29 de abril de 2015

Historia del arriero Benicio Marmolejo

PABLO CINGOLANI -.

Benicio Braulio Marmolejo Quispe: la historia ya lo olvidó pero yo no. Benicio fue un arriero singular, letrado y por ello, escéptico. Ballivián, tras vencer en los pedregales de Ingavi, se trajo la gloria hasta Tahuapalca, su refugio al pie del Illimani, la montaña mágica. Una noche de guitarras y macerados de chirimoya, el general jinete, forjador de patrias y putañero célebre, compartía sus piscos y contaba sus hazañas a un grupo de lugareños. Las resacas de las victorias, en el campo, duran semanas, acaso meses. Fue así que Ballivián, dueño de tácticas y estrategias, le enseñó a Benicio, dos cosas que llevaría con él siempre en sus alforjas: le enseñó a leer y también le enseñó a mover las piezas del ajedrez.

Marmolejo Quispe no tuvo parte jamás en batalla alguna. Se jactaba que con jugarlas en el tablero, le alcanzaba. Si alguien se burlaba de él, de su hombría, sacaba alguno de sus libros –que mezclaba con cacao o incienso u oro de Larecaja- y señalando cualquiera de sus páginas, sentenciaba, murando fijo: está escrito aquí que el más valiente de todos los hombres sólo anhela paz y no guerra. Y enmudecía a la audiencia mientras guardaba el mágico artefacto y se armaba una chala con el tabaco más aromático de todos: el de Sopachuy, el que mercaba su tío Eulogio, también arriero, también de Mecapaca.

Benicio Marmolejo Quispe había nacido en el pueblo de Mecapaca con el siglo, con las revueltas, con los ahorcamientos, con la guerra que lo arrasaba todo. Jovenzuelo, tuvo amores clandestinos bajo un sauce con la sobrina de Simona, la más brava, la más temible dama, amazona, guerrera de su comarca, y por esos azares y circunstancias, tuvo que huir de su furia, tras embarazar a la niña Flora. Su padre le regaló una mula negra y un poncho de Ayo-Ayo –que cuando se emborrachaba, juraba que había vestido al mismísimo Julián Apasa- y lo acompañó hasta el crucero, noche cerrada.

Don Luciano lo despidió diciendo: Benicio, ya eres un hombre. Sigue los pasos de Eulogio, tu pariente andariego. Hacia allá, hacia arriba, queda la ciudad, queda La Paz. Allí no hay nada más que disturbios y motines, sables y campanas, demasiadas tabernas y demasiado hambre. Hacia allá –y su brazo señalaba la oscuridad insomne de la nada-, hacia abajo, el río te llevará a nuevos mundos, a mundos desconocidos. Si yo fuera tú, iría y los buscaría.

Benicio lo abrazó mientras el viejo le entregaba una botella de majuelo y dos panes enmohecidos pero saboreados por el cariño. Benicio caminó toda la noche, y cuarenta noches más, y un día llegó hasta a ese otro mundo que le prometió su padre: el que los mapas antiguos indicaban como la Cordillera de los Mosetenes. Doce años estuvo con las tribus. Ellos le enseñaron muchas cosas: a enrumbar tapires, a fumar y a mirar en la noche y a leer el destino en caracoles y plumas de tucanes. En suma, le enseñaron también dos cosas: le enseñaron a cazar y le enseñaron la magia. Le enseñaron casi todo, el general Ballivián le enseñaría el resto mientras comían cuyes bien tostados y tomaban chicha para curar los malos presentimientos.

Benicio Braulio Marmolejo Quispe y el héroe de la batalla de Ingavi se hicieron compadres. Volviendo de Tacna, trayendo un piano que pensaba cambiar por seiscientas chivas, a la altura de la posta de Pucarani, un chasqui militar le dio alcance para comunicarle que su compadre el presidente de la república quería verlo. Benicio bajó pensativo hasta la hoyada. Ya en el palacio, los hombres se abrazaron y Ballivián mandó servir unos picantes de gallina tan deliciosos como las piernas de una ñusta de Coati. Al lado de Ballivián, estaba sentado su canciller –un hombre hosco, que padecía algún mal secreto-, y al lado del canciller, estaba comiendo otro hombre, ameno y lleno de entusiasmo. El general ajedrecista lo presentó así: Benicio, míralo bien, este es Palacios, un buen boliviano, al cual le he impuse un supremo encargo. Te pido que lo acompañes. Guíalo por esos sitios que sólo tú conoces de memoria, preséntale a los caciques, déjalo amigo y luego si quieres te haces escaso y te vuelves. Si vienes por aquí, eso sí, no te olvides de traerme esos ungüentos de víbora que tanto curan y hacen los bárbaros. Palacios se despidió de Ballivián con emoción sincera y le juró, en el último brindis, que no lo dude, mi general, tendrá su Beni.

Días después, Palacios, Benicio, un pelotón de indios asustados y setenta mulas cargando chalona, sidra, sal, brújulas y esparadrapos, partieron rumbo al norte desde la posta de Caiconi, mientras unos músicos les deseaban buen viaje con unas cuecas. Sesenta y ocho días después, tras cruzar tres cordilleras, arribaron a Sapecho, donde los frailes que unos años atrás se habían enseñoreado allí. Benicio, como flecha, se internó en el monte lujurioso y no descansó hasta encontrar a Munay, el chamán de los Mosetenes.

Munay estaba más gastado, más arruinado, o así lo veía Benicio a la luz de la fogata del campamento que levantaron a orillas del río Bopi. Tres tristes tigres tuve que vencer, Benicio. Las palabras de Munay dolían. Los curas los asustan y los matan y los bichos se han cebado y se han vuelto altivos y tuve que pelearme con ellos, mi hijo. Benicio supo que ya no tenía nada que hacer en esas selvas, regaló todo su tabaco a Munay, le encomendó a Palacios –que, efectivamente, daría cumplimiento al decreto de fundación del departamento del Beni- y se marchó, por un atajo en la sierra, rumbo a su valle, rumbo a su tierra. En una quebrada honda, soñó a Munay dentro de una nube de mariposas, navegando un lago.

Cambió el piano por las chivas y vivió apaciblemente leyendo y jugando al ajedrez con Anastasio, un chico que una tarde llegó medio muerto hasta Tahuapalca escapando de los azotes del capataz de Huayhuasi. Anastasio, lo ayudaba con la cosecha de maíz y de miel y a cargar zapallos con los cuales preparaban un dulce exquisito.

Un día, Benicio se anotició que Ballivián se había muerto en un barranco o en una estepa helada, y tuvo saudades, muchas, pero igual bajó hasta el poblacho, a recordarlo con los otros, en el velorio que organizaron los paisanos.

Esa noche, era sábado, la chicha estaba amarga, picada y Benicio tuvo malos presentimientos. Tres días después, cayó un huayco desde la montaña mágica y enterró la mitad de las casas. Esa noche, era martes, y tras el tumulto, los muertos y unos truenos muy extraños, Benicio sentó a Anastasio en una banca de algarrobo que el mismo había labrado, puso un libro entre sus manos y le empezó a enseñar a leer.

Tres días después, Anastasio ya leía ese libro, cuyo título sigue siendo hermoso, heroico: De la forma y de los principios del mundo sensible y del mundo inteligible. A su vez, Benicio supo que ya era hora de partir, lo sintió tan adentro que no pudo resistirse. Se despidió del joven –Anastasio lloraba-y guardó queso de Lipari y unas botellas de aguardiente en su mochila y se fue caminando lento, lejos hasta la casa de su compadre Antonio Llanos, en Uma, una comunidad de indios medio cerriles, en el faldeo alto del Illimani. Nadie vivía más alto que esos seres. Desde sus casas de piedra laja, los glaciares de la gran montaña no sólo podían verse, casi podían tocarse.

Antonio Llanos lo recibió como siempre: dispuesto a conversar como sólo se confiesan los amigos, bebiendo cada palabra, celebrándolas todas. Y fue así, y así hubiera sido eternamente, sino fuera porque al tercer día, Benicio se levantó y mirándolo a los ojos, abrazándolo con la mirada, le dijo a Antonio: me voy, mi hermano querido, pero ya nunca más me esperes.

Y fue así, que esa vez, se fue Benicio pero, esa vez, Benicio, no bajó hacia el valle, hacia su tierra, sino que empezó a subir, el corazón palpitante, acariciando los glaciares con la punta de los dedos.

Mientras se elevaba, mientras dejaba atrás la piedra y caminaba y se hundía, se hundía pero seguía caminando en la nieve, no estaba triste, no cargaba pesar, no lo ensombrecía la incertidumbre por lo que vendría.

Sabía que esa noche, volvería a encontrarse con Munay, con Ballivián, con Luciano, con su padre. y eso, tan puro y tan simple de entender, eso, le daba fuerzas.

Pintura: Koki Ruiz

1 comentario:

  1. Bellísimo escrito, querido Pablo. Así debiera escribirse la historia de cada hombre y mujer de valor.

    Un fuerte abrazo

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