4 de marzo de 2013

Despareja

ENCARNA MORÍN -.

Solían dar largos paseos a la luz del sol o de la luna. No importaba las horas del día o de la noche. Desde que tenían uso de razón, su tiempo era propiedad de ambos.

Acostumbraban a llamarse a voces desde la calle. O bien a tocar con los nudillos en la puerta. No necesitaban una excusa para encontrarse y compartir confidencias. Desde siempre, desde que eran unos niños. Luego improvisaban el escenario de sus incursiones, que la mayor parte de las veces terminaban en la playa al rumor de las olas, caminando descalzos por la arena o juntando caracolas que ella coleccionaba en una caja de madera.

Compartían su merienda y sus pirulís, si por el camino encontraban alguna higuera o un moral, podrían extraer algunos frutos extra. Siempre era él quien se trepaba en lo alto, para alcanzar las mejores brevas, o el que tiraba pedradas al racimo de la palmera para que las támaras maduras llegaran a tierra.


Con los años, preservaron aquellos paseos y las confidencias subieron un poco de tono. Pasaron juntos los amores y desamores del otro, sin sentir que su intimidad menguaba un ápice. 

Cuando ella tuvo su primera menstruación, vino a contárselo algo desconcertada. Él en ese momento no supo qué decir exactamente. Era una de esas pocas veces en que se ruborizaba ante tanta franqueza. Pero le gustó ser el primero en saberlo. Una vez más ella le demostraba su confianza.

Más tarde llegó la pandilla, y entre todo aquel grupo ellos se entendían sin palabras. Organizaban fiestas, excursiones o paseos por la playa. En todos los casos ellos eran pareja. Iban agarraditos del brazo y compartían su tiempo y sus secretos. Las hormonas no se cruzaron de por medio en esta ocasión al menos.

Un día ella se enamoró perdidamente de otro chico, y a él le tocó esta vez ser un confidente disgustado. Pero mantuvo el tipo, sin hacer demasiado caso al malestar que de pronto vino a instalarse en la boca de su estómago en forma de nudo persistente. Ese amante inoportuno no logró desplazarle de su lugar que siempre fue el privilegiado.

Pasaron los años y seguían siendo confidentes. Sus tiempos de encontrarse eran cada vez más escuetos, aunque los respetaban como un viejo ritual. Ella había pasado por dos o tres parejas y él por otras tantas. 

Un día él le confesó lleno de pesar su secreto mejor guardado:

-El día que te casaste, yo lloré

-¿Y eso por qué? –preguntó ella sorprendida-

- Porque no te casaste conmigo.

Y punto. Ya no se habló jamás de ese tema. Incluso hasta pensaron que dadas las circunstancias, casi sería un incesto.

Ya no se llamaban por la ventana o a voces desde la calle. Ahora lo hacían por Whatsapp, o por una llamadita al teléfono fijo. Ninguno de los dos se presentaba en la casa del otro sin previo aviso. Pero conservaban sus cafés, sus confidencias y sus paseos sin prisas y sin pausas agarraditos del brazo, como cuando eran niños.

Un día él trajo la buena noticia de que por fin acababa de encontrar a la mujer de su vida. Ella recibió aquello como un jarro de agua fría, y así le hizo saber sus temores. Aunque en honor a la verdad, se alegraba de que fuera feliz tras su última experiencia tortuosa. Eso también lo añadió.

Ante tanta intimidad compartida por tanto tiempo que abarcaba una vida, no había nada que pudiera destruirla -le aseguró él como si llevara una biblia en su mano para jurar encima de ella-

-Lo nuestro es desde siempre y para siempre, María. Yo te sigo queriendo, y ese espacio no lo va a ocupar nadie, nunca jamás.

La siguiente vez que quedaron para pasear él llego con “ella”. Y así en sucesivas ocasiones. Se terminaron los paseos y las confidencias, se acabó la cercanía y el contacto de su brazo al ir caminando por la calle. Incluso por el tono de voz al responder al teléfono, sabía si estaba solo o con ”ella”. Con aquella mujer de su vida, se terminó la confianza. De pronto el tiempo tenía límites, los días de la semana eran más o menos intocables si “ella” estaba de por medio. Y generalmente estaba, omnipresente, amablemente correcta, pero marcando el terreno. 

Por fin pudo entender lo de aquel llanto que él confesara tan a destiempo. Ahora María lloraba, sin entender muy bien por qué, sin encontrar explicación racional a su dolor, sin querer ponerle nombre al sentimiento que martilleaba su cabeza una y otra vez.

Desde entonces, sus paseos por la playa tienen sabor a soledad...


TODO LO CONTRARIO

Colecciono pronósticos
anuncios y matices
y signos
y sospechas
y señales

imagino proyectos de promesas
quisiera no perderme
un solo indicio

ayer
sin ir más lejos
ese ayer que empezó siendo aciago
se convirtió en buen día
a las nueve y catorce
cuando vos
inocente
dijiste así al pasar
que no hallabas factible
la pareja
la pareja de amor
naturalmente

no vacilé un segundo
me aferré a ese dictamen

porque vos y yo somos
la despareja.

(Mario Benedetti)

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

5 comentarios:

  1. El comienzo me hizo recordar la película La laguna azul. Luego se les vino la vida adulta encima, el distanciamiento, el poco tiempo, las llamadas por celular, las nuevas parejas.
    Lo que no puedo entender es cómo superaron la tensión sexual que existe en toda amistad hombre-mujer?

    Me encantó. Saludos

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  2. Puede que hayan formas distintas de estar en pareja. Quizás sea hasta mejor. Lo que pasa es que estamos culturalmente acostumbradas a buscar siempre lo mismo.

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  3. El entendimiento y la complicidad entre personas de distinto sexo, sobrevive más o menos hasta que llegan las parejas. En estos casos o los recién llegados o bien los antiguos amigos, terminan por pedir explicaciones de una u otra forma. ¿Podemos hablar de cercanía sin sexo?

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  4. A veces, nos vendemos por un pequeño espacio de "seguridad"... hasta el punto de terminar con lo más auténtico que existió en nuestros afectos.

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  5. Una amistad duradera, expuesta a los vaivenes, a la distancia, a las dudas mutuas, a los límites, porque de seguro ambos los traspasaron en muchos momentos, aunque fuese imaginariamente. Al final, el círculo lo pudo romper una tercera persona, aunque el texto deja una gran ventana abierta a las posibilidades futuras.

    Excelente narración, querida Encarna.

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