14 de septiembre de 2014

Piedra al sol

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Esta semana, de manera indistinta, se recuerdan hechos de un pasado cada vez más remoto.

El inicio de la construcción de las murallas. San Pedro Claver. La carta de los derechos humanos.

En su origen constituyeron acciones precisas y diferentes. La fortaleza militar para proteger a la ciudad-puerto de los saqueos de la piratería. La evangelización unida a un ejercicio de reprimendas y compasión. Las reglas de reconocimiento de lo humano como un espacio de dignidad y respeto.

Tres testimonios de los seres humanos que atraviesan la espesura de los tiempos y permanecen enriqueciendo su sentido y poco a poco instalándose en la conciencia de las mujeres y los hombres.

Las murallas fueron el lugar de la guerra. Desde sus almenas se oteaba el mar, su antigua piel erizada de olas, rollos de espuma, ballenas, peces espada, y el peligro de las embarcaciones de los piratas. Este designio defensivo se sobrepuso y ocultó el portento de su construcción y la tragedia de sus trabajadores. Los niños de Cartagena de Indias compartíamos la historia de cómo la piedra había sido pegada con sangre de los esclavos negros. Algunos fuimos, en noche de luna llena, a ver manar las fuentes de sangre que brotaban de las junturas.

La doble circunstancia de espléndida arquitectura militar y cruel acabamiento humano, tuvieron años de quieta indiferencia, por la pobreza tremenda en que quedó la llave de las indias después de la independencia. Encima de las murallas estuvo una especie de obelisco, monumento a la bandera, y los arbustos, malezas y basuras, recorridos por ratas flacas.

Se convirtieron en lugar donde organizábamos fogatas para festejar el final del año escolar, y sitio preferido de los enamorados que después de mirar en silencio cómo se hundían las luces en el horizonte del mar, buscaban una guarida protectora de las urgencias de tantas caricias.

Eran tiempos locos donde subían carros por la rampa de las bóvedas. Tan fuerte era el fragor del amor que las gentes no decían: los sorprendí besándose, sino, estaban martillándose. Dura lengua que busca el golpe.

No hay que mencionar, en una comunidad que todavía carecía de la vivencia y concepto de lo público, como las murallas resolvieron las necesidades del cuerpo ante la ausencia de baños públicos.

El conocimiento del pasado, si acaso es pasado, el rigor con el cual se escarba y muestra, ha permitido la inocencia de las leyendas y el aprecio por un invaluable testigo que muestra una estación de lo que fuimos.

Hace años la procesión para conmemorar al santo Claver era tumultuosa. Colegios, obreros y devotos recorrían las callejas de adoquines y aguas negras. Alguna vez, el jesuita Vicente Durán, me preguntó por qué las comunidades de las cuales el santo de declaró esclavo, no lo acogían con fervor.

Aún no sé.

Fotografía: Cartagena de Indias, Colombia.

2 comentarios:

  1. Interesantisima su columna, como siempre! Saludos

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  2. El fuerte de San Felipe y el de San Fernando, Claver, maravillas españolas en Colombia de una época valiente

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