27 de agosto de 2016

Fervor de hielo y viento

PABLO CINGOLANI -.
A Adolfo Aramayo,
Porque disfruta de estas historias extremas.

Julio Popper
Este fragmento de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud lo sintetiza como un espejo de época: "He cumplido mi jornada; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me curtirán los climas perdidos. Nadar, pisotear hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores como metal hirviente, a semejanza de aquellos queridos antepasados alrededor de los fuegos. Regresaré con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados que regresan de las tierras cálidas. Intervendré en política. Salvado."

El sueño imperial -el mismo que teorizó Lenin- no puede estar mejor descripto que en la profecía poética de uno que la buscaría con afán en los eriales etíopes. En el caso del enfant terrible de la poesía francesa abruma el dato ya que murió gangrenado por una herida africana atroz -el arte anticipa e inventa una realidad alucinante. Nuestro personaje, al igual que Rimbaud, tampoco se salvó y trocó las tierras calientes por las más frías del planeta pero cazó, fumó, bebió, intervino en política y tuvo oro, mucho oro, tanto que fue su perdición.

Julio Popper, de él se trata, había nacido en Bucarest en 1857, los años que Rumania estaba cuajando como nación. Su sangre era febril, racional y judía y tal vez esa fue la única y gran herencia de su padre, Neftalí, director del único periódico en idish de los Cárpatos. Él también fue periodista, como el Kurtz deEl corazón de las tinieblas de Conrad, otro espejo donde mirarlo. "La suya era una oscuridad impenetrable", contaba Marlow, y de Popper se puede decir lo mismo. Estudió ingeniería y se volvió masón en París, luego se marchó de Europa -"A mis espaldas no hay nada" sentenció Burton- y tras recorrer los mares y recalar en Estambul, Alejandría, Bombay, Calcuta, Madrás, Shanghai, Nagasaki –una secuencia a lo Lord Jim-, desembarcó en América: trabajó en Nueva Orleans, visitó México, diseñó la “nueva” ciudad de La Habana, construyó un puente perdido en la selva amazónica; finalmente, en 1885, arribó al puerto de Buenos Aires, la capital de uno de los países más opulentos del orbe en esos años de euforia imperialista: Argentina, el país que hacía llorar a la familia ucraniana y triguera de Trotsky. Ocho años después, el 6 de junio de 1893, lo encontrarían muerto y seco en un cuarto de hotel. Envenenado.

No todo lo que brilla es oro. Buenos Aires: la urbe era esplendorosa y algo culta pero quería más: era una hembra en llamas que abría sus piernas, sin pudores, al capitalismo inglés. Veinte años atrás, el puerto había arrasado con las montoneras mestizas del norte andino sin ahorrar sangre de gaucho como ordenó Sarmiento y tan sólo seis años antes, un general retacón y moreno -con una amante tucumana como él mismo, la genial escultora Lola Mora- encabezó la pomposa "campaña del desierto". Roca no hizo otra cosa que masacrar indios e incorporar a la Patagonia a la "civilización" y al "progreso".

"Mongolia- Patagonia, Xanadú...", anotó Chatwin en su libro-brújula, tierra de mitos, colosos y proezas: Popper se enteró que allí existía oro y no dudó en partir al sur del sur a certificarlo. Cuando llegó al Estrecho de Magallanes, vio a hombres andrajosos y borrachos matándose por unas pepitas miserables pero advirtió una cosa: el oro venía del mar, las arenas del fondo marino eran auríferas.

Como deseaba Erdosain en Los siete locos y Arlt en la triste realidad, Popper sí lo logró, sí inventó un artefacto para hacerse rico: la cosechadora de oro. Una bomba centrífuga, activada por el océano que chupaba el agua salada y la mandaba a un pozo siete metros debajo el nivel de las mareas donde una amalgamadora dejaba correr la arena pero atrapaba todo el metal. No recogía gramos, cosechaba kilos de oro. Pero no se conformó: su meta no era volverse rico, beber champagne en los salones, casarse con una dama de la oligarquía porteña. Su objetivo era crear un imperio, su imperio. Para eso estaba la Tierra del Fuego.

La Atlántida que renace. No era un chiflado como Orllie Antoine, Rey de la Araucania, o como Lebaudy, Emperador del Sahara. No era abstemio como Fawcett, ni genocida como Arana: reyes del caucho o buscadores de Eldorados eran lo mismo; Popper, además de apreciar el coñac, admiraba a Napoleón, un hombre de cuna humilde -Córcega era su Rumania- que supo forzar el desenlace del destino.

La península de El Páramo -un delirio geográfico que él mismo bautizó, una lengua de piedra de doce kilómetros de largo que las altamares convierten en una isla- sería su París; su 18 Brumario lo empezaría a forjar con un ejército de mercenarios dálmatas (que desfilaron comandados por él una mañana de brumas por las calles de Punta Arenas ante el asombro festivo de la población), con la acuñación de su moneda (los "Poppers" de oro, hoy joyas rarísimas de la numismática), con sus propios sellos postales (hoy reliquias filatélicas), con un proyecto de futura capital, Atlanta (por la Atlántida platónica. Hay un libro que editó EUDEBA donde se transcriben sus planes: Atlanta. Proyecto para la fundación de un pueblo marítimo en Tierra del Fuego, y otros escritos, Buenos Aires, 2010. Sin dudas, una rareza bibliográfica)

Solo, con una voluntad de superhombre, allí donde los demás sólo veían viento, frío, tempestades y vacío, al sur del sur del sur del mundo, Julio Popper quiso construir un imperio. Casi lo logra. A los indios, primero los combatió y luego los supuso su pueblo, sus súbditos, la población de su reino estéril y desolado. Incluso, tuvo una pareja selknam u ona; alguien la apodó "la mula blanca", y me la imagino como Angela Loij a quien de joven fotografió Gusinde y con quien de anciana habló la antropóloga Chapman, antes de que desaparezca su estirpe de la faz de la Tierra.

1893. Al oeste de sus dominios, se situaba Chile; al sur, la cordillera, el pastor Bridges -el del diccionario yámana, el lenguaje de Dios-, Ushuaia, un destacamento militar donde residía el gobernador argentino y la isla donde Julio Verne ambientó El faro del fin del mundo. Frente a él y todo alrededor, estaba el océano y más al sur del sur del sur, pasando el Cabo de Hornos y el finisterrae, estaba la Antártida, el continente blanco, aún desconocido para la humanidad. Popper se propuso conquistarla.

Atlanta sería la capital de un imperio de millones de kilómetros cuadrados así fueran de hielo. En una carta a Roca, confundiendo islas con tierra firme, le aclaró por si acaso que todas "se hallan completamente despobladas". Pidió un permiso de explotación de sus riquezas: aceite de ballenas, focas, minerales, témpanos, tormentas, poder. El 2 de junio, el periódico La Prensa de Buenos Aires, publicó casi su epitafio. Anunciaba la zarpada del vapor Explorador rumbo a la Antártida. Era, como el título del artículo destacaba, "una expedición histórica". Anglofóbico hasta el tuétano, Popper proclamaba el cese "de la explotación ilegal de los recursos pesqueros en manos de la piratería inglesa y norteamericana". Era demasiado: cuatro días después apareció muerto. Dicen que los británicos. Tenía 35 años.

El día de su entierro, Lucio Vicente López, uno de sus pocos y sinceros amigos argentinos –el autor de La gran aldea y que moriría en un duelo, un año después-, leyó un réquiem: "Hay en la desaparición de este hombre que muere solo, fuera de su hogar y lejos de los suyos, no sé qué rasgo característico que enaltece más y más la memoria de su fuerza y de su impulso. En esta tumba no se llora...", señaló para la historia y nadie lo aplaudió.

De Popper no quedó nada -ya que hasta su cadáver un día se esfumó-, salvo haber entrado en la memoria de los desiertos, de los desiertos helados, de todos los desiertos: El páramo sigue figurando así en los mapas y los que pueblan hoy la Isla Grande saben que esa es "la península de Popper" y cuentan retazos de esta historia, que estoy concluyendo.

Años después, Saint-Exupéry, otro amante incondicional de la Patagonia, escribiría: "No inventes un imperio donde todo sea perfecto... inventa un imperio donde simplemente todo sea ferviente". A su manera, Popper lo hizo.

Más que sus quimeras, signo de su tiempo, siempre me conmovió del rumano, este rasgo: su invencible soledad y su inquebrantable fe; allí conoció la victoria, una victoria tan íntima que a nadie le importó. Pero, por eso mismo, también allí, en ese abandono y esa voluntad, hizo lo que pocos: venció a la muerte.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 27 de abril de 2016

Primera versión del texto: 2004

No hay comentarios:

Publicar un comentario

*