19 de agosto de 2012

Contigo...

ENCARNA MORÍN -.

Amiga, hoy he oído hablar de ti por primera vez. Y me he identificado contigo. Quizá hasta me he reconocido un poco en ti. Inevitablemente he tomado partido a tu favor. Reconozco esa cara y ese tono de voz con el que él te nombra. Sé que has sido muy especial en su vida, y que aún te conserva en un lugar privilegiado de su memoria. Posiblemente no te haya dicho todo lo que has significado para él, quizá nunca lo haga. Pero creo que al menos mereces saberlo. 

Te he imaginado como una mujer valiente y generosa. Capaz de querer sin límites, sin pasar factura, sin pedir nada a cambio. Una de esas mujeres que atraen mucho a los hombres, pero con las que nunca se comprometen. En realidad -permíteme que me incluya en el grupo- nosotras les damos un poco de miedo. Lo mismo que les incita a buscarnos es lo que les hace temer.

Probablemente sea ancestral en la cultura. Desde que aquellas mujeres sumisas y complacientes buscaban un marido para casarse, un hombre que cargara con ellas, renunciando a menudo a ser ellas mismas, hasta ahora, en que peleamos como buenamente podemos para ocupar nuestro sitio; algunas cosas han cambiado. Pero no tantas, como habrás comprobado por ti misma. Ellos no dejan de sentirse más seguros con mujeres que les garantizan que se quedarán para siempre, no importa lo que ocurra. Romper uno de esos compromisos consolidados es algo que ni se plantean.

Finalmente, nosotras nos movemos por el corazón. Los sentimientos nos pueden. Afortunadamente. En realidad, aunque nunca te lo dijera, él te quería y admiraba. Era feliz contigo. En todos los sentidos era feliz. Pero... pretender que rompiera su orden por ti, era otro cantar. En realidad no lo iba a romper por nadie. De haberlo hecho -de haber apostado por una relación gratificante contigo- habría servido para beneficiarse a sí mismo, pero no estaba en condiciones de darse ese permiso. Así fue como te perdió.

Se le ilumina la cara cuando habla de ti y te recuerda. En realidad no sabe muy bien qué es lo que pasó. Yo puedo entenderlo, aunque no estuviera allí entonces, porque soy mujer. Por eso he decidido escribirte, y expresarte mi aprecio. Mi solidaridad femenina, más allá de toda la opresión que durante siglos nos ha mantenido separadas y divididas, compitiendo por las migajas, en lugar de apostar por una vida sin límites para nosotras.

Sin duda él es un hombre especial y merece la pena. Lástima que por entonces no estuviera dispuesto a jugársela contigo. Pero pudiste sentir que con él eras tú misma, que tu piel y la suya podían por momentos, llegar a ser una. Sentiste que te comprendía, que te apreciaba y valoraba, hasta el punto en que optaste por aceptar sus reglas del juego. Tenerle a ratos y ser feliz a tope en ese tiempo. Él se dejó querer.

Sobrevivía a cuanto acontecía en su vida paralela, porque contaba contigo, pese a que tú de vez en cuando entrabas en conflicto y le plateabas la ruptura, sabía que más tarde a más temprano todo volvería a ser igual. Te tenía, estabas tú. Disfrutaba de ti. No estaba obligado a desempeñar ningún papel.

Su compañera oficial de los fines de semana, representaba ese orden ficticio que muchas personas buscan, ante el temor al posible desorden que podía encontrar junto a alguien que se pareciera a ti. Y tú fingías no pensar en ella, pero lo hacías. Estoy segura de que lo hacías. Pensaste en ella durante años y aceptaste ese primer papel de ser la otra, en una difícil definición de si en realidad eras la amiga, la amante o la compañera....

Aquellos fines de semana eran inmensos y eternos. Tenías claro que con él no podías contar en esos momentos. Paradójicamente, cuando más urgencia tenías de poder estar con él, era cuando menos estaba. Pero ni un solo reproche salió de tu boca. Así que él, habitualmente tan dado a culparse por todo, no era consciente de no haber actuado correctamente con respecto a ti.

Te dejaba claro que no iba a romper su compromiso, aunque con los hechos estaba contigo en cuerpo y alma. Sentía contigo, compartía contigo y era él mismo contigo. Te guiaste por ese lenguaje más allá de las palabras que tan bien debes manejar, y apostaste sin límites ni condiciones.

Pero la sorpresa que te esperaba aquel domingo en la playa, con eso sí que no contabas. Verle paseando por la orilla con ella, era previsible. Pero el evidente embarazo de varios meses... eso sí que no te lo imaginabas.

Tampoco esta vez fuiste a reprochar nada. Simplemente le dijiste que hasta aquí. Que eso era mucho más de lo que podías soportar. De esa manera le ahorraste el tener que darte explicaciones. Se lo pusiste fácil una vez más.

No he dejado de pensar en lo mal que te pudiste sentir en aquel momento, en el que una jarra de agua helada te cae por encima, sorpresivamente. Estoy segura de que estuviste llorando, sintiéndote estafada, por más que el implícito acuerdo te dejara sin derecho a hacerlo. Pero una cosa era lo que sospechabas y no querías ni pensar, y otra lo que tu alma sentía. Eso... era simplemente desgarrador para ti.

Ahora, que los años han pasado y se puede ver todo con un poco más de objetividad, quiero decirte que tu honestidad no tiene límites. Nunca se te habría ocurrido recurrir a un embarazo si contar con él, por más que quizá te habría gustado la idea de compartir esa experiencia.

Y con el paso de los años también se ha comprobado que todo se coloca en su sitio. Ya ves... su historia de seguridad se terminó por las propias contradicciones que encerraba, y tú no te alegraste por ello. Supiste permanecer cerca, pero con tus propias condiciones. Aprendiste la lección.

Estoy segura que habrás encontrado al hombre que te mereces y que apuesta por ti sin tener que negarte. Aprendiste a disfrutar de todas las palabras de amor calladas en este tiempo, a ser única y especial para alguien desde la serenidad de no vivir el sobresalto de la duda.

Quiero también contarte que él es mejor persona por todo lo que compartió contigo, y que más de una vez le salvaste del abismo. Ocurrió cada vez que pudiste creer en él y ver toda su belleza de alma y cuerpo. Eso te ha dado un lugar eterno en su memoria.

De cuanto creció mientras compartió esos años contigo -robados a la oficialidad- ha venido a resultar el hombre maduro que es hoy y que yo encontré varios años más tarde, desde aquel día de tu cara estupefacta en la playa.

Solo sentí respeto al oír cómo te recordaba, y también una inmensa ternura, una especie de afecto solidario. Pude ponerme en tu piel y entender lo que sentiste. Una lágrimas se deslizaron por mi cara, posiblemente por mi propia pena ocurrida en otras circunstancias y que yo traje al presente al oír hablar de ti.

Aunque nunca te lo dijera, no dudes de él que te quiso y aún te quiere. Una mujer como tú, permanece para siempre en la memoria del hombre que haya tenido el privilegio de haber sentido su amor. 

5 comentarios:

  1. Interesante relato ¿o era carta? Nunca está de más saber qué pasa por la cabeza de las mujeres aunque sea de manera indirecta como leyendo algo de ficción.

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  2. Las historias son siempre muy parecidas. Como que todo tiende a repetirse, no importa el lugar geográfico donde estemos. Las mujeres parecen pasar por períodos de competitividad, pero también por muchos períodos de comprensión y apoyo mutuo. Comprenden o intuyen lo que les ha ocurrido a otras, esa comprensión que suele estar vedada ante la habitual torpeza de la mirada masculina. A veces sólo hay que hablarle al espejo, un evocador instantáneo de todas aquellas que pasaron por el mismo cuerpo.

    Excelente relato.

    Un abrazo fuerte, Encarna.

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  3. Anónimo20/8/12

    No todas las historias de amor tienen un final hollywodiense. Las relaciones afectivas son muy complejas y muchas llegan a su fin a pesar de que el cariño y la pasión no haya mermado por el paso del tiempo. Pero al igual que determinadas circunstancias posibilitan iniciar una relación, también esas mismas u otras pueden conducir a su final. Lo importante, es que al hacer balance pese más el amor que dimos y recibimos que el dolor que pudimos infligir o que nos ocasionó.

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  4. Aquí de lo que se trata, es de ponerse en la piel de la mujer que pasa por alto compartir el amor, ocupando un segundo plano que en absoluto elige. Simplemente lo acepta. Si no decide tomar cartas en el asunto a tiempo, y se enamora, lleva las de perder, es decir, le toca sufrir sin remedio.
    En este caso se mantiene mi teoría de que las mujeres, a veces, somos víctimas de nuestros propios sentimientos, que a veces llegan a condicionarnos la vida.
    Derrochar amor a raudales, está bien... pero en este caso él es quien pone las reglas del juego. Creo que ella merece un reconocimiento, de eso trata el texto.
    Gracias amigos por sus opiniones.

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