24 de septiembre de 2013

La música en Lanús

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Lanús, como ombligo de distintas actividades artísticas (más hijas de la pereza que de la sensibilidad poética), ha parido una larga lista de extraordinarios músicos. 

Ya en alguna otra crónica de este Atlas hemos citado la existencia de Vicente Nares, el pianista ciego de la Calle Condarco, y en varias ocasiones también hemos m...encionado al famosísimo Pedro del Mar, notable cantor mudo del barrio de Villa Obrera e integrante de la barra poética.

Pero si nos limitáramos a estos célebres personajes estaríamos cometiendo una enorme injusticia. Lanús cobijó en su vientre a otros tantos músicos y cantantes que trataremos de ir glosando en esta crónica. 

Si bien los muchachos de la Barra Poética de la calle Ituzaingó eran de ir a los bailongos, no lo hacían movidos por placer de danzar (es justo decir que en esos menesteres tenían la gracia de un paquidermo con hemorroides), sino por la espiritual pulsión de levantarse a alguna mina. 

Sus gustos artísticos siempre giraban en torno a otras cuestiones: La música, la poesía, el debate filosófico, el pugilato multitudinario, las gambetas futbolísticas y el asado a la parrilla. 

Pero sin dudas en la música sus adhesiones eran amplias en cuanto al género, pero no así en cuanto a la calidad. Nuestros amigos, misteriosamente y no por demasiada cultura melómana, eran dueños de un paladar bastante refinado. A excepción, claro está, de aquellas ocasiones en las que juraban adorar a Julio Iglesias sólo porque la dama de turno se declaraba seguidora de aquel engendro hispano. Porque –digámoslo de una vez– en esas cuestiones nuestros amigos eran muy pragmáticos y guardaban ciertas similitudes con aquella gallina, tan distraída en su moral, que aprendió a nadar al sólo efecto de voltearse al pato.

Entusiasmado por los improvisados y etílicos recitales de sus amigos en el bar "El vómito", Heráclito D'Exceso, sin saber ejecutar ningún instrumento, llegó a fundar una academia de Música conocida con el nombre de "La pifiada". Para tal fin, convocó a su amigo y notable guitarrista Ferdinando Tifrier, uno de los cofrades de aquellas noches de bar, que ante la requisitoria de Heráclito no anduvo con demasiadas exigencias y sólo se limitó a decir: 

"Y… mientras haya minas …"

Aquella idea tuvo un efímero éxito. Durante los primeros meses, muchos alumnos se acercaron a la Academia en busca de aprender a tocar música.

Ferdinando era muy aplicado en las enseñanzas, muy meticuloso con las armonías, muy generoso a la hora de compartir sus conocimientos y muy poco disimulado a la hora de indagar en los escotes de sus alumnas.

Para colmo de males, el poeta Edmundo Morales (que cada tanto cantaba algo acompañado por su guitarra como pa'despuntar el vicio y robar algunos suspiros) también tenía su participación allí en una materia a la que pomposamente llamaron "Poética musical". Aquello mejoró el programa de enseñanza, pero profundizó –acaso por la complicidad de Edmundo- el ya reconocido espíritu lascivo de Ferdinando Tifrier. 

El escándalo no demoró en llegar. 

Ferdinando venía tirando sus dardos a una alumna bastante pícara (de la cual, por discreción y caballerosidad, sólo daremos sus iniciales: Laura García). 

La muchacha parecía condescender las insinuaciones de Ferdinando y también, para ser justos, aprendía con bastante rapidez las nociones musicales que se le impartían. Pero la mentada joven, en un examen sobre tango -tal vez demasiado contaminada por las indirectas del profesor y un tanto exacerbada por su propia libido en Estado de Asamblea- malinterpretó el pedido de Ferdinando cuando éste le dijo: 

"¡Tocame EL CHOCLO!"

De todas maneras el error dejó felices a ambos, pero no al resto de los alumnos, cuyos estómagos resfriados contaron en sus casas lo ocurrido en La Academia. 

Aquello pareció ser el principio de fin, porque sabían que de allí en más las madres no mandarían a sus hijas jamás a aquella escuela de música. Sin embargo, no fue tan malo. 

Las que empezaron a concurrir fueron las madres.

Pero con el tiempo algunos músicos, tal vez tentados por la concupiscencia del lugar, se fueron acercando a La Academia ofreciéndose como docentes. 

Inexorablemente, aquello terminó siendo un antro donde había más profesores que alumnos y donde se organizaba un recital cada dos horas y una sesión amatoria cada tres.

En la puerta del local hemos llegado a ver carteles tales como: "Jueves de Folclore y Tango; Viernes de Blues y Jazz; Sábados de Baladas y Orgías." 

Acaso, movidos por el temor a ser denunciados o tal vez tratando de captar adeptas menos laicas, una tarde comenzaron a poner el cartel "Domingos de Salmos y oración".

Extrañamente, aquello redobló el carácter orgiástico de aquel lugar.

Con el tiempo La Academia fue clausurada por la policía, ante la denuncia de que allí se ejercía el juego clandestino, uno de aquellos delitos que las autoridades no podían tolerar, al igual que el de fundar bibliotecas. 

Al menos La Academia encontró el final soñado por Heráclito, porque la clausura no fue sencilla debido a que el polígrafo y sus profesores resistieron a golpes de puño la irrupción de los arbitrarios funcionarios policiales, en una batahola que aún se recuerda con mucha emoción.

Sin embargo, la ulterior dispersión de aquellos músicos provocó la fundación de nuevas Academias. Y la tarea fue tan fructífera que no quedó casi ningún habitante de Lanús que no tocara instrumento alguno.

Era más frecuente toparse con un guitarrista que con un carpintero o un oficinista. 

La paradoja indica que el éxito de aquel emprendimiento fue la razón de su fracaso. Ya nadie necesitaba aprender lo que ya sabía.

Incluso, tal vez exagerando, se llegó a decir que cuando alguien organizaba un recital debían convocar al público entre los habitantes de vecinas localidades, porque es sabido que la vanidad de un músico le impide concurrir a recitales de colegas, al menos sin la intención de criticarlo despiadadamente y a sus espaldas.

A esa prédica de La Academia de música "La pifiada" le debemos la supernumeraria existencia de guitarristas, bandoneonistas, flautistas y manoseadores en general.

Tal vez por eso no hemos podido conseguir ningún lanusense para que nos ordenara los papeles de nuestra redacción y hemos tenido que contratar, para esos fines, a un vecino de Avellaneda.

Prometo que en otra ocasión les seguiré contando otras anécdotas, pero ahora me veo obligado a retirarme.

Acaba de ingresar una alumna pechugona deseosa de que le enseñe a tocar ¨A media luz¨.

Pintura: "Quinteto", de Emilio Pettoruti.

8 comentarios:

  1. Me sigue intrigando el tema del pato.

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    1. Era una gallina con gustos especiales, le gustó el pato. Cuando vea al cisne en el estanque, se arma la partuza.

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  2. "La paradoja indica que el éxito de aquel emprendimiento fue la razón de su fracaso. Ya nadie necesitaba aprender lo que ya sabía". Qué buena frase, y que buen texto, amigo Edu. Cómo crece este Atlas.

    Un abrazo

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    1. Es cierto! Crece! Y usted y su aliento tienen mucho que ver

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  3. La pifio con el negocio, ojalá no haya abandonado el oficio de hacer música.. Los envidiosos siempre te arruinan.
    Muy divertido, entretenido y creativo. Avanti Edu.

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  4. No hay como TOCAME EL CHOCLO suene bien a los oidos de una dama.

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    1. Salvo que esa dama ya venga tan predispuesta y esperando una invitación, que cualquier frase la haga subirse al bondi, adorada Ale!

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