23 de diciembre de 2011

Merri Crismas

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

“En esta Navidad
quiero verte
desnuda en el pesebre.
Serás mi virgen María”

Diuccast Fresh

Era chistoso. Mi hermano, que por ese entonces tendría unos 6 años, tomaba la pelota que le había regalado el Viejo Pascuero, la pateaba un par de minutos contra la pandereta en el patio y después la limpiaba con un paño húmedo. Era un ritual. Nos reíamos de él.

Eran tiempos hermosos. Si bien el nacimiento del Mesías de los cristianos era una excusa para celebrar, el consumismo no había llegado con toda su furia a nosotros.

Desde fines de noviembre las vitrinas de mi ciudad-pueblo se llenaban de motivos navideños y nosotros, niños, sentíamos que esa fecha llegaría pronto con todo lo que ello significaba: no solamente lo material, también los porotos verdes de mamá y los regalos de mis tías.

Recuerdo el regalo que me dio la tía Elia, que ahora no me saluda en la calle y está pelada. Un portaaviones. En aquel tiempo mi mamá permitía que abriéramos a cualquier hora los regalos “no oficiales”, es decir, todos aquellos que abiertamente me entregaban familiares con motivo de la Navidad, pero que no eran del Viejo Pascuero, aquel personaje inventado por la Coca Cola. Entre paréntesis: con mi hermano molestábamos a mi hermana y le decíamos que el Viejo Pascuero no existía y que era un borracho y huevón. Lloraba y mi mamá nos retaba. Tal vez por eso ya a los 8 años no creía en esas huevadas y sabía que los regalos se los compraba mi papá. Por eso cada año se lo pedía directamente a él.

José Feliciano el 24 de diciembre desde temprano cantaba “Feliz Navidad” y eso era razón suficiente para sentirse feliz ante la inminente llegada de la Noche Buena.

Recuerdo que mi papá tenía esa maldita manía de ordenar que los regalos se abrieran a las doce de la noche. Terminábamos algunos años de cenar a las once y, por seguir a mi papá y sus desventuras de infancia, sumado al sometimiento de mi mamá, teníamos que comernos las uñas por mientras con mi hermano para hacer hora o, en el mejor de los casos, hacer una suerte de ensayo jugando con los restos de los juguetes de la Navidad pasada.

Con el tiempo esa manía se terminó gracias a una rebelión de nosotros, no importaba que carajo opinara mi mamá. Estaba en la U. La más feliz era mi hermana, que estaba chica en aquellos años y que lo único que quería era hacer mierda el papel de regalo para develar el contenido de los paquetes.

Era una tradición: el pasaje del barrio se inundaba de los sonidos de pistolas espaciales, de las rueditas chicas de bicicletas de niña, de muñecas que lloraban. El cola de mono y el pan de pascua acompañaban aquel arcoiris de los colores de las luces del árbol, mientras esos sonidos inundaban el ambiente como si se tratara de la banda sonora de una película.

Nuestros padres miraban con una sonrisa serena la felicidad de nosotros. Una sonrisa que se traducía en la satisfacción de haber llegado casi al final del año pudiendo haber hecho el esfuerzo de comprarnos juguetes y provocarnos estados de felicidad. Porque la felicidad es solo eso: un estado o una conjunción de estados. No me vengan con huevadas.

El día 24 en la tarde papá a eso de las 7 regaba el pasto. Mi mamá comenzaba a pelar papas y ya saben, a preparar los porotos verdes.

Recuerdo aquel 24 de diciembre de 1986. Me senté frente al árbol cuando comenzaba a atardecer. No tengo claro por qué, pero una emoción profunda me inundó.

Estaban los regalos ordenados, los colores del pino, las conversaciones de mis padres en el patio, mi hermano seguramente desarmando sin permiso alguna lámpara.

Yo sabía cuál era mi regalo y no sin antes constatar que nadie me veía, lo profané cuidadosamente. Eran los cassettes “Pateando Piedras” de Los Prisioneros y los dos primeros albums de G.I.T. No olvido aquellas mariposas que me hicieron cosquillas en el pecho, pero por dentro.

Dejé el paquete cuidando que quedara en la misma posición que lo ultrajé.

A todos nos pasaba. Si era reloj: mirábamos la hora cada tres minutos. Si era ropa: nos la poníamos y salíamos a la calle a lucirla y si nos gustaba, la usábamos tres días seguidos sin lavarla. En la adolescencia eso nos servía para conquistar chicas, que por lo menos en mi barrio se fijaban mucho en las pilchas que uno traía puestas.

No entendíamos con mi hermano cómo mierda el Viejo Pascuero dejaba los regalos.

Recuerdo que la bicicleta que pedí la dejó en la tina del baño. Cómo diablos corrió la cortina para depositar allí ese regalo, hasta el día de hoy no me lo explico.

O cómo hizo para dejar escondidas las dos bicicross que trajo a mi casa: una para mí y la otra para el pelotudo de mi hermano.

Hay una anécdota sobre esas dos bicis. Cierto día de verano estaba yo y mi bici roja –que al tiempo después me robaron–, galanteando con unas chicas del barrio. Eran los esbozos de la masturbación y los enamoramientos tipo Félix de “Los 80”.

Mi papá tenía esa regla inexplicable de darnos permiso hasta eso de las diez de la noche, en verano, para estar fuera de casa.

Como yo andaba caliente, muy caliente, cada cierto tiempo pasaba mi hermano, con cinco años menos que yo, en su bici gris por donde yo estaba. “Jorge, anda a pedir más permiso”. “Ya”, me decía y se iba.

Pasó unas tres o cuatro veces y yo le pedía lo mismo. Esa noche llegamos a eso de las doce y pico a casa. Mi papá me pegó con un escobillón. Claro, el Jorge jamás había ido a pedir permiso. La patada en el culo que le pegué al pelotudo lo elevó por lo menos cinco metros hacia el cielo.

La Navidad de 1987 fue muy especial. Esa vez hubo un solo gran regalo para todos: mi hermana, la Jechy. Nació en Santiago el 21 –por lo que nos condenó por toda la puta vida a dos regalos– y el 24 llegaron tarde a casa.

Papá salió a improvisar unos obsequios y algo para comer. Me regalaron una radio con fonos, todo un logro para aquel tiempo. A mi hermano… no tengo idea.

La Jechy con sus ojos de aceituna llenó la Navidad. Tal vez haya sido la más especial que he vivido hasta el momento.

La de 1988 fue una mierda. Mis papás argumentaron estar cortos de dinero. Ahora que miro para atrás no les creo; fue flojera. Cuando abrí mi regalo, el contenido era una polera fosforescente que jamás pedí. ¡Una miserable polera color de faro de casa de putas! Me encerré en el baño a llorar rumiando mi rabia y frustración. Mis papás me preguntaban qué me pasaba. Los mandé a la mierda. Ya era un adolescente hijo de puta.

Las navidades con el correr del tiempo han sido cualquier cosa. Ahora da lo mismo. La pasaré con un matrimonio amigo que me pidió que los acompañara a misa antes de la cena.

Creo que esta vez tendré que emborracharme mucho más temprano.

7 comentarios:

  1. Son recuerdos de tus navidades? De verdad? Qué lindos! Me encantó, gracias por el relato tan apropiado para la época, gusto leerlo hoy mismo. Evocativo y al final provocador.. Ojalá no sea tan así! Pasala bien JP pero que las copas se sucedan unas tras otra por felicidad y no por pena.
    Me puse a pensar en mis navidades pasadas, tengo tantos recuerdos acumulados!! Aún yo que soy medio grinch guardo lo mejor del día y me olvido de todo lo tedioso que deviene del sentido comercial que le dan.. Sólo la paso bien, es para mi una Buena Noche para compartir.

    Saludos!

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  2. Lindos recuerdos con un nostálgico fin. Que repunte la noche y termine patas para arriba de contento, recordando con alegria los buenos momentos vividos!

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  3. Anónimo24/12/11

    Notable su texto sr. Jiménez, evocación transparente y casi cinematográfica. Ud es una suerte de Lazarillo de Tormes y escritor Beatnik. Notable también la elección de su epígrafe del monumental escritor grego que imagino usted conoce de memoria.

    Muchas felicidades.

    Cloto

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  4. Felices Fiestas!!! Salude, brinde y pasela genial. Escribe lindo y da gusto leerlo!

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  5. Mucho amor para estas festas!! Beijos ♥

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  6. Las incongruencias del Viejito Pascuero eran efectivamente innumerables, pero todo se lo perdonábamos, a todo le buscábamps una explicación que salvara a Papá Noel de las llamas eternas del infierno de los engaños.

    Una evocación limpia, madura, nostálgica.

    Un abrazo amigo Jiménez.

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  7. Feliz navida atrasada!! Buen texto, buena historia. Un placer leerlo siempre.

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