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Patrick Modiano y Casa Montalvo, en Biarritz.

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ
Por razones que no vienen al caso últimamente he merodeado a menudo por el barrio de Biarritz en donde se encuentra Casa Montalvo, la que fue residencia del marqués de Casa Montalvo desde 1924 hasta finales de los años cuarenta en que el caserón se dividió en apartamentos, y donde vivió Patrick Modiano uno o dos años de su infancia, entre 1949 y 1950 o 1951, no es muy preciso al respecto, ni en Livret de famille (1977), ni en Un pedigree (2005), que es donde de manera más directa habló del lugar. En Accident nocturne (2003), Casa Montalvo le sirve como dirección para una de las falsas identidades de su narrador. Modiano cuenta que vivió ahí con su hermano Rudy en un pequeño apartamento cuyas ventanas daban al vecino palacio Gramont.
Paso muy a menudo por delante del numero 114 de la rue d’Espagne, me meto por callejuelas, las que llevan hasta la escuela primaria a la que acudió, voy hasta el viejo cementerio de la iglesia gótica de San Andrés, en la que fue bautizado Modiano, y leo epitafios del siglo XIX, a medias borrados en las lápidas descalabradas: familias desaparecidas, militares ingleses, aristócratas españoles, franceses e ingleses…. En invierno y primavera la mayoría de las casas de los alrededores están cerradas. Ahora hay surfistas que pasan con sus tablas, familia de vacaciones en fila india más o menos derrengada y otra gente que se ve es «de antes», de un Biarritz elegante, poblado por personajes crepusculares, muy novelescos según criterios que hoy me resultan ajenos.. No sé quién vive en esa y otras residencias de lujo de la zona, estilo neo vasco o racionalista o una mezcla de ambos. En 1987 ambienté en ese dédalo de callejuelas algunas páginas de La caja china, una novela modianesca que tardó diez años en publicarse, cuando ya mi escritura era otra. A veces me he preguntado por la identidad de ese marqués de A., un vasco que escribía poemas que tenía relación con su madre, y no encuentro la respuesta.
A Modiano lo descubrí hace casi cuarenta años. Pasé unas navidades en París (creo que las de 1978) encerrado en casa leyendo una detrás de otra todas las novelas que había publicado hasta entonces. Me marcó, no me importa confesarlo, y creo que la lectura de su obra influyó en tres de mis novelas primerizas, Los papeles del ilusionista, Tanger bar –al escultor Remigio Mendiburu le conté quién era Modiano a la vista del cartel del bar– y La caja china.
Me resultaba muy seductora su forma de deambular a tientas por la niebla de sus recuerdos, entre lo vivido y lo imaginado, y sobre todo lo inexplicable, siempre a la búsqueda del rastro que dejamos a nuestra espalda y del de la gente con la que nos hemos cruzado y de la que mucho más tarde nos damos cuenta de que no supimos gran cosa y sin embargo influyó en nuestra vida.
Escribí artículos sobre su obra en Camp de l’arpa, en Ere, de San Sebastián, en periódicos de provincias digamos, y en otros que no lo eran. Muchos. A ratos me exaspera, como le exasperaba a su valedor Paul Morand (correspondencia con Chardonne) y al mismo Frank, pero lo cierto es que en cuanto veo la pizarra de «le nouveau Modiano est arrivé» lo compro y leo, sin sorpresa, pero con gusto. Ya no sé si me encuentro con Modiano o conmigo mismo, con el que fui quiero decir. En ocasiones vuelve el entusiasmo primero, en otras me da la impresión de recorrer un camino que ya he recorrido aunque no haya reparado en todos sus detalles. No hay libro de Modiano que no tenga alguna acotación.
Esta tarde pasé también por Casa Montalvo. En un ventanal de la planta baja se asomó una anciana vestida de negro con un gran collar de perlas al cuello. Estuvimos un rato observándonos, luego ella corrió las cortinas y desapareció, y yo también, camino de la iglesia de San Andrés. Tenía las puertas abiertas a la espera de un funeral de cuerpo presente. En el atrio, un vagabundo urbano dormía a la fresca abrazado a su perro.


Comentarios

  1. Me incitó a la lectura de Modiano. Saludos, querido amigo.

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