1 de noviembre de 2015

Solo marco las tardes hermosas

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MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

Al margen de cumplir con el vicio de adquirir libros, que me dijo una vez en Bayona un tipo siniestro,  en realidad hoy fui a Bayona en busca de ese reloj de sol, en Saint-Martin-de Seignanx, junto al Adour. Me gustó su leyenda, esa que se refiere al marcar las horas dichosas porque me recuerda una conversación que tuve con Juan Perucho en el monasterio de Santes Creus a propósito de leyendas de relojes de sol, debajo de la de aquel monasterio que a Perucho le entusiasmaba: «Yo sin sol y tú sin Dios no somos nada"», creo recordar. Los relojes de sol, ya se sabe. Hay bastantes en el País Vasco y en el Bearn –estos de hoy están en Las Landas, aunque sean barthes– y suelen ser recordatorios de la brevedad de la vida, el pecado y otras amenidades, muy líricas, no lo dudo, pero a cencerrada de tinieblas suenan. Tristezas, como las que me acabo de encontrar entre las páginas de un ensayo de George Steiner que he comprado esta mañana. Su anterior propietario era un cura lector de Cioran, de Onfray, de Jung y de Nietzsche –me guío por el desbarate de su biblioteca al que he asistido en estos años–. En casi todos sus libros solía marcar las páginas con la mancheta del boletín diocesano de Bayona... hoy me he encontrado una de esas manchetas con un mínimo diario del año 1993, unos días, sin más, después de cumplir 83 años, en las que el abbé se confiesa a sí mismo, dice que su paciencia está hecha de mil paciencias, y el 15 de abril anota, "¡Estoy realmente solo!", echa en falta amigos, apunta la palabra desesperanza y desamparo, y la furia, se irrita con el suicidio de Bérégovoy (1.5.93), víctima de acoso mediático, se dice incapaz de explicarse la muerte, no sé si la del político, la suya o la de quién... Cencerrada, ya sé, los relojes de sol del Adour esta mañana decían otra cosa.

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