23 de diciembre de 2014

Las cenizas

CONCHA PELAYO -.

Cada año, previa a la Navidad, Marcelino viaja desde Zaragoza, donde reside, hasta Zamora para ver a la familia, felicitarle las pascuas, llevar calendarios, siempre con imágenes de santos -él es muy religioso y practicante- y lotería. A cada sobrino le suele regalar una participación de lotería, por si toca, claro.

Marcelino es hermano del padre de mi marido y durante muchos años ha venido a vernos por estas fechas hasta hace tres que no lo hemos vuelto a ver. Al parecer, según nos cuentan algunos familiares ya no está bien y para venir una noche solamente haciendo un viaje en tren desde Zaragoza y volver inmediatamente ya no lo aguanta.

En todos esos años, venía a vernos por la noche. Yo le preparaba la cena que comía con un solo diente pues le faltaban todos los demás y decía que ya era muy mayor para ir a los dentistas. Tardaba horas en comer un lenguado que era lo que le gustaba y un poco de ensalada. Tardaba mucho porque, además, me iba contando todo lo que acontecía a los otros sobrinos que también vivían en Zaragoza porque estando a su lado, él que gana un buen sueldo de Jefe de Estación, podía socorrerlos de vez en cuándo. Ahora es Pepita la que no tiene trabajo, ahora es Manolita que se separó del marido y es una vaga de siete suelas que no quiere trabajar. Además, Marcelino es de esos que socorre a cualquier mendigo que se encuentra por la calle. Le pide una limosna, le cuenta su historia y Marcelino lo lleva a cualquier supermercado o tienda de ropa y lo viste allí mismo o le llena una bolsa de comida. Además Marcelino es de los que van a los hospitales para hacer compañía a los enfermos y llevarles todas las revistas que recoge para que se entretengan. A los que fuman también les lleva tabaco.

Marcelino se casó en una ocasión pero se separó. Él llegó al matrimonio casto como San José porque para hacer el amor hay que casarse y él es muy creyente, ya lo he dicho. Su mujer también era virgen y además tenía vaginismo. Y además de tener vaginismo era una arpía que se portó mal con el pobre Marcelino. Cuando se separaron se quedó, incluso, hasta con el ajuar que llevó Marcelino y que su madre le había preparado casi desde que nació. Tenía preciosos juegos de cama, mantelerías, toallas, y todas esas cosas que conforman un buen equipo para los desposados. Pues hasta eso que no era de ella se lo quedó. La mujer de Marcelino, nos daba la sensación, de que le tomó aversión desde el primer momento. No sabemos si por la inexperiencia sobre el amor y por su santurronería. Excesiva diría yo. Claro que ella era una meapilas pero las meapilas no suelen tener la bondad que tienen las personas como Marcelino. Las meapilas son hipócritas, cotillas y envidiosas pues desean lo que no tienen ni tendrán. Por meapilas.

Un día nos contaba Marcelino que para luchar contra el vaginismo de su mujer, él, que tenía estudios de Medicina se había informado que para superarlo, había que proceder, previo al coito, introduciendo una especie de pinzas para que los rebeldes músculos vaginales se relajaran un poco y poder, acto seguido, consumar el acto. Pero ni por esas. Todo debía resultar muy complicado para el casto, la vírgen, y el novato de Marcelino intentado accionar con las pinzas. Nos contaba su "modus operandi" con una naturalidad y candidez que emocionaba. Él quería tener hijos porque para eso se había casado. Es fácil imaginar, por tanto, las relaciones de la pareja, es fácil imaginar el susto de ella, las mañas de él y los pésimos resultados. Acabaron separándose.

Se acerca la Navidad, tiempo de la visita de Marcelino. Y acabamos de saber que ha fallecido en estos días en Zaragoza. Una vez incinerado traerán sus cenizas para enterrarlas en el panteón familiar. El día fijado, el pasado lunes. Mi marido se reunió con sus familiares directos para ir al cementerio. Al llegar me comentó que el tarrito con las cenizas de Marcelino habían estado en nuestra casa durante tres días porque una de sus sobrinas dijo que le daba miedo tenerlas en la suya. Una caja fuerte que no se usa, alojada en un rincón del garaje ha sido morada de Marcelino durante tres días.

La parca me persigue.

9 comentarios:

  1. Marcelino ya no vendrá, pero cuántas historias dejó en el camino, cuánta generosidad diseminada, cuánta alegría.

    Un relato que exalta la nobleza humana y que tiene no pocas dosis de buen humor.

    Un abrazo mi querida Concha.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo24/11/11

    Pobre Marcelino, como es posible que teniendo tanta fé le haya salido la vida tan mal?

    Lola

    ResponderEliminar
  3. Ludmila Alonzo24/11/11

    La muerte nos acecha desde que nacemos, no nos deja ni un minuto ni un instante. Hay que aprender a vivir con esa única certeza en un mar de sinrazones, oscilaciones y vaivenes.
    Interesante la historia que nos narra, qué pena que un persona que parece tan merecedora de una vida amena y con mucho amor haya tenido una existencia con tantos tropiezos.
    Así es la vida!

    ResponderEliminar
  4. Hermoso relato Concha, los personajes de tu vida se sienten cada vez más cercanos. Los conocemos a través de lo que nos contás de ellos y no es dificil encariñarse, solidarisarse y conmoverse! En este caso, la tragicomedia de la vida deja una enseñansa que se puede comprender con el corazón y la experiencia de la vida que nos va conduciendo poco a podo a la muerte.. el final común de todos.

    Saludos

    ResponderEliminar
  5. Las personas que nos dejan no no dejan ni se van porque la cantidad de recuerdos que asociamos a su persona permanecen vivos de tantas maneras y he acá la mejor de todas! Sé que suena a verso, pero es tal cual. Nos sobreviven los que nos piensan si no hemos podido dejar una familia que de continuidad a nuestros genes.
    Me gustó mucho, es un gusto leerla.

    ResponderEliminar
  6. "La parca me persigue" La espada del Democles aquél pendiendo del cuello es una alegoría interesante. La nobleza de espíritu no implica una vida pletórica y feliz eh?
    Me gustó mucho su relato.

    ResponderEliminar
  7. La parca nos persigue! Hay que buscar resguardo y aprovechar el tiempo que podemos pasar lejos de ella.

    ResponderEliminar
  8. Anónimo25/11/11

    Uno de los mejores relatos que he leído en este blog. Profundamente humano.
    Gracias por compartirlo Concha.

    Saludos

    Raúl Santander

    ResponderEliminar
  9. Emocionante. Personas como Marcelino son las que hacen diferencia.

    Abrazos

    ResponderEliminar

*