17 de noviembre de 2014

El Triángulo de las Bermudas lanusense

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

La calle Ituzaingo, entre sus alturas del 3100 y el 3300, solía ser una especie de puerta dimensional en el ánimo de los más arremetedores personajes lanusenses. 

Se cuenta que quienes transitaran por aquellas veredas se jugaban el destino a cada paso. Según las baldosas desvencijadas que pisara el transeúnte, el sino podía ser trágico o – en la minoría de los casos – venturoso.

Algunos aseguran que la dotación femenina de la zona era también pródiga en pechos exuberantes y piernas perniciosas a fines de - cual sirenas de Ulises - tentar a los caminantes y llevarlos a la inexorable perdición 

La forma de aquella calle nada tenía de triangular y no denunciaba ni un mínimo parentesco con el Atlántico de América de Norte, pero algún pelafustán entrometido decidió, de puro arbitrario nomás, bautizar a ese retazo de ciudad como ¨El triángulo de las bermudas¨. Detractores banfileños denunciaban que la aceptación de este bautismo ponía en evidencia la ignorancia de los habitantes de Lanús en materia de geometría y también de geografía.

Allí todo podía ocurrir. Incluso algunas personas sufrían mutaciones inexplicables. Tal es el caso del quinielero Juan Domingo Mosquera, notorio militante peronista de la calle Ituzaingo al 3300, que una mañana despertó siendo un acérrimo defensor del radicalismo irigoyenista.

Maciel, afamado hechicero de la zona, supo indagar sobre algunos de estos misterios en su libro Esa calle de mierda:

¨Todos conocen la historia de Mauricio Aguerre. Una tarde vino desde sus previsibles pagos de Vicente López a visitar a unos parientes de Lanús ( al parecer, una tía ). Fiel a sus buenos modales se ofreció para ir hasta la panadería más cercana a comprar unas facturas que acompañaran el consuetudinario mate de la tarde. Fue así que salió de la casa de su tía y tomó Ituzaingo con la intención de llegar hasta la calle Pico y doblar hacia la derecha para emprender los últimos cien metros hasta la panadería ¨El Halcón¨. 
Pero nunca llegó a Pico.
Se cuenta que a mitad de cuadra se topó con una densa neblina ( que apenas cubría un tercio de la cuadra ) que lo abrazó y de la cual -según los ocasionales testigos - jamás logró emerger.
Sin embargo, Mauricio salió de aquella neblina en las cercanías de la estación Monte Chingolo ( a unas 25 cuadras de allí ), donde fue oportuna y tradicionalmente sodomizado por los nativos del lugar¨

En otro fragmento del Libro de Maciel nos topamos con la historia de Rudibio Echenausi (cuyo nombre ya era en sí una maldición paterna)

¨Rudibio se enamoró de Karina, la rubiecita pechugona de la calle Posadas. Cada tarde se bajaba del colectivo en Centenario e Ituzaingo y caminaba esas dos cuadras con el entusiasmo de quien va al encuentro de la dicha misma. Pero la mefistofélica calle no soporta las historias venturosas.
Una tarde puso en el camino de Rudibio a Andreíta, una bella muchacha de la calle Ituzaingo, dueña de una sonrisa pícaramente angelical, de una voz tierna y conmovedora y - los más importante – portadora de un culo poéticamente infernal. 
Quiso el destino que, fatalmente, Rudibio se enamorara también de Andreíta.
El resto es previsible. Rudibio dejó a Karina, quien se sumergió en la pena trágica, y una semana después Andreíta dejó a Rudibio para irse con Alberto, un diariero de la calle Tucumán que acababa de enamorarse de otra piba de la zona.
Se dice que todos envejecieron sin amores.
Claramente, conviene no enamorarse en la calle Ituzaingo. O mejor aún: conviene no enamorarse nunca¨

Pero más allá de las delirantes elucubraciones de Maciel, muchos habitantes de la zona mencionan que algo extraño sucede en aquella calle.

El poeta Edmundo Morales, quien vivía en esas cuadras mentadas, también nos deja entrever algo misterioso a través de su poesía:

¨Oh, Vereda de impar numeración!
Me has dado más pesares que alegrías!
¡ Ay, Vereda par del corazón…
…¿ por qué le das dolor al alma mía? ¨

Dicen que, ante la duda, los más especuladores preferían ir por el medio de la calle a fines de contrarrestar cualquier influjo de las maléficas aceras. 

Sin embargo, la oportuna muerte del pelado Antonelli (atropellado por un camión de garrafas) supo ser una didáctica manera de desmentir aquella talismánica estrategia.

No obstante, más allá de cualquier peligro, los muchachos de la Barra Poética preferían recorrer aquellas veredas. Creían (o querían creer) que el premio de tal vez encontrar al amor de sus vidas acaso fuera mucho más importante que cualquiera de los precios que debieran pagar por ello. 

Pero la mala fama de aquellas cuadras también servían de adorables excusas justificativas para cornudos como el Dr. Guampetti (que perdonaba a su esposa atribuyendo la moral licenciosa de su cónyuge a los perversos influjos de las autoridades infernales de la zona) y para los funcionarios policiales de la comisaría Octava, que preferían justificar el incremento de la criminalidad a través de los místicos argumentos de la calle Ituzaingo y no mediante una severa autocrítica a su proverbial ineficacia.

Sea como fuere, esas dos cuadras siguen existiendo. 

Y también sus misterios, sus mujeres pechugonas y las piernas perniciosas.

4 comentarios:

  1. Pobre Doctor Guampetti. Será un cornudo por los siglos de los siglos gracias al Desmemoriado Atlas.

    Muy buen capítulo, amigo Edu.

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  2. Ma´que pobre! Se lo merece!

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  3. Me cuidaré de este lugar cuando vaya por Lanús.

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