18 de abril de 2016

El agonista


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Muchas veces los elementos que integran una vida humana, si es que la vida acepta la voluntad en los destinos, se van quedando en una bruma que parece mostrar que el tiempo de una aventura, pasó, irremediable.

Este desaparecer fue visible cuando leí las notas que recordaban la vida de Ramiro De La Espriella.

Se le había recordado por aquellos años en que un grupo de lectores de literatura y escritores cachorros de poemas, periódicos, en la ciudad nativa, esclarecían sus ambiciones y hablaban de lecturas. Estaban Rojas Herazo, Ibarra Merlano, Óscar y Ramiro De La Espriella, García Márquez, y en discreta pedagogía Clemente Zabala. Era el noble rincón de los abuelos una urbe de piedra dormida, puerto de embarcaciones de cabotaje, y donde todavía los habitantes podían quedarse hasta el amanecer en el Camellón de los Mártires sin que les cortaran la cabeza de un machetazo, o en el parque del Cabrero donde los estremeció una vez la presencia de Dios.

Dicen los que iban y venían que la casa de los De La Espriella tenía una biblioteca de novelas y poesía. Carlos Alemán quien conservó por años escritos de esa época, asegura que allí vio por primera ocasión, García Márquez, las novela de Faulkner y de la Woolf.

Cuando Ramiro se fue a Bogotá, García Márquez lo despidió con una de sus nota de El Universal.

Pronto, De La Espriella mostró su inclinación a la política. Hizo armas en una naciente disidencia liberal. Acompañó a su líder al conocimiento de ese Caribe todavía apartado y cuya alma era un misterio. El compañero jefe, como lo llamaban, apenas si balbuceaba sus retóricas iniciales. Basta hojear los ejemplares del periódico La Calle, para leer la prosa aguda y los ideales políticos de Ramiro.

En algún momento hubo rupturas en el movimiento de disidencia donde convivían los reformadores liberales y los jóvenes con el deseo de las transformaciones inmediatas.

Algunas vidas mantienen enigmas. El puñetazo en público de Vargas Llosa. Y la de Ramiro De La Espriella el alejamiento, sin trato, de quién fue el jefe del movimiento. En un restaurante de emergencia y precios módicos, dieta generosa, oí esto. El compañero jefe se iba a posesionar. El político que encabezó la línea de ruptura, Álvaro Uribe, Línea Dura la bautizaron, le mandó un mensaje a De La Espriella. El portador fue Jorge Navarro Patrón. Le dijo, el condesito, así lo llamaban, te manda a decir que el compañero jefe está interesado en retomar amistades y hablar. Ramiro quien siempre conservó la vanidad de su mostacho noble de puntas altaneras, en el tono sentencioso, en Do mayor que no perdió nuca, respondió: López no tiene amistades, él tiene intereses.

Después su ejercicio solitario, nacionalista, no exento de autoritarismo. Su alegría con las muchachas. Y el destierro interior. Era un agonista que polemizó siempre. Bolívar y Núñez eran sus faros.

Imagen: Ramiro De La Espriella

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