10 de mayo de 2016

Los pantalones en los tobillos

GONZALO LEÓN -.

Hace ya unos años se viene hablando de que debiera existir una relajación de las reglas ortográficas, uno de los argumentos más sonados lo dio el Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez cuando llamó a jubilar la ortografía: “Enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confunda revólver con revolver”. En suma llamaba a usar el sentido común; años después la Real Academia Española (RAE) escuchó en parte su llamado y eliminó el tilde del sólo de solamente, hoy la institución lo asume como error. Cuando García Márquez hizo ese cuestionamiento pensé qué raro que lo diga un colombiano, hablan tan lindo.

Pero a esta altura es un lugar común decir que los colombianos son los que mejor hacen uso de la lengua. Nunca imaginé a qué se debía, hasta hace unos días cuando leía Cartas de un porteño: polémicas en torno al idioma y a la Real Academia Española, de Juan María Gutiérrez. Este texto data de 1876, cuando Gutiérrez decidió rechazar su nombramiento para integrar la RAE, como dice en el prólogo Jorge Myers, “como parte de una nueva política de cooptación de destacados literatos y filólogos latinoamericanos”. Juan María Gutiérrez en esa época era rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En esa primera etapa de cooptación, la Real Academia había empezado por Colombia, por lo que por ahí se puede entender por qué los colombianos usan tan bien la lengua, hablan tan lindo y por qué otro colombiano, como García Márquez, casi ciento cincuenta años más tarde ofrecía resistencia.

Juan María Gutiérrez adscribía al americanismo literario: creía que la independencia de España debía traer una independencia en el uso de la lengua, por lo que fue un activo promotor de las lenguas nacionales. En su carta de renuncia establecía una pugna abierta entre dos “experiencias nacionales radicalmente opuestas”, como plantea Myers: por un lado, estaba el purismo lingüístico de los académicos españoles que se revelaba como la “expresión natural de una tradición nacional conservadora y huraña, cerrada a todo contacto con el mundo allende los Pirineos”, mientras que por otro lado estaba el cosmopolitismo lingüístico, que “expresaba una experiencia moderna, abierta y demográficamente móvil de las nuevas nacionalidades surgidas a orillas del Plata”. Esta pugna, porque Gutiérrez discutió por la prensa de la época con el español residente Juan Martínez Villergas, podría ser el inicio de otra disputa desarrollada a lo largo de años: la resistencia en Argentina a las traducciones “gallegas”, como les dicen aquí a las españolas, pero sobre todo aquí en Buenos Aires.

Gutiérrez fue un intelectual que se fue haciendo: primero fue topógrafo y agrimensor, luego junto a Juan Bautista Alberdi y Esteban Echeverría fundó la Asociación de Mayo; gracias a Rosas marchó al exilio, primero a Montevideo y luego a Chile, donde estuvo entre 1844 y 1852. Durante su exilio en Chile, se carteó con Domingo Faustino Sarmiento y realizó la primera antología poética latinoamericana titulada América Poética. Al regresar fue corredactor de la Constitución Nacional. Desempeñó muchos cargos, hasta que en 1861 llegó a la rectoría de la UBA, pero sin duda su papel más importante lo definió Beatriz Sarlo: “Juan María Gutiérrez representa en la literatura argentina la primera toma de conciencia, a través de la cual se contempla un proceso, se evalúa una producción, se crea una teoría y se estudian sus antecedentes”.

No estoy enterado de las huellas que dejó Gutiérrez en su permanencia en nuestro país. En esa época Santiago Arcos y Francisco Bilbao crearon la Sociedad de la Igualdad, sin embargo en el sitio memoriachilena.cl no consigo mayor información de su paso por Chile. Parece como si nunca hubiera vivido allá. Pero doy con otra cosa: la revista Gutiérrez, que creó el editor Andrés Braithwaite. Hojeo los textos del número de enero de 2012 para ver si hay un atisbo de resistencia a la lengua que nos dicta España y compruebo que salvo excepciones (Cuevas, Mellado, Jiménez, Gubbins por razones obvias, en fin los poetas) nos entregamos a esa lengua conservadora de la que hablaba Juan María. Es más, fuera de esa revista no recuerdo a ningún narrador que haya planteado una lengua nacional, no hablo de jerga ni de neologismos, sino de un modo vernacular de expresarnos, salvo Marcelo Mellado y Pedro Lemebel. El resto perfectamente podría pasar por español, peruano, colombiano o internacional. Pero como dice Marcelo Cohen en su ensayo sobre la traducción, esto no es problema exclusivamente nuestro, sino también de España, especialmente de un modo de planchar el idioma que han acometido las traducciones españolas de un tiempo a la fecha, eludiendo las particularidades, las riquezas de nuestra lengua. Hoy, en general, se escribe un español internacional, listo para ser traducido, y toda resistencia ha caído, los pantalones están en los tobillos. Y en este punto pienso qué diría Juan María.


Imagen: Caricatura de Juan María Gutiérrez, por El Tomi.

Publicado originalmente en revista Punto Final y en el blog del autor, 18/03/2016

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