17 de octubre de 2013

Ne me quitte pas

PABLO MENDIETA PAZ -.

Han pasado más de cinco décadas desde que uno de los mayores exponentes de la chanson, el eterno Jacques Brel, diversamente inspirado en la Rapsodia número 2 de Liszt, y en su amante, Suzanne Gabriello, compusiera una de las canciones más hermosas de este género, considerada por la crítica como uno de los más bellos homenajes de amor que hubieran sido creados en el siglo XX.

Sin duda que mucha intimidad de corazón, mucha entraña, mucha entretela pudo haber tenido la creación de Ne me quittes pas (No me abandones), si a ella, su canción de amor más desgarradora y sublime, Brel le destinó años después calificativos tan ásperos y severos como decir que la melodía nació de alucinaciones que lindaban con un ominoso sentimentalismo y que fue el prototipo creativo de un cobarde y un imbécil; lo cual contradice el hecho de que una vez escrita la última nota –como embelesado consigo mismo por lo que había concebido- repitió la célebre frase sobre el amor de uno de sus más admirados como lo fue Fernando Pessoa: “Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?

La gente -sobre todos los que lo conocieron de cerca- opinaba que detrás de ese comentario tan despiadado con él mismo, se descubría la atormentada incompatibilidad a su deseo de libertad y al odio que manifestaba por la prudencia y los convencionalismos; y, sobre todo, porque quería esfumar de su vida la férrea educación católica que cargó sobre sus hombros, cuyos rigurosos valores de carácter irrenunciable, y por tanto de capital y dogmático acatamiento, originaron en él un mortificado sentimiento de culpa que lo perturbó por siempre, pues su existencia, como una veleta girando alocadamente en todas direcciones, se inclinaba a rechazar, no sin miedo y vaga rebeldía (aunque innegablemente profunda), aquella forma de vida impuesta desde su infancia, hasta finalmente extraviarse –ciertamente como lógica consecuencia- en una condición de esposo infiel y padre imperfecto, entre otras inconductas.

Fue así entonces que entre las cuatro paredes de una sombría habitación, armado de su guitarra, una copa de vino y cerveza en abundancia (La Bière), escribió, impregnado por el abundante humo del tabaco, Ne me quittes pas, con su corazón hecho un ovillo por el amor furtivo hacia una de sus tantas amantes, y de quien, como obstinado enamoradizo, pretendió en su momento empaparse hasta de su más menuda molécula de amor, como si en su vida no lo hubiera hallado –al amor- a raudales y en todas partes, sobre todo en su compañera de vida, Miche, a quien le dio estocadas de desesperanza y profundos duelos de corazón, ofuscado por una actitud existencial que nadie podría juzgar, pues vivió su propia e íntima vida, y esto no era más que vivir en desarmonía con lo rígidamente organizado.

Pero gracias a una de sus tantas amantes, Suzanne Gabriello, o Zizou, como él la llamaba, arrojó al mundo, como una lanza con punta sentimental, gigantescamente sentimental, su más acabada inspiración, que hoy, con nostalgia sin fin, escuchamos como susurro modelado con formas infinitas, como así pinceló el mundo –también a su manera y sublevado a lo “normal”- Paul Gauguin, de quien Jacques Brel yace a unos metros de su tumba en la Polinesia levantando sospechas de arcano casualismo.

Se dice que su rechazo hacia lo religioso, su rebeldía a lo establecido, su odio a la burguesía, tenían como raíz un horrendo descubrimiento de niño: la relación extramatrimonial de su madre con un párroco. Si así hubiera sido, ¿habría recibido las dádivas del cielo para expresarse con la belleza de su música y poesía? ¿Habría retratado la delicadeza de los paisajes de Flandes, de su Bélgica soñada (Amsterdam), del mar del Norte, y hacer que hasta el propio mar Mediterráneo, acompañado por el cielo gris y la lluvia perpetua se sintieran conmovidos y melancólicos al escuchar Le plat pays? “Por su alma desgarrada, es posible” -sentenció cierta vez Edith Piaf.

Pero en fin, aparte de cualquier juicio que uno pudiera formarse, de pretender desentrañar el misterio que anidaba en lo más inabordable del artista, o de conjeturar acerca de su visión del mundo, sólo una cosa cabe: acentuar la inmensa facultad creadora de Jacques Brel, capaz de rendir el más perfecto tributo al amor:Ne me quittes pas, himno que hoy, como sin duda será siempre, lo oímos más fuerte que nunca.

2 comentarios:

  1. Diseccionando el alma de la música con una prodigiosa narrativa. Es un gusto leerte, estimado Pablo.

    Un abrazo cordial

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  2. Julianita24/10/13

    Muy bueno, me gustó leerlo. Saludos y regresaré en su proxima entrada de blog.

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