La noche aquí y la noche en Puina


Como caballos que se aparecen

en la noche que huye, esta lluvia que hiela

pastando en la soledad sin fisura

sólo poblada por dioses en silencio

acude a mí la memoria, y no la esquivo

porque sería en vano, y deshonra.



Ella se arrima al único fuego posible.

Al de mis dedos, que insisten y la cortejan.

Se que me causará dolor, pero la atrapo

y la amparo en mi pecho. Al fin y al cabo,

las heridas son huellas y la memoria,

todas las huellas y las heridas juntas.



Son montañas de tierra ocre y bermeja.

Son las hojas de coca que al caer me estremecen.

Es la voz de Sebastián Durán y un mapa heroico.

Son los muertos― ¡El Esteban! ―de esa curva traicionera

cuando recién abrieron el camino de los cóndores.

Son todos los muertos.



Y me duele. Pero también me acompañan

hundiendo su blanca caricia en esta hora negra

donde hasta las estrellas desertan y no queda

ni pan ni soga. Siento a los corceles atravesándome

y así está bien. Al menos ellos, no le tienen miedo

al vacío, al frío, al abismo y a la noche.


Pablo Cingolani
Antaqawa, 2 de agosto de 2026

Foto: @ Daniela Fuentes Candia

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