30 de abril de 2013

Otra excursión a los ranqueles

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

La primera vez que supe de Estanislao S. Zeballos fue en unos volúmenes de El tesoro de la juventud que se hallaban en la biblioteca familiar. Eran, supongo, de principios de siglo y presentaban las todavía controvertidas hipótesis de Florentino Ameghino acerca del origen del hombre americano. No recuerdo qué tema tocaba Zeballos, seguramente algo sobre las etnias aborígenes que ocuparon gran parte de su pensamiento y literatura.

Las guerras indias de la Argentina, entre mediados del siglo XIX y principios del XX han sido, ya que la historia la hacen los vencedores, incomprendidas. Se presentó al indio como un ser abyecto, alcoholizado, un freno al progreso. Si no se lo destruyó a mediados del 1800 fue porque las guerras civiles lo impidieron; tanto unitarios como federales intentaban conciliar su aversión al indígena con la necesidad de eventualmente usar una fuerza militar ágil y poderosa en favor suyo. Cada capitanejo o cacique favorecía a algún bando sin eso impedir que de cuando en cuando, en los momentos en que mermaban las reservas alimenticias de la tribu, los indios se lanzaban en malón a atacar las poblaciones de aquella extensa frontera que abarcaba desde Córdoba y San Luis hasta la provincia de Buenos Aires hacia el sur. José Hernández pondría lo trágico e inesperado del malón bellamente en boca de su Martín Fierro cuando decía "(...) comienza el indio a aturdir la pampa con su rugir y en alguna madrugada, sin que sintiéramos nada, se largaban a invadir".

Jorge Cafrune y otros folkloristas rescatarían, algunos de forma romántica, esos "imperios" nativos cuya realidad ha sido arteramente desvirtuada. Ni ranqueles ni otras tribus similares vivían exclusivamente del ataque a poblaciones cristianas. Originarias del sur de Chile se trasladaron, según dice Luis Sommi, mucho después de la llegada de Solís al Río de la Plata, en los siglos XVIII y XIX, gracias a la expansión ganadera -lanar- en la región. Se ocupaban de cazar a estos animales cimarrones, así como a guanacos y avestruces, y crearon una suerte de estancias de ganado rudimentarias con escasa agricultura. Ocho a diez mil nativos se desperdigaban por varios millones de hectáreas y reconocían a un cacique mayor, de acuerdo a la dinastía a que pertenecieran. Después del gran Yanquetruz, que aglutinó a los araucanos en 1818, le sucedió Painé Guor, sobre quien escribió Zeballos un breve pero admirable libro: Painé y la dinastía de los Zorros, publicado en Buenos Aires en 1886 y luego en la Bibliothèque Escary de París, cuatro años más tarde.

De forma novelada, Estanislao S. Zeballos cuenta la historia de un joven refugiado cristiano en los toldos de Painé. A través de los ojos de este personaje, el autor relata cómo vivían los ranqueles. Su texto se presta al estudio de parte de la historia argentina y a un análisis sociológico de ese mundo esfumado. Además describe la geografía de tal manera que se puede imaginar una tierra infinita y exuberante donde los "tigres", quizá pumas quizá jaguares, acechan en las matas para devorar a los infelices que se animan a trashumar la pampa. Habla de "selvas", bosques de árboles gigantescos, primigenios, de oscura vegetación, con un aire más que antiguo, primitivo. Retrata lugares como si fuesen míticos, con una presencia casi religiosa.

Obra que es hallazgo, voz importante en momentos como los actuales de reivindicación indígena. Peca de lugares comunes y de prejuicio como se puede esperar de un escrito de la época y condición. Pero son más sus ventajas y enseñanzas que sus injusticias.

Zeballos, que nació en Rosario y murió en Liverpool, contaba con una colección impresionante de objetos nativos, incluido el cráneo de Mariano Rosas (Panguitruz Guor-Zorro cazador de leones), hijo de Painé Guor (Zorro celeste) y ahijado del Restaurador y que fueron donados al Museo de la Plata y ya devueltos a sus herederos naturales.

Para ahondar en los ranqueles se deben leer el ya clásico Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, y las Memorias del ex-cautivo Santiago Avendaño sobre el ocaso de la dinastía de los Zorros y de la indianidad argentina.



27/1/05
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), enero, 2005
Imagen: Arte de Carlos Alonso, de la serie La guerra al malón

3 comentarios:

  1. Creo que ni el indigenismo ni las historias oficiales profundamente racistas han dado en el blanco.
    No cabe la denostación ni la victimización histórica a la hora de intentar comprender un conjunto de procesos.
    Valiosos antecedentes aportas, estimado amigo. Le sumo desde el lado chileno el libro "Maloqueros y conchavadores", "La Araucanía:
    La Violencia Mestiza y el Mito de la Pacificación" y "Auge y ocaso del toqui Ayllapanqui", de Leonardo León. "Relaciones fronterizas en la Araucanía" de Sergio Villalobos, "Historia del pueblo mapuche" de José Bengoa, y la más antigua y sabrosa "Cautiverio Feliz" de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán.

    Tengo un par de ensayos al respecto que me significaron varios enemigos en su momento, y que desnudaban la idealización romántica del indigenismo académico. Los buscaré para enlazarlos.

    Un abrazo afectuoso

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  2. El gran tema acerca de los "barbaros" indios... es cambiar la historia... nos han presentado a los indios... como si fueran animales, bestias... cuando en realidad iban a robarles sus tierras y mataban a sus familais como animales. Esa es la historia de Roca y otros mas.Ramon

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  3. Gracias por los aportes y los datos, Jorge. Me pondré a buscar lo que pueda de ellos. Y la historia esta que menciona Rameon no ha terminado. Está decorada, dorada ahora, tal vez con algunas mejoras, pero sigue igual. Abrazos.

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