29 de julio de 2016

Don TitoLivio


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Debo a mi padre la insistencia en que estudiara una carrera.

Fue en los años donde las incertidumbres de la vocación por escribir ficciones abrasaba cualquier opción. Y la aventura del amor como destino de convulsiones, hacían desaparecer la realidad. Eran de verdad las novelas, los poemas, y pesadilla el mundo.

Su consejo persistente y los análisis del padre jesuita Julián Ibáñez, me condujeron a la contravía de esa ilusión desatada de obligaciones.

Después unas líneas de Graham Greene me ayudaron a comprender. Leí: en todo arte hay una aspiración de justicia. Y el argumento de Roberto Antonio, mi padre, consistió en la formación humanística que dejaban los estudios de Derecho. Otras épocas, es cierto, otros hombres enseñando.

Percibí que la terca inducción del progenitor tuvo un secreto. La literatura había sido salvada de las servidumbres de la necesidad. Se comía de un trabajo y se vivía de la literatura. No sería humillada por la transacción de ponerle pesos a lo que tiene valor pero carece de precio. ¿Se vende la imaginación, la que no perdona?

Entre los trabajos de pan-comer viene hoy, uno. Por las vías absurdas del recuerdo aparecen esos días. Quien los propició ha muerto. No atino a saber cuánta memoria de quienes mueren va a perdurar. Mármoles, flores, fechas, la endeble voluntad, la lejanía sin guiños.

Ingresé a una empresa de información legal. LEGIS. Tenía el prestigio de haber perfeccionado un sistema que le daba honra y a la par mostraba, por las virtudes de la empresa, el desquicie de un país que pretendía resolver todo con la letra de la ley. Leyes que se contradecían, leyes que derogaban, leyes que sobrevivían, y cada vez un lenguaje de espesa y opaca comprensión.

No fue así. La Constitución de Núñez. El Código de Bello. Las jurisprudencias de aquellas Cortes. La perfección del lenguaje, quién no guarda la descripción de soberanía, constituía el mejor homenaje de respeto y futuro a una ciudadanía en formación.

Los fundadores de la empresa, Caldas y Silva, empezaron con un cuadernillo quincenal donde publicaban, con notas de concordancia, las leyes y decretos de esas dos semanas. Apenas contaban con la publicidad de un banco que pagaba su nombre en la contratapa.

Siguieron, llamaba la atención, con un código Laboral que mes a mes se actualizaba con el mecanismo de hojas sustituibles. Además de la norma incluía las interpretaciones de la Corte Suprema y la doctrina de tratadistas y organismos públicos.

Viví el paso de la máquina de palo a la pantalla.

No olvido que Tito Livio Caldas me hizo leer una bella novela de esquimales, El país de las sombras largas, y con algún respeto un libro sobre la vida cotidiana en la Unión Soviética.

No supe porque ese viejo comunista que devino neoliberal se preocupó por una ideología que supuso en mi.

Imagen: Tito Livio Caldas

La vida: misterio que alimenta el riesgo.

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