19 de mayo de 2015

Mochilas

PABLO CINGOLANI -.

Se está formando sobre mi mochila una pátina preciosa.
Bruce Chatwin[1]

Ahora, en el mundo esquizoide del siglo XXI según profetizó Roberto Fripp (escuchar King Crimson: En la corte del Rey Carmesí) se habla de mochila/s como el peso que uno carga del pasado, como las deudas, heridas, lastres, los “déficits”, psicológicos, existenciales, vivenciales que uno trae consigo.

Este es un mundo de mierda, aunque a mi madre no le guste que lo defina así, y por eso se usa un término tan noble para hablar de semejante cosa, tan espinosa y tan triste. Dicen, como ejemplo, los necios conjurados: Dorita se separó cuatro veces, imagínate su vida con esa mochila… No abundo más porque me tiemblan las manos.

Quiero sugerir que podrían haber encontrado otra palabra para aludir a tales cuestiones porque mochila, la palabra mochila, literalmente, significa algo que no necesita de metáforas absurdas que la menoscaben.

Mochila alude, evidentemente, a peso, a carga, al hecho de cargar, de llevar cosas, de poder trasladarlas, de movimiento, de una dinámica, de algo facilitador de esa dinámica, de ese movimiento, de ese trasladarse, transportarse, moverse.

Nunca mochila debería ser asociada a un peso condicionante, a un peso disociante, a un peso muerto, cuestionador, a una carga que marca el presente.

Todo es culpa de la tecnología y de la televisión. Cuando antes, pensábamos en salir de casa, de la ciudad, de nuestro mundo habitual, pensábamos en armar una mochila y largarnos. Cuando ahora, piensan en lo mismo, piensan en el I phone o en la tarjeta de crédito, piensan en un pasaje de avión o en una promoción para ir a un hotel cinco estrellas en la Florida o en la concha de la lora con tal que tenga un jacuzzi y pueda pagarlo Visa.

No es nostalgia esto que escribo: me importa un comino hablar del pasado por el pasado mismo. Soy alguien que sigue usando mochila/s para lo que los hombres las creamos: para facilitarnos la vida cuando decidimos salirnos de la computadora o la tele. Por eso, me disgusta que hoy mochila refiera a tanta paja y las mochilas reales, se usen cada vez menos. Porque la vida actual parece seguir al pie de la letra ese desgarro de García: yendo de la cama al living, y del living al aeropuerto y del aeropuerto a Cancún y de Cancún, vuelta al living, a la computadora, a la teléfono dizque que inteligente.

Mochila era sinónimo de nomadismo, de guerrilla o de aventura. Mochila era sinónimo de vuelo, de guerra o de viaje. Valgan estas palabras para reivindicar el uso de la palabra y el uso propiamente dicho de la mochila, y desagraviarla de todos los otros, los presentes y los que, por si acaso, vendrán.

Evoco, entonces, mochilas que me marcaron. Escribo (casi) de memoria, como debe ser en estos casos.




* * *




El desierto de Arabia y un libro-brújula: Los siete pilares de la sabiduría. T.E. Lawrence, el autor, amaba la rebelión y el compañerismo que ésta trae consigo. El se volvió una leyenda porque siendo inglés, siendo un infiel, siendo nadie, fue y se sumó a la guerra de las tribus de las arenas contra los señores otomanos, contra los sultanes de Estambul.

Su saga, su lucha, era una historia que antes enamoraba porque T.E. se volvió Lawrence de Arabia y, en una película del cine de aquellos siglos, lo interpretó un actor llamado Valentino, más famoso que el mismo Lawrence, un Marlon Brando de esa época, no encuentro un sucedáneo actual a estos nombres que anoto.

La cosa es que Lawrence, más allá de su rol político-militar en la rebelión árabe, era especialista en explosivos, en el explosivo de moda en esos años: la dinamita, el invento del señor Nobel. Con ella, de manera especial, volaba con entusiasmo y buen gusto trenes y vías y puentes por donde pasaban los trenes. Bueno, la cosa es que la dinamita redentora la llevaba a su espalda, la llevaba siempre con él, yendo y viniendo por el desierto, a pie, en caballo o en camello, pero siempre en su mochila. La emblemática mochila de Lawrence.

Relacionar dinamita con mochila me obliga a otra historia, más próxima, más entrañable.

El 52, fue la Revolución de Abril, aquí en Bolivia. El 55, los gorilas lo derrocan violentamente a Perón, allá en Argentina. Muchos argentinos, muchos peronistas, se refugiaron en este suelo, conmovido desde los cimientos de la nacionalidad por las conquistas de las masas insurgentes. Una de ellas, había sido la nacionalización de las empresas mineras de los oligarcas, encabezados por el magnate Patiño.

Las minas se volvieron pequeños soviets estilo los Andes, los mineros organizaron milicias populares que desfilaban con las armas al hombro, todo bullía. Allí, a esa fiesta del pueblo, llegaron compañeros peronistas como Julio Troxler, que décadas después sería vilmente asesinado por la Triple A.

El y muchos otros dejaron sembrada una relación política y fraterna: el camino de la dinamita de los mineros bolivianos hacia y para los rebeldes argentinos, para los heroicos luchadores de lo que se llamó “la resistencia peronista”, que empezó esos años y duró hasta 1973.

La dinamita salía de Catavi o de Huanuni (digo por decir) y cruzaba clandestinamente la frontera en las espaldas de los compañeros, dentro de sus mochilas. Así llegó a manos de la primera guerrilla peronista, la primera guerrilla como tal, una de las primeras guerrillas de Sudamérica: los Uturuncos.

Que hayan elegido ese nombre para bautizar su insurgencia es otra prueba de fe en la existencia de la Patria Grande. Uturunco es la palabra quechua que alude al jaguar, al tigre, al rey de nuestra fauna, junto al puma, su primo, otro símbolo de nuestra dignidad y de nuestra fuerza. Que hayan elegido ese nombre, no sólo habla del lugar donde operó la guerrilla nova, Tucumán, uno de los corazones de la Argentina andina, la Argentina kolla, la Argentina quechua, sino de que los Andes son uno solo, en las minas bolivianas, en los montes tucumanos del Cochuna y en nuestros corazones: América es una sola.[2]


* * *

Volvamos a principios del siglo XX, donde hay otra mochila célebre, embriagadora, gloriosa: la mochila del explorador Percy Harrison Fawcett.

Este militar británico vino hasta Sudamérica, más precisamente hasta Bolivia, para trabajar en la demarcación de los límites entre nuestras repúblicas.

Ese tiempo, los cartógrafos de Su Majestad eran los más precisos del mundo (algo sabían de él: lo dominaban con su flota y su comercio) y bueno, fue por ese prestigio, que el gobierno de entonces –el de Ismael Montes- lo contrató para tales menesteres.

De ese lejanísimo año de 1906, cuando Fawcett arribó a estas playas, hasta ahora que Brad Pitt está terminando su película sobre el susodicho, la figura de Fawcett alcanzó no sólo la altura de la leyenda, sino también la del mito y algo más incluso: la de un ser sobrenatural, más allá de lo humano.

Desaparecido en las selvas de Brasil en 1925, hay varios que creen que Fawcett sigue vivo porque accedió a una ciudad subterránea en medio de una dimensión desconocida para el común de los mortales. Mi amigo Emannouel Laleos, presidente de la Sociedad Geográfica de Grecia, cree eso y si están interesados pueden sumergirse en su extraordinaria página web: www.phfawcettsweb.org

Pero vuelvo a Bolivia, y a las montañas y a las selvas que Fawcett, en su labor a cargo de la comisión de límites, recorrió como pocos (como Pando, como el padre Armentia, como Martín Cárdenas, como pocos). En sus memorias, uno de los libros de viajes y aventuras más deliciosos y mejor escritos de todos los tiempos, puede apreciarse y valorarse la dimensión épica del uso de la mochila.

Al principio, cuando Fawcett se aproxima a las selvas, usa mulas para transportar la carga. La mochila lleva las cosas de uso personal. Es simpático –dentro del drama- cómo el británico narra cómo se desbarrancaban las mulas por los caminos de herradura de Omasuyos adentro y cómo él se lamentaba de la perdida de equipo de trabajo –teodolitos digamos- pero sobre todo de las cajas de brandy y de champagne que cargaba, no para uso propio –en criollo: no para emborracharse con los fluidos- sino para seducir o sobornar con las mismas a las autoridades locales (corregidores, sub prefectos, jilacatas) para que le presten colaboración.

En la selva, no entran mulas. No hay caminos de herradura: hay monte puro y duro. Fawcett es admirable por eso: porque no se rinde. Otros, hubieran renunciado, arguyendo imposibilidades logísticas. Fawcett, como Pando (hay un paralelismo inevitable entre ellos, lástima que José Manuel terminó siendo presidente y embarrándolo todo), seguía adelante. En esas peripecias, destacan sus expediciones al río Heath y al río Verde –límites arcifinios entre Bolivia y Perú y Bolivia y Brasil, respectivamente.

Evocaré la segunda expedición al Heath. Fawcett lleva consigo al famoso biólogo –su nombre no queda registrado sino como tal, como “el biólogo”, para no empañarlo, para que sus nietos no tengan vergüenza.

Fawcett le dice al biólogo: no lleves tantas cosas en tu mochila. Son cosas necesarias para cumplir con mi deber, le contesta petulante el científico. Mira, le dice Fawcett, entiendo lo que dices pero ¿sabes lo que va a pasar cuando los mil bichos del demonio que hay en estos parajes te acechen y te invadan, cuando tengas tanta sed que vas a querer cortarte una vena para beber alguna cosa, cuando las piedras te agrieten las botas y los pies y la voluntad, sabes lo primero que vas a querer a hacer? No, le contesta, ese genio desconocido de la humanidad. Bueno, mi amigo, le dice el explorador curtido en mil batallas, lo primero que vas a desear es tirar al carajo esa mochila de mierda, cargada de cosas inútiles. Carga lo necesario. El biólogo no le hizo caso.

Cuenta Fawcett en su indispensable libro: “El sendero a Marte[3] resultaba particularmente dificultoso, debido a la confusión dejada por el huracán, y en muchas partes el barro llegaba hasta las rodillas. Poco a poco el biólogo fue botando su equipo, hasta que hubo abandonado todo lo que no fuera alimento, un anteojo de aumento y una hamaca. Nosotros no llevábamos nada superfluo y yo protesté:

—Sé que las cargas son desagradables de llevar —le argüí— pero en pocos días se acostumbrará a ello. Todo lo que está botando hará falta más tarde.

—Pero no a mí —fue su respuesta— No necesito estas cosas.

Me encogí de hombros. Puede que estuviera lo bastante curtido como para pasarse sin ellas”.[4]

Fawcett se equivocaba: Si no fuera por él y sus compañeros de expedición, y si no fuera sobre todo por los auxilios de los aborígenes Ese Ejjas –que apoyaron a estos hombres guiándolos, proveyéndoles de comida fresca y salvándole la vida al biólogo destruido por las fiebres que le produjeron las picaduras de insectos-, el biólogo nunca hubiera salido de la selva. Allí hubiera encontrado una linda tumba, llena de flores. Que hubiera sido embellecida y dignificada por el relato de sus compañeros de ruta. La ropa sucia, se sabe, se lava en casa. Amo a Fawcett pero más amo a los Ese Ejjas.


* * *


Nada superfluo

“Mi vestimenta todos estos días, de arriba hacia abajo:
-Chullu
-Anteojos negros
-Saco de aguas
-Chamarra de plumas de duvet
-Chaleco polartec[5]
-Camisa polartec
-Camiseta de diablo
-Slip
-Calza de algodón, negra
-Pantalón marca Pampero
-Medias de algodón
-Zapatillas de trekking marca High Tech[6]

Llevo en mis bolsillos: cortaúñas, cepillo de dientes, cigarrillos, encendedores, unos chicles, esta libreta donde escribo, dos puntabolas,[7] un frasquito de perfume que me dio Carolina, dos bolsas impermeables (dry-bags), dos billeteras de aguayo, una billetera con los documentos, dos llaves, un rollo de fotos donde está registrada la naciente del río Tambopata, un protector labial, un par de guantes, un pañuelo, un cepillito de pelo de Juliana, dos pichicas, un poco de papel higiénico.

Llevo también puesto un collar de wayruros (que compré en la [calle] Sagárnaga, con mis viejos, como amuleto), y el bastón de caminata que me prestó el Pedro.

Tengo también una mochila de color camuflado con: bolsa de dormir, un frasco de Dextrotón,[8] más papel higiénico, una gorra, una cantimplora, un par de borceguíes, un par de medias, bolsas de nylon y alguna cosa más (5 chocolatines y 2 cajetillas de Marlboro, importado)

Con ello, nos vamos mañana con Ríos y con el Néstor hasta Sina.”

Tomado de mis bitácoras. Escrito en la comunidad de Saqui, Puno-Perú, en medio de la cordillera de Carabaya-Apolobamba, el 20 de septiembre de 2003. Día décimo de la expedición en homenaje a Santos Pariamo.[9]


* * *


Es imposible, si hablamos de mochilas, no anotar unas que son apasionadamente memorables, evocativas y limpias: me refiero a las mochilas del Che.

Esto de las mochilas del Che, daría para un ensayo, pero no aquí. A vuelo de pájaro, clasificaré las mochilas de Ernesto Guevara de la Serna en tres categorías: las románticas, las revolucionarias y las trágicas.

Dentro de la primera categoría, están las mochilas que usó en sus dos viajes por Sudamérica. Eran mochilas juveniles, cargadas de ilusiones y que se fueron cargando a su vez de libros y de experiencias. Eran las mochilas que decidirían su destino y, tal vez, eran las más bellas de todas las mochilas guevaristas.

Las mochilas revolucionarias. La primera, la más narrada de todas, llevaba medicamentos, y tuvo que ser optada entre ella y un fusil, luego del caótico desembarco del Granma y la primera balacera mortal contra el ejercito batistiano. Es sabido: el Che dejó a un lado la mochila con los remedios y eligió el fusil. Pensó: a balazos, también se cura a los pueblos.

Las mochilas trágicas son las del Congo y las de Bolivia, sobre todo estas últimas. En África, tuvo que dejar una mochila, si no lo agarraban, en el rocambolesco cruce del Lago Victoria, para salvarse y llegar a Tanzania.

En Bolivia, las mochilas del Che son puro dolor, puro desgarro, desasosiego puro: el, como lo escribe de puño en su diario inmortal, llega un momento, donde no puede no sólo cargar su mochila, sino que no puede cargarse el mismo y debe ser llevado a mula.

Su mochila final, la de la quebrada de Yuro, su mochila eterna, con todo lo que llevaba adentro –incluyendo dos diarios- fue el depositario de todos los trofeos de guerra que pudieron exhibir la CIA y los militares bolivianos.

Creyeron que exhibiendo relojes y cuadernos iban a poder certificar el final triste del guerrillero, además, claro está, de exhibir su cuerpo acribillado. No contaban con su rostro, con su mirada, que desafió a la muerte, que fue inaudita alegría redentora, que no se acabó en Valle Grande, que aún sigue viva.

¿Dónde fue a parar esa mochila del Che Guevara? No lo sé, ¿acaso importa?


* * *


Escribo, escribo y sigo escribiendo. Pero quiero llegar a un muelle, quiero descansar, quiero liberarme de este texto.

Un par de apuntes finales. Cité a Chatwin porque no podía ser de otra manera. La alusión a su mochila se inscribe en su travesía patagónica, la más inolvidable de todas. Lo que dice Bruce es una declaración de amor puro y duro no sólo por su mochila, sino por el camino, sino por ese ser nómade que todos, mal que bien todos, seguimos llevando dentro. Daría para otro ensayo. La estética de la mochila, pero no aquí, les insisto.

Como contrapunto a la cita chatwinesca, anotaré que también estuve en Punta Arenas, como parte de un viaje iniciático y propiciatorio –como deberían ser todos los viajes- con Carolina y Juliana, hace añares.

Cargué una mochila marca Doyte, hecha en Chile, cambalacheada en Bolivia, modelo Makalú, de setenta aborrecibles litros: un espanto de peso.

Nosotros no paramos en el mítico hotel donde Chatwin lo hizo, sino en un alojamiento súper barato de unas lesbianas adorables –¡las lesbianas del fin del mundo!- que cocinaban tortas de jengibre y frutas nativas y cangrejos asados del Estrecho de Magallanes.[10]

La mochila –que terminó obsequiada a mi amigo Ricardo, que es un toro, y le sigue gustando eso de sacrificarse-, se fue abultando todo el camino. Con libros. Es imposible pasar por Chiloé y no cargar como Cristo algo de su vasta literatura isleña, poblada de tanta leyenda que seduce sin antídoto. Lo mismo pasa más al sur: ¿cómo no vas a llevar con vos un libro tan maravilloso como es Los nómades del mar de José Emperaire?

Allí, entre sus páginas, cuenta algo que me marcó para siempre, y para siempre lo llevo en mi mochila ideal: cuenta de los últimos Alacalufes y de su convivencia con sus perros. Su relato es terrible porque él se mortifica al narrarlo, pero yo lo leo al revés y siento que esa dignidad de la derrota, del exterminio, de la extinción, tiene demasiado para seguir enseñándonos. Hasta en el día a día, por eso, los perros, que son pequeños semidioses que viven entre nosotros.

Final, final (me juro a mi mismo). Un día, rompí la máxima fawciana y llevé algo superfluo en mi mochila. Empezaba a impactar internet por estos lados del mundo. Podías leer de todo. Leía crónicas de viaje, de andinistas, extranjeros, que hablaban de la extrema rigurosidad del clima en los Andes bolivianos, de la deshidratación y de llevar agua en botellitas, ese crimen del capitalismo salvaje. Me voy a vengar, me dije, de estos gringos pelotudos.

Un día, secretamente, me propuse darle una alegría a mis compañeros de montaña, tipos rudos, tipos que no se deshidratan. Y llevé en mi mochila, sin que supieran, una botella de whisky. Pesaba de más la cosa pero no me importaba, aunque si la sentía y cómo, subiendo hasta la apacheta de Sánchez, casi cinco mil metros de altura. Caminar nueve, diez horas en la montaña, hay que caminarlas, bien caminadas, dicen por acá.

Todo por los amigos, todo por los compañeros, como quería Lawrence: cuando llegamos a la segunda apacheta entre Pelechuco y Puina, abrí mi mochila. Esa fue una de la challas más divertidas que recuerdo: coca, lejía, cigarro y whisky. Bajamos como trompos hasta la casa de Sebastián Durán, mi hermano del alma en esas soledades donde viven ellos y vos vas a abrazarlos y decirles que no están solos, vas a abrazarlos y a decirles, que si acaso, que si pueden, que no se rindan. Vas vos, a abrazarlos; vas vos, vos y tu mochila. Tú vieja, baqueteada y amada mochila.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 6 de mayo de 2015


Dedicado a Fabián Luna y a todos los que no han perdido la fe en algo tan simple y tan bello como es cargar una mochila


[1] Carta a Elizabeth Chatwin, Hotel Cabo de Hornos, Punta Arenas, Chile. 10 de febrero de 1975
 [2] El guía de los guerrilleros uturuncos se acaba de morir. Me lo comunicó mi compañero y amigo José Luis Ciotta, hace unos días, por correo. Valgan estas palabras, como mi sincero homenaje (preliminar).
[3] Se refiere al nombre de una barraca desde donde se explotaba el caucho
[4] Exploration Fawcett, página 257
[5] El polartec es un tipo de tejido térmico, aislante del frío
[6] Anoto algunas marcas, porque son buenas. Cuando hagamos la revolución, las vamos a expropiar y poner al servicio del pueblo (no se asusten, sobre todo los izquierdistas, es un chiste!)
[7] Lapiceras, biromes, eso
[8] Es un tipo de mezcla energizante, con mucho potasio
[9] Un guerrillero indígena, de origen leco, que murió por mano propia, antes de entregarse a los colonialistas españoles, contra los cuales combatía
[10] No puede evitarme y anotar, en zig-zag, el menú de Chatwin en el hotel de marras (nada que objetar al menú de las chicas). Aquí va:
“Loco de mer mayonnaise (abulón)
Jambon Cru de la Terre de Feu
Pejerrey a la planche
Latuna nature (higo chumbo)
Café”
Tomado de: Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin, Sexto Piso, Barcelona, 2012. El epígrafe está tomado de la misma fuente.

1 comentario:

  1. Gran texto, inspira a ir a buscar la mochila abandonada en el clóset y emprender un gran viaje. A esta inspiración sumo el haber terminado de leer Into the wild hace unas pocas horas. Saludos.

    ResponderEliminar

*