20 de abril de 2015

Nadie se rasga las vestiduras

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Días arduos, de vergüenzas al aire, donde el sobresalto se torna en desánimo, se intenta pensar con desgano, en la justicia. Como si de repente a la población silenciosa y cansada de un país maltratado que sobrelleva los fastidios de los engaños impúdicos y resiste la sobrevivencia sin fe ni confianza en nada, le dijeran que la justicia existe. Con qué existe algo que desapareció de las ilusiones colectivas. Y si: esa existencia de porquerías en la cual los cadáveres caminan con su obscena gusanera insaciable, sin alma, mendigando a la vida desde la muerte sus ambiciones de tres centavos.

Antes, un antes que cubre un siglo y más, ese todo revuelto que llaman justicia: aspiración humana, jueces, aparatos del Estado, estudiosos del derecho, crearon motivos de esperanzadas virtudes.

Sin embargo, al lado de las espléndidas piezas de pensamiento jurídico, construcciones de modernidad y límpida interpretación, crecía una maraña de hongos y mediocre aplicación de la ley. Los pequeños y fundamentales conflictos de una sociedad que empezaban a sacudir los marasmos de las legislaciones implantadas, que nunca se cumplieron en su integridad, y los enredos que suscitaban para la convivencia sana los nudos insolubles entre las legislaciones civiles y las disposiciones canónicas, convertían a la justicia en un lujo de pudientes.

Parecía la justicia un monumento a la letra, a su culto de precisión y esplendor. Más de cincuenta años resistió la sociedad colombiana el laberinto de reclamos por el derecho, clamando la piedad de una sentencia, una solución, una condena.

Ante esa anomalía nunca se hizo nada. Las reformas a la justicia, la proliferación de códigos, la multiplicación de leyes, cada vez más confusas, pasto de tinterillos y aprovechados del dolor ajeno, poco significaban.

Existían, es cierto, los jueces probos, de vida austera y compromiso misional que mantenían con un esfuerzo descomunal sus asuntos al día, que rechazaban con digna gentileza los sobornos disimulados del otro cáncer: los abogados ignorantes, comerciantes de memoriales, rábulas de oficio.

Si en un acto de contrición colectiva y severa, la sociedad decidiera corregir el rumbo errático que conduce al desastre, habría que levantar estadísticas de las demandas ineptas, los recursos impertinentes, las peticiones sin fundamento, esa penosa olla de abuso del litigio, y cancelar los títulos de quienes dañaron para siempre el ejercicio de una profesión que alguna vez fue noble, solidaria y digna.

En una confusión inepta y despiadada, donde las garantías desaparecieron, surgió la corrupción como fórmula. Discreta primero, ostentosa después: Dime que quieres y te diré cuánto cuesta.

Lo peor es que estos seres también somos víctimas. Muchos odiamos o amamos. Y ante la paz la gente sigue a quien cree defenderá su humillación.

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