28 de enero de 2015

Vampiros, brucolacos, santos y artistas

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Caminando por Buenos Aires, 1984, entramos a una tienda de libros viejos. Las horas juntaron ejemplares magníficos: Drieu La Rochelle, Petrus Borel, William Blake, Paul Léautaud. En un pequeño tomo escondido reconozco la mano de Hermenegildo Sabat en la cubierta, quizá un murciélago, surreal, en rojo y negro: "De vampiros, brujas y brucolacos", por Charles Nodier.

Brucolacos son también vampiros con sutiles diferencias que aún no alcanzo a comprender. Hay incubus, espíritus malignos que penetran en los cuerpos cuando uno duerme para engarzarse allí; también succubus, demonios que asumen forma femenina para copular con hombres dormidos; ambas formas implican la posesión del mal.

Los vampiros, seres que se alimentan de la sangre de otros, remontan su leyenda hasta Asiria y Babilonia. Los hubo y hay en China, en Grecia; Nodier sitúa su origen en Hungría aunque son más comunes en las zonas montañosas de los Cárpatos, sobre todo en Moravia, Rutenia y Transilvania; en Prusia Oriental. Vampiros pueden considerarse los espectros que moran en el alto páramo boliviano e incluso las nuevas formas de extraños monstruos que atacan ovejas en la isla Borinquén.

Parte de la historia de la religión cristiana se centra en erradicar la mitología pagana. La ironía de la iglesia católica en relación al vampirismo está en que aquello que pretende combatir, los muertos vivos, se incluye en su propia mitología. Los cuerpos incorruptos de los santos tienen similaridad con los que enterrados permanecen latentes esperando el momento para dejar sus rincones y alimentarse con vidas ajenas. Viene a ser un problema, tal vez un drama, teológico a la vez que metafísico, esto de diferenciar unos de otros, de decidir quién viene a resultar santo y cuándo vampiro. Detalle que explica algo del cisma de la iglesia ortodoxa. En Europa del este, incluso en nuestro siglo veintiuno, la existencia de vampiros impide a los ortodoxos apoyar la presencia santa de cuerpos que no se pudren porque eso significaría aceptar la idea de la posibilidad o la certeza del vampiro como presencia real.

Se asocia al príncipe valaco Vlad Tepes con la figura del vampiro. La importante presencia histórica de este soberano (de acuerdo a estudios de Radu Florescu) se diluye ante el relato de sus atrocidades, gracias en buena parte a la imaginación del novelista Bram Stoker que inventó y romantizó un fantasma de la noche. Ya en el siglo XX y con la aparición del cinematógrafo creció en popularidad. Se hizo mal cine de vampiros así como obras maestras. El "Nosferatu" de 1922 de Murnau y su homónimo de Herzog (1979) muestran la larga tradición germánica en relación al tema. La aparición de la palabra "vampiro" en inglés se debe a textos alemanes del siglo XVIII aunque se los menciona en escritos ingleses de inicios del primer milenio. Hoy se sospecha vampirismo en Max Schreck, el actor del primer "Nosferatu". En 1932 Carl Theodor Dreyer hizo "Vampyr", una soberbia producción basada en una novela de Sheridan Le Fanu.

Aparentemente "vampiro" deriva de la palabra "upir" que en un documento de 1047 hace referencia a un malsano príncipe ruso como "Upir Lichy" o (el) vampiro perverso, el perverso vampiro.

02/02/04
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), febrero, 2004
Imagen: Brucolaco

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