27 de mayo de 2015

Ya nadie lee a Pentti Saaritsa / Poemas de Alba Sabina Pérez


JIM KINDELAN

Hoy vino por fin Jim Kindelan
con su botella de aguardiente,
sosteniendo el vaso,
afilando sus pezuñas en el aire.

Jim Kindelan guarda águilas bajo el brazo
y tiene un tridente escondido en la alacena.
Es un tahur que consigue siempre lo que no se propone.
Hoy por fin vino a hacer flotar a los tulipanes
en la casa de las cosas pegadas al suelo.


“Toma otro trago Jim Kindelan
deja para mañana el temblor del aguardiente
que queda empozado en la botella,
no perdones a quienes destilaron por tí
no perdones a las olorosas orquídeas
que suben y bajan los temporales en la colina”
Donde se mece mi casa, donde ahora se mece
el viejo-joven Jim Kindelan sobre la silla de mimbre
contándome cómo se raja la cabeza de un cerdo.



Aquí está feliz, lo parece, hace rato que no parpadea,
hace rato que mira a mi hija jugar con la jirafa de plástico,
hace rato que no calla aunque tenga la boca llena.
Salpica dorado por el patio trasero
los brotes de césped se achantan ante el aguardiente
salen volando las águilas de debajo de sus brazos
y se posan sobre los árboles
le preguntan a dios por las esquinas del paraíso de mi patio.


Jim Kindelan se queda quieto y mi hija le cierra los ojos
“Jim Kindelan muere, mamá” dice la cría.
Jim Kindelan bebe los posos sombríos del destilador.
Jim Kindelan no ha visto el anochecer.
El anochecer de la orquídea esta vez.
Las águilas emprenden el vuelo hacia las esquinas.




LA FOTOGRAFÍA DE BUKOWSKY


Le pregunto al espejo si estoy loca

Mientras sostengo una fotografía

Donde sostienes una fotografía

En la que Bukowsky lee un libro.

Y así, eternamente frente al espejo,

Una concatenación de locos, yo y B.

Nos preguntamos por nuestra locura.

Dicen los psicólogos

que esa es la pregunta

que se formulan los cuerdos

En el siglo veintiuno.

Ahora me dibujo a mí misma de niña

Entre espigas de trigo que son

Trozos de cristales ensangrentados,

Trozos de cristal verde de los vasos

De la casa de mis abuelos paternos

Que me hacen recordar los domingos

Que pasaba en la casa a los dos años.

Cuando mis padres tenían mi edad

Y follaban en el piso de sus amigos.

Fumaban hierba de mala cosecha

Y leían a la generación beat.

Mi padre sostenía el libro de Bukowsky,

Y el libro que sostenía Bukowsky

Es el poemario de mi futuro hijo.


El espejo me responde que no.



Foaming Quart


Cuando llega la noche

muchos se agolpan

en el bar de la galería;

ese único bar abierto,

lleno de espuma

que ha brotado del silencio

desde que tienes memoria.



Todavía preguntas cómo llegaste aquí:

«Por azar», esa

palabra que define lo que el camino entrega

al que anda sin pasado, sobre el borde,

y trata luego de volver

o de borrar sus pasos.



Como si desde allí

soñaras que la noche fuese humana

—quizá tímida y menos duradera—,

también bebes espuma

para enterrar el miedo;

el miedo que se pega con espasmos

a la noche y a su centro,

el miedo

que te secuestra

y te azota si le hace falta.



Vas al baño a mojar tu sombra.

Te miras al espejo y ves a alguien distinto,

como aquella vez en Holanda:

tu reflejo lloraba y le preguntabas por qué;

pero tu otro yo posfreudiano,

con su voz dentro de tu voz,

sólo te dijo:

«tú también estás llorando».

Y la imagen te pareció más triste.



De regreso a la galería,

muchos siguen bajando la escalera.

Cada cual habla

con una versión cinematográfica,

mejorada de sí mismo

desde hace tanto que, agotado,

el tiempo

se sienta en uno de los escalones

quizá para no levantarse más.



En el bar, lleno

de una espuma de olvido,

huele a almizcle y clarividencia.



Todos creen haber encontrado un refugio

donde ocultar sus penitencias;

pero están siempre a la intemperie,

en el centro de una fiesta

donde cada uno tiene corona, cetro y un trono.



Lo saben,

pero guardan silencio.



Para pasar inadvertida, tienes

que asombrarte de nuevo y llenarte de espuma;

pero sin desbordarse,

sin que la ropa se te moje un poco

ni tu voz o una rota voz ajena

le cuente a los demás

que tu sangre es más densa, y que también huiste

y hallaste la escalera

buscando el centro de la tierra.



Ahora

subes de nuevo.

Brota espuma hasta de tus uñas.

Todos lo ven, algunos ríen.

Otros suben contigo:

Cargan más extrañeza y abismos que antes.



Y el resto seguirá allí,

hasta que todas

las luces se van apagando

y otras generaciones de extranjeros

crean que al fondo de la galería

se escucha el ruido y la furia

antes de que el silencio



sea completo.



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-NOTA DE PRENSA-

ALBA SABINA PÉREZ PUBLICA SU PRIMER LIBRO DE POEMAS, 
“YA NADIE LEE A PENTTI SAARITSA”
Colección La Palma, de Ediciones La Palma, 
apuesta decididamente por esta joven autora tinerfeña

Tras su primer libro de cuentos, ¿Quién cuidará de mis guardianes?, y su primera novela, Silence —como si fuese toda una declaración de intenciones literarias—, la tinerfeña Alba Sabina Pérez publica su primer libro de poemas: Ya nadie lee a Pentti Saaritsa, un libro brillante, que recuerda a lo mejor de poetas como la venezolana Hanni Ossott, si bien a quienes Alba Sabina reconoce haber leído con especial gusto y atención es a Walt Whitman, Wallace Stevens, Robert Frost, Dylan Thomas, Arthtur Rimbaud, Sylvia Plath, Wislawa Szymborska, Fernando Pessoa, Allen Ginsberg, Leonard Cohen o Zacarías Topelius. 

Y, aunque diciendo que ya nadie lo lee, Alba Sabina homenajea al poeta Pentti Saaritsa (Helsinki, Finlandia, 1941), pues al mismo tiempo que afirma que ya nadie lo lee, parece consciente de que no hay nada más interesante que lo que no aparece, lo que se esconde, lo que deja de estar. Los buenos poetas no necesitan mucha visibilidad para ser, sin embargo y a pesar de todo, indispensables. 

Ya nadie lee a Pentti Saaritsa es un díptico poético, bien diferenciado. La primera parte, post-vanguardista (con notas irónicas), donde el azar, la iluminación súbita y el hallazgo poético no son menos importantes que la construcción del poema, las lecturas efectuadas o las experiencias pasadas. Un diálogo entre la autora y Pentti Saaritsa, una serie de revelaciones dadas y culminadas en preguntas sin respuesta, tal vez, como la propia vida. La segunda parte tiene un estilo simbolista en el que, a través de una incursión en una noche a veces lúcida, a veces distante, a veces dilatada, la autora revela cómo su insomnio puede ser una forma de acercamiento a la reflexión y a la creación poética. 

“Quizás existan pocos contextos tan propicios para la aparición del poema como la noche, como cuando se han acallado los ruidos, las urgencias y el lenguaje cotidiano, y entonces llega la especial intimidad donde en mi caso, especialmente, escucho la voz y el mensaje, aunque siempre esperando, con ansia, que llegue la luz de nuevo”, dice Alba Sabina Pérez.

Si algo llama la atención de esta primera poesía de la poeta tinerfeña es la coherencia de su voz con la voz de su narrativa, igual de brillante, desequilibrada para destellar, generando la ilusión de que nos encontramos ante un talento raro, infrecuente, insólito, extraordinario.


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Alba Sabina Pérez (Santa Cruz de Tenerife, 1984). Es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid. Es autora de tres libros: la biografía musical Algo que contar (Planeta, 2008), del libro de relatos ¿Quién cuidará de mis guardianes? (Idea, 2013) y la novela Silence (Neys Books Ediciones, 2014). Está especializada en narrativa audiovisual y guion cinematográfico y ha sido galardonada con dos certámenes de narrativa, y el certamen de Jóvenes realizadores de la Muestra Internacional de Cortometrajes del Festival Internacional de Cine de Gijón en 2008, con el cortometraje 20 Euros. También ha sido guionista de capítulos de series, programas y capítulos de docushows. Sus textos han sido publicados en numerosas revistas, así como en blogs y periódicos desde el año 2004 hasta la actualidad.

1 comentario:

  1. Felicitaciones por este nuevo libro, querida Alba. Espero leerlo pronto. El adelanto es auspicioso. Un fuerte abrazo.

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