1 de septiembre de 2016

Tres poemas inéditos de Homero Carvalho


HOMERO CARVALHO -.

Memoria incendiada

Está mi niñez en este país
de pumas pétreos y serpientes aladas,
de jaguares azules y aves canonizadas,
de bejucos alucinógenos y hojas clarividentes.

Está mi infancia en un pueblo a orillas de un río
y en las calles en llamas de una ciudad de las alturas.

Está mi niñez en los textos mecanografiados de mi padre
y en las palabras/regazo de mi madre/gramática de la ternura.

¡Ah mi infancia!
Aún cabalga en un caballito de madera
junto a Emiliano Zapata en el cine México.

Ciudad irreal, infancia real.
Infancia real, ciudad irreal.

Mi juventud está en unos libros perdidos,
y en los adoquines desenterrados contra las dictaduras,
que valían más que todas las palabras inventadas
para nombrar a la revolución y sus caprichos.

Está mi juventud en la subversiva urgencia del amor
y en las cantos que prometían rojas madrugadas
con su rumor de promesas improvisadas.

En los oscuros zaguanes,
por donde escapa el viento del pasado,
y en los parques sin luna,
está mi juventud descifrando el deseo.

Detrás de los balcones de las casas coloniales,
entre máscaras, disfraces y botellas vacías
me aguardan palabras confinadas por la realidad;
y entre ellas está mi insomne juventud,
aguardando por mis enfermos huesos,
para develar los motivos del jaguar azul,
el ascenso pluvial del ave del ocaso
y reescribir las profecías hostiles al desengaño.

En el abismo de la ciudad
los verbos diseminan la noche,
los barcos parten sin aviso alguno
y el niño y el joven que fui
resucitan desnudos en la plaza de los héroes.


Los abuelos

Los abuelos de mis abuelos
no imaginaron cómo era la patria,
porque la inventaban cada día.

En sus sueños
la patria era el hogar,
el techo que salvar antes de las lluvias
y el árbol elegido para que se transforme
en la madera de la cama de los hijos.

No importaba si no conocían el país,
porque al despertar había que contar los sueños
conjurando las pesadillas,
con salmos matinales
y tisanas de paja cedrón,
para que la esperanza
no sea enterrada con el hijo de los vecinos,
que murió de viruela y ningún santo pudo salvarlo.

Los abuelos de mis abuelos
no figuran en los libros de historia,
porque no fueron héroes ni villanos,
aunque muchos de ellos empuñaron la espada
cuando los hechos eran más urgentes que las palabras.

Los abuelos de mis abuelos
no despojaron a nadie de sus tierras,
su conquista fue la del territorio de sus amadas
y fueron guerreros de la alborada
alistando los machetes
para cortar el sol en pedacitos.

Hubo artesanos y costureras
entre los abuelos de mis abuelos
y alguno cantó a orilla de los ríos,
mientras otro escribía poemas.

También hubo ganaderos y herreros
y quién sabe qué otros de mil oficios
porque en el pasado los títulos los daba la vida.

Los abuelos de mis abuelos
fueron portugueses, indígenas y españoles,
¿acaso importa?
Importa el amor que nos legaron
y las palabras de este y del otro continente
con las que narraban el asombro cotidiano.

En mi pueblo, Santa Ana del Yacuma,
la nación de los Movimas,
los nombres de Leónidas y Raquel,
mis abuelos paternos,
son pronunciados por niñas y niños
en las escuelas que ostentan sus nombres
y los de Nemecia y Humberto,
mis abuelos maternos,
son recordados en las cenas familiares.

En ustedes, portadores de mi nostalgia
está mi pueblo ausente.

Ellos, viejos sabios, les contaban cuentos a sus nietos
en los que aparecían y desaparecían duendes y viuditas,
y sus rostros se transformaban en los monstruos de las leyendas.

Los abuelos de mis abuelos creían en las aves agoreras
y en los cotidianos milagros de la Virgen.

Eran buena gente los abuelos de mis abuelos.
Y aunque no son los héroes de ninguna saga histórica,
la patria no habría existido sin los sueños de mis abuelos.


La sombra de las palabras

Hay muertos que vienen conmigo,
despiertan antes del desayuno
y desordenan la cama,
para que crea que he dormido en ella
y olvide que he amanecido en este cuerpo viejo y cansado.

Cuando el día duerme en mis ojos
mis muertos me acompañan a bailar
en las antiguas discotecas del barrio
y a bostezar en las aulas de la universidad,
en la que alguna vez quise ser alguien.

Uno de los muertos fue poeta,
desapareció en una dictadura,
y su ausencia quedó tatuada en la piel de mi memoria.

De sonrisa triste una muchacha suicida,
me aguarda en la Plaza del estudiante
de la ciudad de La Paz,
donde sigue espantando
las convicciones de los enamorados.

Pasada la medianoche, el héroe de la Guerra del Chaco,
que vivía con nosotros en un vecindario paceño,
viste su uniforme de gala y entona el silencio
en su trompeta de guerrero veterano;
apenas recuerdo su rostro y sus centenarias arrugas,
sé que fue mi padrastro y me enseñó el arte de las batallas
para que no me muriera en la víspera de la vida.

Duermo y despierta mi padre Antonio,
conversamos hasta el amanecer
le cuento de sus nietos y nietas
que él hubiese querido abrazar
y decirles que los amaba
¡Él, que tuvo tantos hijos y se murió tan joven!

Él duerme y yo despierto.

El despierta y yo duermo.

3 comentarios:

  1. Me encanta leer poesia, mas cuando viene de la mano de este gran maestro....Gracias Don Homero por escribir tan lindo

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  2. Anónimo2/9/16

    Gracias por estos poemas. Cuando las palabras, usualmente mentirosas, apuntan fuera de nosotros se vuelven verdades compartidas. Recordé a mis abuelos maternos que cambiaron la fría Belarus por la tierra rojiza del Paraguay.

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  3. Muchas gracias por sus comentarios

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