10 de mayo de 2013

Efecto mariposa

Por Pablo Cingolani


Un indio Ese Eja estornuda: el parlamento albanés y ultra liberal aprueba una ley prohibiendo se venda carne de gato en los restaurantes de Tirana. Un minino negro y blanco vagabundea por el barrio Pazari, se acerca a un puente antiguo sobre el río Lana y ve que alguien, vestido de frac y galera, se arroja a sus aguas: un volcán lanza una colada de lava y piedras en Costa Rica y un cortocircuito que provocó Ronnie quema la casa del mayor productor de marihuana de Arkansas. Una carga de una tonelada y media de cannabis es quemada por unos policías colombianos en la selva del Putumayo: el olor a excremento humano inunda Mumbay; ante la pestilencia, un ginecólogo británico se encierra en la pieza de su hotel, prende el televisor y mira un programa del History Channel sobre una invasión de cucarachas en Timor.

La isla timoresa se acerca cada año dos kilómetros y trescientos metros a la costa australiana, nadie sabe si por efecto de los tifones o por el paso crujiente de los súper petroleros, dice una periodista en el noticiero de la mañana en el canal metodista de Dili. Cuando termina de pronunciar la frase, estira la mano tanteando, pero no lo logra y derrama un vaso de agua: un minero chileno, desocupado y borracho, le pega una trompada a un mozo de un bar de Coquimbo que se negó a servirle otra jarra de vino mientras por los parlantes cantaba Violeta Parra. El precio del coñac se dispara en el mercado de Estrasburgo, una banda de heavies holandeses asalta una licorería. Cuando corren por la calle, cargando el etílico botín, a Jan, el guitarrista – toca una Fender Stratocaster, como Jimy Hendrix-, una botella de vodka finlandés se le resbala de los brazos y golpea la cabeza de un perro pekinés que pasaba por ahí: el can aúlla como si la mitad del Everest se le hubiera caído encima: el dueño de una corporación que fabrica pilas de litio empieza a dar un discurso en un hotel de Detroit en torno a las bondades de su producto mientras un homeless es atropellado en la esquina por un carro repartidor de leche y derivados. La leche se derrama como delta y un skater se resbala y cae sobre un puesto de periódicos. Vuela la quinta edición y en la tapa dice, en letras catástrofe: GOLPE MILITAR EN LAOS.

Un queso rueda colina abajo en una aldea vasca: una hormiga logra treparse al prodigio y así llega a la playa; el queso se va pudriendo en la arena, la hormiga se sube al yate de unos vegetarianos que inician una navegación sin rumbo, ya que creen que la unión europea estallará en pedazos y en cualquier momento empezará la Tercera Guerra Mundial. La hormiga piensa: “tal vez sea la única que me salve”, aunque luego desconfía porque los del bote ponen proa rumbo a Groenlandia. Quiere convencerse que tal vez el cambio climático mutó Groenlandia en una versión más parecida a alguna de las islas Azores pero no lo logra, se arma de valor, se arroja al mar y la corriente de Cantabria la lleva hasta el Mar de los Sargazos y de allí a Bahamas: con tanto know how adquirido, abre una agencia de viajes de aventuras, prospera y se matrimonia con una avispa y van de luna de miel a visitar a unos primos que viven en Manaus, donde hay tantas hormigas como chinos en China.

Marcio Souza está escribiendo un poema sobre algo que jamás sucedió: el incendio del Teatro de la Opera de su ciudad natal pero se le acaban los cigarrillos y sale a la calle en busca de algo para fumar; hace mucho calor en Manaus y son las cuatro de la madrugada. Todo está cerrado, salvo el Andrómeda, un burdel de mala muerte, cuya luz roja frontal lo guía. Casi resbala por pisar una cáscara de plátano pero eso tampoco sucedió –si hubiera ocurrido, un cuidador del zoológico de Katmandú, en un rapto de locura, hubiese abierto la jaula de los tigres o algún iconoclasta hubiese meado la tumba de Verlaine o el faro del cabo Polonio se hubiese apagado.

Souza entró al antro, compró un paquete de Viceroy y cuando se estaba yendo, alguien lo llamó desde una mesa en penumbras. Marcio acudió: era el fantasma de Tabucchi, acompañado, nada más ni nada menos, que por la Dama de Porto Pim. Comieron una pizca de miel verde y bebieron champaña para celebrar el encuentro, unas gotas se derramaron por el mantel de hule y estampado de flores que cubría la mesa del Andrómeda.

Una gota, más viajera que las otras, se derramó hasta el piso donde estaba la hormiga vasca con su esposa avispa de las Bahamas celebrando a su vez con sus primos brasileños. Con la gota de champaña derramada, alcanzó para que los insectos se alcen una borrachera de aquellas. Sólo se recordaba una así cuando se terminó de rodar The Naked Jungle y Charlton Heston meó desde el muelle flotante y el Amazonas inundó Marajó más de la cuenta: un tapir terminó asado en una playa de Dakar.

Pero la noche de marras, mientras las pequeñitas se tomaban todo, nadie advirtió cuando la Dama de Porto Pim se incorporó, diciéndole a Souza y al fantasma de Tabucchi que iría al baño. La punta de su zapato de gamuza azul destrozó a Joao y a Elder, dos de los primos. La hormiga vasca, entre desconsolada y ebria, dijo: ¡hostias, nos han aplastado la farra!, se echó hacia atrás y cayó al piso, levantando una nubita de polvo de tierra bermeja y ceniza de cigarro: un indio Ese Eja estornuda en el medio de la selva… En Tanzania, llueve.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 10 de mayo de 2013
Imagen: Butterfly Effect by Caiterz

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