2 de octubre de 2013

De putas, maracas y héroes

GONZALO LEÓN -.

Cristián era artesano, actor, poeta, pero más que nada un artista de la calle, que hasta hace unos años podía verse en el Barrio Lastarria. Una tarde caminaba junto a Víctor Hugo, cuando en la esquina de José Miguel de la Barra y Merced éste divisó a Cristián, quien lucía un terno impecable, colette, barba y bigote, y vendía poemas como el siguiente: “Déjame evocar los momentos vividos / de aquellos lejanos días en mi ciudad”. Víctor Hugo se abalanzó sobre él, gritando:

–¡Policía!

El multifacético poeta –quien me hizo recordar al legendario Homero de la Plaza Mulato– se asustó. Pese a un documento extendido por la municipalidad que lo autorizaba a vender sus poemas, la policía lo molestaba igual y, a veces, lo detenía. El poeta ahora recién ha alcanzado a ver quién es el “policía”.

–¡Víctor Hugo!

–Pensé que estabas muerto, huevón.

Ambos se abrazaron como dos viejos héroes, que luego de varias batallas se encuentran en un campo regado por la sangre. Algo así como San Martín y O’Higgins luego de la batalla de Maipú. El encuentro en todo caso era del todo improbable, según Víctor Hugo, pese a que se habían conocido en Coquimbo hace un par de años, cuando Víctor “Jugo” regentaba un prostíbulo y cuando Cristián, destrozado por el intento de suicidio de su hijo, vagaba por las calles sin rumbo fijo.

Cuando dejaron de preguntarse por sus respectivas vidas, no sé por qué ofrecí mi casa para continuar el reencuentro. Como motivado por un resorte, Cristián sacó un billete de mil.

–Un Tantehue de litro y medio en el Montserrat –dijo cual general.

Mientras caminábamos de regreso del supermercado, le pregunté a Cristián cómo era que se sabía el precio exacto del vino.

–Siempre compro lo mismo –contestó.

–¿Todos los días?

–Todos –dijo serio y luego agregó–: Lo uso para relajarme en el parque.

Ya en mi departamento, Cristián y Víctor “Jugo” se pusieron a tomar del botellón y a hablar muy fuerte, mientras yo me preguntaba si haber venido hasta acá había sido una buena idea.

–Oye León, pero toma algo, pues –alentó Cristián como dueño de casa y cogió mi vaso y me sirvió hasta el tope.

En ese instante y entre tanto recuerdo de los viejos amigos de Coquimbo, de las putas que manejaba Víctor Hugo –aunque quien en verdad las oficiaba de cabrona era su mujer–, de la tristeza que los unió aquella noche en el prostíbulo, ambos se pusieron a llorar y las paredes de mi departamento se empezaron a desplomar, como si fuesen la maqueta de algún arquitecto, y el interior ya no fue mi hogar, sino ese prostíbulo. Santiago, o la vista que tenía al cerro Santa Lucía, también cambió y ahora divisaba un mar negro, iluminado por guirnaldas de Pascua a lo lejos. Imaginé unas embarcaciones y arriba de ellas unos tripulantes a punto de partir al puerto, a ese prostíbulo que ahora era mi departamento. Tuve miedo, o quise escapar; a decir verdad no sé qué fue lo primero. De pronto escuché unos golpes en la puerta y fui a abrir. Era la mujer de Víctor Hugo y unas putitas jóvenes.

–La diferencia entre puta y maraca –explicaba la cabrona– es que las maracas no cobran. Putas somos nosotras, que tenemos sexo por dinero. Maracas hay muchas.

La imagen de la cabrona y las putitas jóvenes reemplazaron a la de Víctor Hugo y Cristián. Y por un segundo tuve la sensación de estar muerto, observando todo eso desde un lugar improbable como una silla o una pared, o quizá me había convertido en silla o pared. Yo podía ser cualquier cosa a esas alturas, incluso un planeta completo.

–Pero a la puta le gusta el sexo –prosiguió la cabrona, como si estuviera en una sala de clases impartiendo alguna materia–. Golpes no,… a no ser que sean acordados y que haya más plata. ¿Entendido?

Las muchachas en edad escolar acataron con la cabeza y luego desaparecieron de la habitación. Y con ellas las paredes de esa habitación volvieron a desplomarse y fueron reemplazadas por las de mi departamento. Volví a ver a Víctor “Jugo” y Cristián. Restregándome los ojos, comprobé que ya había amanecido. Ahora se pueden ir, pensé, y olvidar el maldito sueño por completo. Sin decir nada, les abrí la puerta y les dije adiós con la mano. Luego me avancé hacia mi cama y, cuando me tiré sobre la cama, descubrí que una de las putitas jóvenes la ocupaba.

-Te estaba esperando -dijo y, sin darme tiempo para "despertarme", preguntó-: ¿Sabe cuál es la diferencia entre una puta y una maraca?

Publicado en el blog del autor el 18/11/2010.

2 comentarios:

  1. erotismo del desconcierto... excelente crónica de León.

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  2. bien escrito y con un tono sincero que viene muy al caso

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