Elogio al yopará



Anoche todos oyeron el Guajhú. Ha sido el canto de una nación, el aullido que delató toda la memoria de un pueblo, el pueblo guaraní. Paraguay sigue siendo la isla rodeada de tierra que en su memoria yace el dolor que narró Rafael Barrett, la trágica Guerra de la Triple Alianza y la Guerra del Chaco. Raíces tan profundas que un señor de una tierra colindante supo cultivar alimentando lo más importante, que es el suelo.

Sueño del yopará, del Vori vori, del bife guasú, sueño de un mate compartido mientras entre todos se habla guaraní.

Anoche un luchador, hijo de un boliviano y de una argentina batalló la pelota y como si fuera lo último que le queda en la vida, al patear el penal fue con una delicadeza que antes se le podría ver solamente a los brasileños. Todos batalleros frente al teutón decadente. Aunque el juego no fue bonito, es el juego que se hace con lo que se tiene.

Por eso elogio al yopará: plato humilde, plato campesino, plato que mezcla los dones de la tierra con la sabiduría del pueblo.

Hay una empleada, Antonia, una humilde chica que llega del pueblo y se vuelve asistente de uno de los más jodidos dandy de la gastronomía argentina, Manuel. Ella introducirá lo sencillo en la dieta del exigente crítico gastronómico argentino, el Vorí vori, el Pira caldo y el Jukysy.

Hoy en Paraguay es feriado nacional, la isla rodeada de tierra se rodea de alegría, olvidándose por un rato del dolor paraguayo, del Yo supremo y de las brutales guerras.

Marangatú, como el nombre del boliche que un día tuvimos en Chimoré.

Maurizio Bagatin, 30 de junio 2026
Imagen: El yopará paraguayo

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