21 de agosto de 2015

El mar, el mar


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

La presencia del mar la confiere a la vida un tono infinito. Pierde uno la brevedad de su término y se acostumbra a un horizonte inalcanzable, sin incomodidad ni ambición. Por ello las historias de los marineros tienen más de invocación de un reducto de la vida vivida con gratitud que de lamento nostálgico por lo perdido. Para la marinería nada se pierde, está el mar. Su movimiento incesante. Su oleaje sin cansancio. Sus corrientes. El viejo verso de Neruda lo comprende: los marineros besan y se van. No hay atadura, apenas la aceptación de la vida como un continuo acaecer que propone enigmas, reta designios, obliga a preguntas nuevas, y empuja.

Los ancianos del Caribe, por estos rumores de agua en el sueño, por la sombra de sol y luna de la superficie del mar, por las inundaciones de sus despertares, no requieren compañías y sin saberlo concluyen sus vidas hablando solos. Es una manera de decir. Han logrado aprender a hablar con ellos mismos. Después de tanto escarbar en un interior que se reduce a tallo de cocotero con porroca, se topan con la felicidad de voces protegidas por el silencio. Ya no hay preguntas complejas: ¿Quién soy? ¿Cuándo llegué? ¿Qué hago aquí?. No. Encuentran rostros, cuerpos desnudos, canciones, palabras, el erizamiento de una caricia olvidada. Y la risa. Y la clave de sueños que inquietaron y fueron disueltos por la vigilia.

Quienes no tuvieron esta visión, de presencia inevitable, no escogida, y se les presenta el mar después de la primera juventud, padecen la propensión a cierta forma de locura. Rebobinar los días de la vida y abrir un camino sin señales.

Conocí a uno. ¿Se conoce a alguien o es pretensión?

Es leal: supe de alguien. Un joven de un pueblecito próspero de Boyacá. No fue ciclista de ventarrón. No cultivó caña ni sacó camiones con los muelles rendidos por el peso de la panela. Había visto caer a una sobrina pequeña a un alambique de guarapo espeso y burbujeante.

El joven abandonó su sombrero, la ruana corta, y se fue a Bogotá D.C. a buscar destino. Se echaba gomina para conservar el peinado y compró un par de corbatas de colores llamativos.

Su suerte lo condujo a enrolarse en una tripulación de la entonces Flota Mercante. A lo mejor el mar que estuvo en la Villa de Leyva lo devolvió a un pasado que no conocía.

De los puertos del mundo en que fondeaban, cargaba en el camarote estrecho, lámparas, alfombras, reproducciones de mujeres espléndidas en la hierba, y cachivaches.

Me asombró cuando vino a despedirse. Había convenido con su madre, instalar un prostíbulo en un paraje cerca a Baza. Dañó el matrimonio: era el encargado de probar virtudes de las mujeres.

Destruyó mi escrúpulo de ir a la inauguración al advertirme que el obispo impartiría la bendición. El establecimiento con boyas, anclas, claraboyas, brújulas, nudos y timones parecía un antro de piratería.

El mar y su anuncio loco.

1 comentario:

  1. Muy buen relato. Casualmente acabo de releer el "Relato de un naúfrago" de García Márquez. El tono, la expresiones, y la forma de contar me han resultado familiares. El mar...los que hemos nacido en islas no sabemos vivir sin el mar.

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