7 de marzo de 2016

Terry Gilliam y los hermanos Grimm

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.
  

Recién se estrenó la nueva película de Terry Gilliam, The Brothers Grimm, donde retoma la línea que había iniciado en 1988 con su soberbia Aventuras del Barón Munchausen. Lo real-fantástico (germánico) toma cuerpo con esplendor en este cineasta lujoso en imaginación y desbordante en fantasía. Nada mejor para él que las fabulaciones ancianas de Wilhelm y Jacob Grimm, compiladores y folkloristas, doctos gramáticos y filólogos gracias a quienes se ha inmortalizado la mitología (la literatura) popular de Alemania.

Muy difícil hacer una película sobre los Grimm que no tuviese connotaciones biográficas ni se centrase únicamente en algún relato. El director, de manera inteligente, logra conjuncionar ambos y fundar a su manera, con la colaboración de la tecnología actual, otro cuento de horror y esperanza a la par de los originales. Que en la pantalla se mixturen las historias de Caperucita roja, La Cenicienta, La bella durmiente, por nombrar algunas universales, no importa. Es más, sin duda en su origen la interrelación de los mitos creaba una única y grande historia del imaginario campesino teutón, un núcleo del cual se irían desgajando cuentos singulares, en versión opuesta a la historia nacional de aquel país que de un multipluralismo de reinos se convirtió en uno.

La penumbra, el claroscuro forman íntima parte del recurso fílmico de Gilliam. Hablamos de una Alemania cronológicamente a fines del 1700 y en los albores del siglo diecinueve; país asolado por la guerra, ocupado por la Francia en principio revolucionaria y luego imperial, en la sempiterna miseria de los villorrios y la mugre asociada al fango y al miedo. Para alcanzar el ambiente se la filmó, en su totalidad, en Praga, ciudad germánica por excelencia, con los aditivos checo y judío que la hicieran a la vez que luminosa, sombría; puerta de occidente y de oriente, crisol de dos mundos. La Praga de Kafka, de Meyrink, de Rilke y de Franz Werfel. De Terry Gilliam y de los hermanos Grimm hoy, porque Praga, y Bohemia en particular, han conservado un aire que el progreso ya ha arrasado en Germania.

Los efectos especiales juegan su papel. Para eso los utiliza el cine, para calcar las sensaciones -en lo posible- que dan las páginas escritas. La maestría de este arte muestra, como la mejor imaginación lo haría, el oscuro bosque de Marbaden, en Turingia, cuna de cuervos y reinas que sueñan eternidad para recrearse, así puedan, en la sangre de vírgenes sacrificadas a su anhelo. Si parece la leyenda de Erzebet Bathory, la condesa sangrienta, cuyo texto tomó rumbos con mucho más dramáticos que las historias de los Grimm aunque éstos sin desmerecerlo en horror inventan escapes esperanzados.

El lobo feroz de Terry Gilliam se nutre de los Grimm tanto como de las descripciones medievales del animal, largamente asociado con el demonio. Cuando por magia tecnológica se transforma en hombre y viceversa, rememoro los dibujos de Maurice Sand con lobizones subyugados por la luna, Goya, la Bestia de Gevaudan en un grabado de Alençon, 1765, y otras imágenes recogidas por el sacerdote Montague Summers en su tratado de licantropía de 1933. Es que los Grimm, como Alemania toda, han sido y son objeto de ensueño y de misterio, influjo que sedujo a Borges; una Alemania que siempre intentó ser occidente pero que para mí, y no implica desmedro, es donde comienza el oriente nebuloso de Europa.

Se pueden criticar trivialidades en el filme. Cabe recordar que Terry Gilliam es el creador de Monty Python con excesivo humor anglosajón. Sin embargo vale la pena ver esta saga de los Grimm. Concretiza la imagen que se formó a lo largo de los años en las lecturas de "cuentos de hadas", intentando darles un aura propicia, que fuera aquella de terror y angustia, de historias de medianoche acerca de seres ocultos en la floresta, relatos que transmitidos de generación en generación fueron añadiendo los temores de cada época, acentuados en tiempo de Wilhelm y Jacob Grimm por la ocupación extranjera, ignorante y ajena de la fantasía popular, último recurso del pueblo para conservar su ser nacional.

De noche, en un bosque de Turingia, al abrigo de piedras ruinosas, me vienen a la mente estas tomas de Terry Gilliam. No hay, me digo, formas extraordinarias que se esconden en la sombra; no hay razón para asustarse, según manda la lógica francesa y revolucionaria. Y si la hubiera, aquí en Marbaden o en cualquier otro lugar, prefiero no saberlo.

28/08/05
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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), agosto, 2005
Imagen: Afiche de The Brothers Grimm, 2005

2 comentarios:

  1. Muy buen comentario sobre la película, quedé interesada en ella. Ojalá pueda verla de algún modo y pronto. Saludos.

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    1. Hazlo, Cosette, no será en vano. Un abrazo.

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