Claudio Ferrufino-Coqueugniot / Le Coq En Fer
“I went to the woods because I wished to live deliberately” Henry David Thoreau
Heme en la floresta del Shenandoah, Virginia, no lejos de la bahía de Chesapeake. Chipmunks; no vi ciervos ni ningún otro animal grande. Solo chipmunks vívidos, ávidos, rápidos, dinámicos, mínimos. Una línea bajando de la nuca por la espalda y el mimetismo extraordinario con la hojarasca. Ajenos al trasiego y a la historia. Afirman que el brazo de Stonewall Jackson, furioso general sureño, está enterrado allí. Lo habrán devorado los zorros, los topos si topos hay. No digo el inexistente ornitorrinco que hubiese paseado ufano por encima de los despojos épicos. Lo habrán contemplado a lo lejos las ardillas listadas, ocupadas en acumular alimento para peores días. La guerra siendo evento intrascendente.
Saliendo de Rockville, Maryland. Sería sábado; tal vez domingo. Mágica y arbolada Virginia en donde los bolivianos, tantos, viven mimetizados como los chipmunks del bosque. E igual a ellos van juntado dólar a dólar por mejores jornadas por venir. No hay contradicción.
Caminos pavimentados, algunos angostos a manera de sendas. Selva tras selva, claros a veces, soleados y asoleados hasta penetrar de nuevo en la sombra arbolada. Árboles de hoja caduca; en otoño se mira la majestad del asombro, la creación en su multicolor forma más bella. Invierno drástico, con vientos huracanados que llegan del mar, transformando una regular nevada en tormenta. Juego de circunstancias. En el océano cuyas aguas no sé cuán frían estén, los grandes tiburones blancos buscan rutas cálidas o, aunque lo dudo, se insumen en profundidades no aptas para su especie. Águilas y halcones, cielos al arbitrio de las rapaces. Al anochecer habrá ulular de búhos y lechuzas de cara blanca volando a ras del piso para no dejar vida activa a su paso. Mi relación con ellos es en extremo especial, treinta años de convivir con su lúgubre arrullo. Y verlos alto en los postes de luz observando al extraño en su automóvil que buscando parece perdido.
Leía a Thoreau en mi adolescencia. Le siguieron libros de guerra: Stephen Crane, Walt Whitman. Cuando en 1967 el correo norteamericano emitió un sello conmemorando al autor llovieron críticas. Que parecía un vago, un anarquista, nada acorde a la tradición norteamericana. A su manera, Thoreau lo era, antecedía a Tolstoi y vivió en el bosque de Walden por alrededor de dos años. Construyó su cabaña, a tan solo dos millas del pueblo de Concord, Massachusetts, y dicen que su madre le llevaba donuts, pies y carnes asadas que le preparaba. Igual sus hermanas pero nada de eso disminuye la idea del pensador de lo que quería hallar en tal alejamiento del mundo. Walden se preserva en la mente colectiva como la búsqueda de paz, contacto con la naturaleza. En calma, sin el horrible drama de Grizzly Man, documental de Werner Herzog, que es otra ida hacia el mundo natural con fatales consecuencias.
Decía Thoreau: “Mi mayor virtud es conformarme con poco”. Lo simple y lo austero, la felicidad alcanzada fuera del dinero, entre muchísimos otros asuntos, enseñanzas si se quiere llamarlas así. ¿Qué implicaría entonces “mi” Walden? Infinidad de caminos. Walden puede ser tan sencillo como la tranquilidad escuchando el rumor de la jungla alrededor, la brisa del agua fresca sobre la tierra. Hojas caídas y pintadas, únicas en su efímera expresión. ¿Recuerdos? Quizá. ¿O es Walden escape a mortificaciones triviales, a congojas que no debieran exceder ni tiempo ni memoria? Múltiples respuestas, muchas vanas, pero cuya importancia radica en preguntarse, no en obtener mágicos planes de evadir sentimientos mundanos.
Volviendo al valle del Shenandoah. Nada tan fascinante por lo hermoso, a excepción de West Virginia. Y, claro, cabe la canción de John Denver que cantábamos con las hermanas en toda reunión: “Country roads, take me home to the place I belong”. Almost heaven, West Virginia. Extenso recorrido sin ver gente. Universo de bosques e historias de luchas mineras del carbón. Ver el filme Matewan (John Sayles, Estados Unidos, 1987) al respecto. Historia real bellamente convertida en arte a pesar de la tragedia que narra. Pues allí íbamos, saliendo de Harpers Ferry, villorrio en la confluencia de los ríos Potomac y Shenandoah, a subir las colinas y rodearnos de silencio. Casi cuarenta años se han ido desde entonces y no regresé. Después de Alexandria, Arlington, ambas Virginia, de Rockville, Maryland, y de DC, la capital, emigré, pionero tostado del siglo XX hacia el oeste. “The West is the Best”, en palabras de Jim Morrison. Algo de cierto hay, Escondido entre las greñas de los bisontes o en el terror poético de Kubrick en El Resplandor, sito en un inmenso hotel de Colorado al pie de las Rocosas, entre grupos de alces y el presagio del hielo.
Busco Walden, y Walden habita en cualquier lado, incluso en Bolivia si no te linchan los “hermanos” por lucir diferente. Ahí Walden acabaría como la historia de los osos pardos devorando al ingenuo. Antropofagia común santificada por espurias prédicas de santones inventados a medida. Los humanos crueles; los osos simplemente naturales.
Es tiempo de retornar a la lectura de Henry David Thoreau. No es prédica en absoluto. No se trata de un profeta sino de un hombre. El pasillo del quinto piso permanece oscuro. Las escalinatas podrían ser cataratas que suenan leves en medio de la intensidad; también la inmensidad. Besos nunca dados, labios cerrados por votos de castigo, abiertos a los señores de la mediocridad, pieles entregadas a pobres imágenes remedos de arte. Queda Walden, el camino limpio de escombros, dejados de lado. Muslos de piso noveno, apartamento dos, desmienten la soledad, son rítmicos iguales a canciones. Musicantes los cuerpos, encerrados ante el calor oeste de la tarde. Una toalla azul cae sobre el lecho. Sumadas voces de plegarias obscenas. Luego calma, rumor de ropas que se ajustan de nuevo a los dueños. Al fondo la figura de la floresta, sin rubor ni deseo de carne. Walden.
Walden.
16/09/2026
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Publicado originalmente en el blog del autor, Le Coq En Fer.
Imagen: Sello postal norteamericano, 1967


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