23 de mayo de 2014

El suspenso

ENCARNA MORÍN -.

"¡Hasta el moño! de ser una superwoman" es el título de un libro escrito por Michèle Fitoussi que estuvo en mis manos allá por el año 89. La autora, una periodista francesa de 34 años, hace un recorrido algo irónico por la vida de una mujer tipo: ocupa un trabajo de responsabilidad, tiene una familia y es madre, ha de ser una buena profesional y dar la talla, al tiempo que necesita estar al tanto del contenido de su nevera, de las actividades de sus hijos, de mantenerse esbelta… “la superwoman -en palabras de la escritora- no tiene un amante, no porque tenga un alto sentido de la moral ¡sino porque quiere evitarse otra maratón!”

Aquella mujer de entonces andará como yo ahora, rondando los sesenta (cincuenta y ocho para ser exactos). Nuestros problemas actuales son otros. No sabemos cómo hemos logrado llegar indemnes hasta aquí conservando nuestros puestos de trabajo y la talla cuarenta y dos de pantalón. Seguimos siendo buenas profesionales, aunque toda la vida nos haya tocado “demostrar algo” ya que no se nos ha dado por supuesto. Por empezar, procedemos de un sistema educativo que no nos ha ayudado a confiar en nosotras mismas ni tampoco en las otras mujeres.

Hemos pasado la etapa de la varicela y el sarampión, nuestros hijos se convirtieron en adolescentes e incluso en adultos y hasta en nuestras vidas han hecho su aparición los nietos. Personalmente me pregunto cómo logré llegar tan lejos sin perecer en el intento. No reconozco las arrugas que poco a poco se han instalado en mi cara, y mucho menos me termino de acostumbrar a que la gente me trate de “usted”.

Lo que sí mantengo intacta es mi innata rebeldía, esa que me ha llevado a luchar de forma pacífica por un mundo mejor. Sigo siendo aquella chica idealista capaz de luchar contra molinos de viento o de ir a la cabeza de una manifestación.

A menudo las preocupaciones me abordan a las tres o cuatro de la mañana, y es entonces cuando empiezo a ser consciente de que tengo que parar. A las siete debería sonar el reloj, aunque yo le evito ese trabajo y me anticipo, despertándome quince minutos antes. Puedo impartir una clase amena y divertida, acudir a una reunión con el inspector de zona para tratar temas educativos, debo supervisar la comida que nos sirve el catering en el comedor escolar, redactar escritos a la administración y circulares a las familias. Puedo abrazar a los niños por los pasillos y hablar un rato con aquel que siempre busca que le expulsen de la clase. Además soy capaz de hacer el pregón de las fiestas del barrio porque me lo han pedido los vecinos, de supervisar mi propio trabajo, llevar mi coche al taller, acudir al instituto para entrevistarme con la profesora de mi hijo. Y nada de eso me libra de cocinar, lavar los platos, hacer la limpieza, planchar la ropa, ir al supermercado… o sea, que veinticinco años más tarde sigo siendo una superwoman con la capa hecha jirones.

Trabajar en una escuela y poder tomar decisiones en ella me ayuda a sentir que mi esfuerzo contribuye mejorar la humanidad. Tengo la oportunidad de ayudar a que los niños y niñas crezcan en un entorno seguro y sean respetados. Puedo apoyar a muchas familias y compartir con ellos sus buenos o malos momentos.

Mi escuela no es una escuela cualquiera, porque en aquel entorno nos hemos juntado un grupo de docentes que aspiramos a disfrutar con nuestro trabajo, a compensar las desigualdades de la vida, a educar en el amplio sentido de la palabra. Remamos todos en la misma dirección. No importa que haya que hacer alguna hora extra para dar una clase de refuerzo por la tarde, e incluso madrugar un poco a la mañana para recoger a los niños cuyos padres tienen una jornada de trabajo bien temprana y muy mal pagada.

Y hoy hemos tenido un suspenso. La administración educativa ha hecho una convocatoria de Proyectos de Innovación. Así que rascando bajo las piedras y sacando horas del descanso, hemos plasmado en palabras lo que hacemos y lo que proyectamos hacer. El premio era contar con un docente más por un año. Pusimos mucha ilusión en elaborar ese proyecto, para el que ya contábamos con varias condiciones previas: somos pobres de solemnidad, estamos embarcados en varios proyectos de mejora, participamos de la formación permanente y acogemos a alumnado en prácticas de la universidad. Computamos con ello el cuarenta por ciento de los puntos y el sesenta restante vendría del contenido de nuestro proyecto que, modestia aparte, está bastante digno.

Y después de una larga espera, ayer salió la lista de “seleccionados” y allí no estábamos. Nos hemos quedado el cincuenta por ciento de los solicitantes con tres palmos de narices. Sin nota, sin decir cuántos puntos conseguimos. Sin una palmadita en la espalda y sin darnos ni siquiera las gracias. Un golpe bajo como este no me lo esperaba, pero aprendiendo de cada experiencia, ahora he revivido lo que es la competitividad injusta y arbitraria del sistema educativo. Y me he sentido mal, muy mal. Tan mal como se sienten los alumnos y nuestros hijos. A nadie le gusta que digan que no vale.

Ya no sólo nos toca competir de forma desleal con el colegio religioso de la zona, financiado con fondos públicos. Ahora pretenden que compitamos entre nosotros. 

Como política educativa, es totalmente desacertada y deplorable, de una mirada muy corta y carente de visión de futuro.

En lo que a mí respecta, han logrado que por primera vez en la vida me plantee seriamente colgar mi capa. Es la única ocasión en la que he pensado tirar la toalla. 

En noviembre de 2015 cumpliré los sesenta, y pese a que creía que este momento estaba muy lejano, no lo estaba tanto. Para entonces tendré a mi espalda casi cuarenta años de trabajo muy productivo. No me he hecho rica, pero me he sentido muy bien al apoyar y ayudar a los niños y las personas jóvenes. He sido feliz. Pensaba hasta ayer que encontrándome en mi mejor momento profesional, no debía jubilarme por ahora. Pero este suspenso ha podido conmigo, lo admito abiertamente. No tengo la fuerza de la juventud para luchar contra molinos de viento. Me siento humillada, por un grupo político o técnico, da lo mismo, formado por “expertos” que desconocen algunos de ellos lo que es trabajar a pie de obra. 

Sé que lo que digo no es políticamente correcto, pero mis trienios de superwoman me dan ese derecho. Han jugado con mi esfuerzo y el de mis compañeros, sin que haya habido transparencia y claridad en el proceso de baremación. Sin derecho a reclamar la nota, que es lo menos.

Anoche eran casi las doce y estaba rumiando mi propia derrota cuando algo me ha hecho recuperar la esperanza. Las palabras de Iván, uno de los padres del grupo de parentalidad positiva que dinamizo los lunes. Me ha enviado uno de sus relatos por correo electrónico tal y como le he pedido, y termina con estas frases que me han emocionado:

“Le agradezco el tiempo que está con nosotros. He aprendido desde el primer minuto que usted habló. Nos dijo que los malos resultados de los niños en el colegio eran el síntoma, y que había que buscar el problema, y no lo había visto desde ese punto de vista. Me hizo pensar. 

Bueno, no la molesto más, la veo el lunes.

Un saludo, Encarna.”

Finalmente he logrado reconciliarme con el mundo antes de irme a dormir. Esta mañana me ha despertado la alarma por primera vez en mucho tiempo.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

6 comentarios:

  1. Anónimo23/5/14

    ¿Qué rápido que han hecho el "baremo"... o el "veremo"... ¿o es que ya estaba hecho de antemano? Y así... sin explicar el cómo ni el cuando.. y mucho menos el "Porqué".
    Sí, es para aplastarle el ánimo al más pintado, tenga o no tenga toda tu experiencia y dedicación a los niños.
    Y sigo creyendo que tu trabajo y entrega deben continuar porque es la única forma válida de poder hacer el Cambio de Conciencia que esta sociedad... este mundo lo necesita para dejar de existir en esta demencia colectiva y pasar a otra manera de ver la vida y vivirla con otros "baremos" en donde predominen los valores de Paz, Amor, Justicia, Equidad.
    Seguir poniendo esperanzas en mejorar este sistema de corrupción y competitividad ya no lleva a ningún lado.
    El trabajo que realizan día a día en el colegio es encomiable, y sus frutos se verán a corto plazo.
    Descansa y encaja el golpe que aún hay camino que recorrer, y estoy seguro que valdrá la pena el esfuerzo.
    Willermo




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  2. Anónimo23/5/14

    Simplemente gracias por estar siempre ahi.....para ti no es una derrota solo una batalla perdida tu vas a estar ahi hasta final de la guerra....tu antigua presidenta del ampa

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    1. Y por encima de todo, mi amiga Noelia. un abrazo. Sin tu apoyo habría sido todo mucho más complicado.

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  3. Anónimo24/5/14

    No permitas que la "valoración y puntuación" de personas cuyo perfil y modo de trabajar es estar sentado en un despacho y ejercer como robotizadas máquinas el "ordenamiento" impuesto según qué normas , cumplimentando la madeja de la burocracia al margen del conocimiento y laborioso trabajo de personas y equipos educativos como el que tú llevas a cabo en el colegio público Batería de San Juan. Uds, son la avanzadilla en defensa de una escuela pública con calidad. Los que te conocemos y sabemos de tu integridad profesional y tu lucha por la calidad educativa no podemos más que decir: No te rindas. Tu trabajo tiene un valor añadido que jamás ellos podrán borrar de la mente de los que han trabajado conjuntamente contigo. Necios y burócratas que su único mérito es poner una firma en un papel. (Artemi. San Juan).

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  4. Sigue en la lucha compañera, que, como dice nuestro compañero Tony Agudo, "El descanso del guerrero/a es la tumba".
    Pues ya yo aviso, se van a joder porque no me voy a dejar enterrar, Estaré en alas del viento, recorriendo mis islas, librando otras batallas".
    Besos.

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    1. Te acompaño amiga Mari Mar. Abrazos.

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