3 de abril de 2014

Los libros de la guerra

GONZALO LEÓN -.

Cuando Walt Whitman publicó Redobles de tambor en 1865, el escritor Henry James publicó un artículo en donde analizaba el propósito de este libro como la celebración de “la grandeza de nuestros ejércitos” y como propósito secundario celebrar “la grandeza de la ciudad de Nueva York”, pero donde James resultó más duro fue cuando escribió que “para cantar correctamente nuestras batallas y nuestras glorias no es suficiente haber servido en un hospital (por encomiable que sea la tarea en sí), ser agresivamente descuidado, inelegante e ignorante, y estar constantemente preocupado por uno mismo”. No es fácil escribir teniendo la guerra como pretexto, motivo, escenario o metáfora, ya que es algo que se ha escrito bastante, desde La Ilíada. De ahí que la aparición de dos títulos: Los bosnios, de Velibor Colic, y Yo, el más inteligente de Facebook, de Aboud Saeed, sean tan dispares y difíciles de abordar.

Los bosnios es un libro estructurada en cuatro capítulos, de las cuales sólo uno (las ciudades) se salva del lugar común de la guerra, de la repetición de la fórmula narrativa, de la incapacidad para separarse de la experiencia personal y aferrarse a un yo tan heroico como superficial. Cuesta creer que la excepción confirme la regla de un escritor que no sabe narrar, emocionar o reflexionar, porque entre otros méritos Colic cuenta con la publicación de su último libro (Sarajevo ómnibus) por la prestigiosa editorial Gallimard. Pero definitivamente el primer capítulo de Los bosnios, el más extenso, es tan mediocre que hace dudar de que estemos frente a un escritor con una obra iniciada hace veinte años; aquí los serbios son los victimarios, los bosnios las víctimas y los croatas algo entre medio. Tampoco es novedosa la crueldad de una guerra como la que desmembró a Yugoslavia en 1992; después de Auschwitz hay que saber narrar las atrocidades para que conmuevan o hagan pensar.

La forma en que se presentan los microrrelatos de dos de estos capítulos es predecible, porque su resolución siempre está en el mismo lugar de la narración. Pero hay algo más cuestionable, y eso es el intento de ponerle nombre a las víctimas que en las guerras siempre son anónimas; así desfilan “Ziga, el acordeonista”, “Hazim, alias el Lagarto”, “Uta el Lobo, también apodado el Garrulo”, “Milijana, la mujer del tanque”, todos estos personajes, inspirados sin duda en personas que vivieron y murieron durante el conflicto, son caricaturizados, reducidos al apodo, y la frase de Henry James (“para cantar correctamente nuestras batallas y nuestras glorias no es suficiente haber servido en un hospital”) cobra una relevancia que aquí habría que analizar; porque el autor participó como soldado, y hay una diferencia sustancial entre ser camillero, como Whitman, o corresponsal de guerra, como Hemingway, y soldado. Sin embargo Colic plantea su participación como soldado como algo casual. Casualidad que se mantiene cuando decide desertar; es decir por qué se enrola y por qué deserta es una interrogante, que supuestamente contestan las atrocidades de la guerra que narra. Y ahí se vuelve al comienzo: bueno, pero por qué se enrola.

En cambio, en Yo, el más inteligente de Facebook, de Aboud Saeed, la guerra aparece como un susurro, como algo que lentamente uno se va dando cuenta de que está pasando, y es que la guerra es eso, un susurro que para los que la sufren se convierte en grito. Y así es como este joven de Facebook, porque la cuenta de este sirio aún existe y tiene, por así decirlo, vida propia, va mezclando reflexiones sobre la vida cotidiana (delirantes conversaciones con su madre) con su trabajo en el taller mecánico, sus pretensiones artísticas (aquí no hay un escritor profesional hablando, sino alguien que susurra), su afán de tener novia o muchas novias, y desde luego la guerra. Todos los posteos tienen fecha y hora, como cualquier cuenta Facebook. En uno de ellos escribe: “A pesar de la guerra civil /Esta mañana intentaré convencer a mi madre de que ella es drusa /En la mañana subsiguiente intentaré convencerla de que es curda /Luego le haré creer que no somos sunitas. Que nuestros estúpidos antepasados nos engañaron porque en realidad somos alauitas /Y en una noche de tormenta le diré que en realidad somos judíos”. Y en otro: “Mi amiga dice: la revolución es algo fantástico; me pregunto por qué tiene que pasar aquí y no en la China o en la televisión”.

Resulta evidente que Aboud Saeed se valió de una red social como Facebook para compartir desde dentro lo que era una guerra, valiéndose de los códigos de ella. La guerra como un espectáculo, pero no a través de la televisión, sino por una cuenta de Facebook, es decir desde lo microscópico hasta esa realidad tan inmensa y grotesca que es la guerra. No es necesario ser soldado, camillero o corresponsal de guerra, para participar de ella y contarla, parece decir Saeed. Son los nuevos tiempos. Saeed es informante y ciudadano. Y los ciudadanos o los civiles son mayoría en cualquier conflicto bélico.

Fogwill también participó de la guerra como ciudadano y escribió una magnífica novela inspirada en Malvinas. Más de cincuenta años antes, Ernest Hemingway era herido cerca de la ingle por un mortero en la pierna durante la Primera Guerra Mundial. Como consecuencia de ello fue internado en un hospital, donde conoce a la enfermera Agnes von Kurowsky. Fruto de esta relación nacería la novela Adiós a las armas. En esto punto vale la pena volver al comienzo y citar unos versos de Whitman: “No me cerréis las puertas, orgullosas bibliotecas, /Pues lo que os faltaba a todas, y más necesitabais, traigo: /Un libro he hecho por vosotros, oh soldados”.

Publicado en el suplemento Cultura de diario Perfil, y en el blog del autor (16/03/2014)

1 comentario:

  1. La roja insignia del valor, de Stephen Crane. Horizontes incendiados, de Gustavo Adolfo Otero. Intentaré recordar otras obras.
    Saludos cordiales, estimado Gonzalo.

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