27 de diciembre de 2013

Las montañas

Pablo Cingolani

Si pudiera elevarlas con mis manos y volverlas fogón en las esquinas y las plazas
Si pudiera derramar sobre el mundo toda la gracia con la que cautivan mis ojos cada día
Lo haría o al menos lo intentaría para que cambiemos el concepto de abrupto
Y festejemos toda la nieve y toda la magia que atesoran y amparan

Si pudiera inocularlas como hiedra en el corazón de los banqueros y las ostras
Si pudiera proclamar la gala de saberlas vivas, más vivas que semáforos o lap-tops
Empeñaría una vida o tres, mi vida y esas dos vidas más que quisiera vivir de yapa
Y andaría por ahí con ustedes de parranda, bebiéndonos todo el viento y cada ocaso

Porque no hay nada más parecido a un espejo que una montaña
Por vos se han escrito las canciones más tristes pero también las más felices
Porque en tu soledad, vibra el absoluto y en el medio del desierto, el deseo

Y sin deseo, oh vida, ¿qué cosa seríamos? ¿Resistiríamos la tempestad?
Calibán anda acechando y, a la vez, repartiendo cielos que huelen a glaciar
En cada ventisquero hay una verdad tatuada y ceremonias y abismos colmados de libertad.

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