Claudio Ferrufino-Coqueugniot
No hablo de página en blanco. Mucho por escribir y no tener el inicio de la escritura desde donde pueda fluir el resto. Rodeado de traumas y soberbias, cosas que, en el segundo caso, he superado hace mucho. Giran y giran alrededor, vienen de un lado y del otro como flechas mongolas asediando una fortaleza. Unas incendiarias, algunas no, y sin embargo letales. Hasta las mujeres que se disfrutan, frutos y pieles jóvenes, de pronto emergen igual a caníbales ávidos de muerte. La más dulce de las señoritas de pronto tornase en maorí y grita no precisamente en ritual de rugby sino algo más profundo y peligroso.
Según los
podcasts el mundo masculino se divide en alfas, betas y simps. Esta era donde
domina lo virtual me excede. Hoy todos juegan según lo determina el gran
capital ¿o de dónde creen que han salido estas poderosas redes? Las influyentes
sombras deciden hacia dónde van los afectos, la importancia vital de la
folladera como representación de la felicidad y etcéteras. Les hace falta una
población subyugada por la ficción, carente de conocimiento, primero, y de
análisis, de crítica. Acostarse con cualquiera, un día sí un día no, pesa más
que la filosofía. Acumular números de seguidores y seguidos es la única
validación posible. Bienvenido el Armagedón. El costo será tremendo.
Hojeo al
gran Cortázar, que me gusta mucho como poeta. Cronopios y famas. Se hablaba de
ellos en la universidad. Leerlos ahora, a mis sesenta y seis, me caben un poco
como juveniles. Pero disfruto. El sábado discurre apacible en medio de
quehaceres domésticos, mirar si hay bastante jabón de platos, notar que las
esponjas se doblan ya de cansancio. Alistar la basura y descender seis pisos
para seguir las normas que nos rigen y sostienen. Escribe Julio Cortázar:
“Me inclino
para echar otra migaja a los gorriones
(hablábamos del tiempo, de presagios y espejos)
y viene ya el café, la pipa de la sobremesa.
Perfecto es el instante en esta sombra verde
y todo, en lo más hondo, huele a muerte.
Pienso en Régis Debray.”
Yo no
pienso en Debray nunca más. Discutimos en lejanas horas acerca de La crítica de las armas. Ahora aquello y
tanto otro pecan de obsoletos. Sodoma se ha sobrepuesto al foro de la razón.
Gomorra rige. Y la bestial muchedumbre de calzón bajado sigue a manera de recua
los vaivenes de la nueva creada sexualidad.
Continúa el
autor argentino:
“Así, de
Leto abriéndose en la cima con su dolor radiante entre los muslos,
¿no quedarán las huellas en esta tierra roja,
en el silencio donde raspa un grillo,
en el bruñido mar del mediodía?”
Emily salió
con su tío por un café. Vacío el departamento de nuevo. Ropas de mujer colgadas
en el cuarto contiguo, con perfume que se evade día a día y torna a
desaparecer. Calzones rojos de sueños inconclusos, ni rastros de una palabra,
de ellas conectadas en texto que sugiera algo o lo diga. Solo el éter de la
distancia, del amor fugaz y el fatal aroma del floripondio.
Gotas de
agua disuelven el sabor del chocolate.
Camino
entre libros usados. Laberinto sin minotauros, ni hilos de lana ni héroes. Sófocles
dialoga entre Ulises y Neoptólemo, el mismo que sosteniendo la bella cabeza de
Políxena la degolló. Por demanda de la sombra de su padre Aquiles, al pie de su
tumba. Y leía, en momentos de la invasión de Ucrania por Rusia, que el sepulcro
del mejor de los aqueos se hallaba en una islita del mar Negro disputada en
batalla. Tanto por conocer. Se me truncó visitar el Ponto Euxino desde la
costas de Bulgaria y Rumania. Varna y Constanza, viaje que considero muerto porque
ya no será. Cambiaron circunstancias y
lo que tal vez fue un error ha dejado de importar. Mi aproximación será
literaria; los fantasmas de entonces han de hundirse en el polvo desierto del
olvido. No hay otra solución si se desea proseguir. La interminable zozobra de
los desvalidos debe ser evitada e irse con los alucinaciones que no fueron por
caminos perdidos. La hermosa Políxena enseñó como nunca la dignidad. Se acomodó
de tal manera que al morir cayera al suelo no como harapo sino siendo una joya.
Termino de
lavar la vajilla del desayuno. Seco manos, dedo por dedo, nervaduras de venas
hinchadas y púrpuras. Contemplo mi suerte en la palma izquierda y pareciera que
las líneas se van borrando. Si no hay suerte visible tendré que inventarla. Piedra
filosofal, movidas del doctor Faustus en pos de la alegría, aunque para ello
haya que engañar al diablo. Filosofía del lavaplatos, se puede pensar incluso
con los brazos enjabonados. Recuerdo mi encierro, por trabajo, en grandes
congeladores de los mercados de la capital de Estados Unidos. El frío perecía
al acordarme de los cantos maternos que trashumaban por Ainogasta, Añatuya o
Montiel. “Qué poco vale un paisano sin caballo y en Montiel”, sentencia don
Atahualpa Yupanqui. ¡Ay!
La
escritura a ciegas se ha transformado en mosaico, en traje de arlequín, el de
Picasso y el de Cézanne. Payasos haciendo cabriolas, caballos dando círculos en
el espacio del circo. Georges Seurat y Jules Pascin. Tauromaquia de Creta.
Toros y
caballos. Toros y cóndores azuzándolos.
Resulta que
se puede escribir estando ciegos. Maestro John Milton. La caída de los ángeles,
terminación del paraíso, eventos que mejor no ver de pupilas desnudas mas
intuirlos en la magnitud de la tragedia. Escribo notas que son leídas y no contestadas.
Mencioné la evaporación del perfume, el soterrarse la esencia. En fin,
solitarios estamos pero podríamos no estarlo abandonados. Ella desnuda sus
atributos y los dona a la noche, los muslos abiertos en dulce sonrisa y
fragoroso silencio, vaya contradicción. Un par de minutos y arrecia la
tormenta, primero de arena después de nieve. Rastros desaparecidos, eterna
enseñanza de lo efímero, apenas un instante el calor del sol sobre las
espaldas. Eterno, eso sí, el trabajo que carece de aromas y florecitas.
Entre
Cortázar y Sófocles, en la ventana mediterránea de la separación. Hasta en el
yermo crecen hierbas y pastos africanos pintan de verde los espacios.
Comprender no es solo justo sino imposible de obviar.
19/09/2026
_____
Imagen:
César Klein


0 Comentarios