yo bajaba desde La Cumbre a Chicani con un amigo…

Eso es bueno…

¿Qué cosa?

Que vayas con alguien más…

Ah, sí, claro…



Justo cuando más lo necesitaba apareció el Justo. Nos despedimos en la plaza de Huayllani. Antes de bajarme de su movilidad, le pregunté su nombre:



Yo me llamo Justo

Y yo, Pablo.



Nos dimos, de vuelta, las manos.

Oh, mundo, no conoces al Justo, diría el viejo Ezra.



* * *



Un paso a la vez, me decían los indios, cuando trabajaba y compartía con ellos en Pelechuco o en Moco Moco o en Jirira. En la montaña es así, y mira siempre donde pisas, no adelante, porque te puedes caer. Está todo dicho. Salvo esto: que, desde mi ventana, veo un celaje maravilloso y la línea recta del altiplano que lo insinúa todo, que devuelve vida a cada cosa, a mi corazón, por ejemplo. Y allí andarán las llamas, sagradas ellas, con mi dolor a cuestas. Alguien habrá ido a buscarlas y a meterlas en un corral de piedras para que duerman, protegidas y juntas. Todas unidas, todas juntas.



Pablo Cingolani

Antaqawa, 10 de octubre de 2022



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1 Comentarios

  1. Y arriba se queda para siempre una razón del ascenso. Bello texto, querido Pablo.

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