21 de diciembre de 2010

Tras una esposa

JORGE MUZAM -.

Recuerdo la profunda congoja que embargaba al profesor Hyakken cuando perdió a su gato, en la película Madadayo, de Akira Kurosawa. Quizás sea difícil entender esta secuencia fílmica para quien no haya amado profundamente a un animal.

Hace unos días liberé por un rato, y tal como en otras ocasiones, al hámster de mi hija. Era habitual que Ratoncio Adalberto se escondiera por algunas horas entre los muebles, jugara con los bordes de los sillones y escarbara pelusitas de polvo en los rincones, para luego, muy cansado, volver a subirse a nuestras manos y recobrar la placidez de su hogarcito. Pero tras esa última liberación, Ratoncio no regresó, ni lo hizo al día siguiente ni hasta ahora. 

Mi hija mantuvo hasta hoy la férrea esperanza en su regreso y cada anochecer puso comida y agua en los rincones de las habitaciones del primer piso para que su rebelde amiguito pudiera alimentarse y saciar su sed. 

Hoy, tras acostarse, mi hija no pudo más con su pena acumulada y estalló en llanto. Fue difícil consolarla. Recordó cada instante vivido junto a Ratoncio, desde el momento mismo en que lo eligió en una tienda de mascotas. Como la primera vez que le mordió su dedito, o sus jugarretas, sus autolimpiezas, sus amurramientos y sus comidas preferidas. Recordó toda una vida juntos, que a través de sus palabras parecían hasta décadas.

Fueron sólo siete meses. El tiempo suficiente como para repasar en silencio mi propia vida junto a ese adorable animalito. Yo también lo quería demasiado y no puedo dejar de extrañarlo pues pasamos cientos de horas juntos. Mientras él dormitaba, comía maicitos o me reclamaba atención en dos patitas, yo escribía mi última novela.

Sé que no volverá, pero es una historia muy dura que no puedo contarle a mi hija. Sólo la he intentado convencer de que Ratoncio Adalberto necesitaba una esposa y que se las arregló para ir en su búsqueda.

8 comentarios:

  1. Jorge, aunque a simple vista pueda parecer pueril, la capacidad de ganarse el cariño, especialmente hacia los pequeños, de las mascotas es inconmensurable.
    La única vez que he visto a mis dos hijas llorar con sentimiento y estar días entristecidas, fue cuando un domingo por la mañana -hace de esto diez años- me llamaron entre hipidos porque Roni, su hamster, había apareciéndote muerto en su jaula. Aún recuerdo buscarle en un parque cercano un lugar donde enterrarlo y las lágrimas de ambas.
    Hoy, a pesar del tiempo pasado, cada vez que pasamos por delante de donde lo enterramos, puedo oírlas decir su nombre ne voz baja.
    Nunca más han tenido mascotas y cuando a veces bromean entre ellas sobre conseguir una, siempre acaban diciendo que tal vez una tortuga grande, de esas que viven más de cien años para que esta vez sea la tortuga quien las acompañe a ellas.

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  2. ¿Cómo es posible que nos pueda importar tanto, amigo Chamali? ¿Cómo se arraiga ese cariño tan poderoso hacia los animales entre nosotros? ¿Por qué el afecto nos hace aferrarnos en simultáneo a personas, lugares, animales y hasta simples objetos? Y a todo los queremos irresponsablemente como si fuesen eternos.

    He sentido desde muy niño una particular cercanía con las personas que tratan con delicadeza a los animales, a todos los animales. Creo que eso habla muy bien de ellas.

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  3. Te comorendo muy bien Jorge y entiendo a tu hija. Cómo no va a llorar la desaparición de su amiguito. La ternura que nos inspiran los animales, cualquiera de ellos, sobre todo si conviven con nosotros, no se puede describir. Se siente algo muy fuerte hacia ellos que nos hace mucho bien. Eso es lo único que podría decirte. No me extraña nada que muchos psicólogos recomienden a sus pacientes un animalito de compañía a quien poder querer, mimar y cuidar. Cuando acariciamos a estos seres nos sentimos acariciados.
    Puedo decirte mucho al respecto pues tuve una siamesa durante 20 años hasta que este mismo verano tuve que sacrificarla. Lo sentí muy profundamente. Parece que la tengo cerca, por aquí y por allá. A veces siento, incluso, su presencia a mi lado o sobre mi regazo.

    Está muy bien lo que le has dicho a tu hija. El ratoncillo necesitaba esposa, necesitaba un poquito de libertad. Se le pasará.

    Un fuerte abrazo Jorge.

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  4. Los animales, Jorge, no tienen doblez en sus sentimientos. Si te miran con ternura, es ternura lo que sienten. Si se alegran al verte, esa es una alegría auténtica. Si te perciben triste o enfermo, se ponen a tu lado para acompañarte, así, en silencio, brindándote todo su tiempo. Y lo hacen sólo para que les devolvamos algo de ese amor, de esa ternura, de esa compañía.
    Jamás entenderé, Jorge, que el hombre sea tan cobarde y canalla como para dañar por diversión a los animales. Por eso se meten tan adentro en nuestro corazón, por que instintivamente sabemos que su amor es sin condiciones.

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  5. Ratoncio, el ratón de biblioteca, escapó de un montón de libros que se le vinieron encima durante el terremoto y, corriendo corriendo, escondido por los túneles que él solo se sabía, recogiendo los pedacitos de queso y migas secas que había ido escondiendo por meses, a lo largo del laberinto, piso por piso, vino a parar a la casa de la niña.
    La niña era bonita, de grandes ojos negros y llevaba el pelo en coletas parecidas a las orejas del ratón y eso lo hizo sentir en casa. La niña leía mucho, sentada en una sillita baja, a los pies de su papá, un señor con barba negra que siempre miraba una ventana de luz a la vez que movía rapidito los dedos sobre un teclado; los movía también como un ratón y siempre tenía a su lado una vela prendida, de cera olorosa como las que le gustaban a Ratoncio. ¡Qué buen gusto tenía este hombre! Sí, aunque todavía no entendía lo que era una computadora, Rantoncio supo que ésta sí que era su casa. Algo le recordaba a la biblioteca, pero esto era mucho mejor, sin ninguna duda.
    El primer día que Ratoncio Adalberto hizo ruido fue porque quería acercarse a comer unas migas de pan con queso en el plato de la niña, que estaba leyendo. El papá que lo vio salir del agujero se puso un dedo en los labios, sssss le dijo a su hija, y muy lentamente, silencioso, fue acercándole unas migas.
    La niña se convirtió en la maestra de Ratoncio, quien aprendió a leer en los libros de cuentos que ella dejaba abiertos cuando iba a buscar más queso para alimentar a su ratoncito.
    La niña también cuidaba a su papá, le traía pedazos de queso, maíz y migas; lo alimentaba. Quería que se pusiera más guapo, es decir que se pareciera más a un ratón. A lo mejor algún día lo convencería de que se cortara la barba y se dejara bigotes largos, ratoniles, preciosos.
    Ratoncio fue creciendo y poniéndose fuerte, guapo, se le quitó el miedo de todo y un día se trepó a la computadora del papá y vio en la pantalla el mundo de los ratones viajeros, lo leyó y supo que había llegado la hora de partir en busca de esposa ratona.
    Trepado en la pantalla, miró por la ventana y vio el soleado mundo montañés de San Fabián de Alisco, y sobre una roca a la ratona más linda que había visto en su vida, bueno, a la única ratona que había visto en su vida, porque ni en la biblioteca ni en el hogar de los lectores, niña y padre, había ninguna ratona.
    Eso era lo único que faltaba en aquella casa, que por otra parte, estaba bien abastecida de queso y migas, y tenía una niña tan buena, y tan linda, que lo había enseñado a leer y a no tener miedo. Y a un papá tan bueno.
    Ratoncio dio un beso con sus bigotes a una miguita de pan, la dejó dentro del libro de la niña junto a un pelo suyo, como despedida y, viendo por la ventana a la ratona, adornadas sus orejitas con las mejores flores andinas, salió al mundo de San Fabián de Alisco.

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  6. Apropiado, ingenioso, enternecedor y necesario, querida Mariaeu. Se agradece mucho. LLegará hasta los ojos de quienes extrañamos a Ratoncio.

    Un fuerte abrazo.

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  7. Es difícil describir en palabras esa reciprocidad afectiva que se va incrementando con el tiempo, amigo Chamali. Pero de que existe, existe.
    Es otra vida, y depende en este caso de nosotros. Sé que hay una cuota de egoísmo, pues los necesitamos para suplir o amortiguar una parte de nuestras propias carencias afectivas, y en algunos casos, como una simple entretención más, pero que a la larga igual se transforma en una relación afectiva mutua.
    Es difícil generalizar en torno al valor extensivo de la vida sin recibir una refutación inmediata, pues a a diario nos alimentamos de vegetales y animales más grandes que el mismo Ratoncio, pero en estos casos en particular funciona la filosofía exponenciada en El Principito.
    Recuerdo al Dalai Lama, cuando en una visita a nuestro país, intentaba explicar el idéntico valor que existía entre una hormiga y un elefante.

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  8. Si sólo pudieras encontrarle a Ratoncio una imagen convincente para que tu hija lo disfrute; y también dejarle una miga y un pelo de bigote dentro de uno de sus libros; pero tiene que ser de ratón

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