18 de octubre de 2016

Bienvenido, Bob

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Cada vez, el mundo y sus seres, están lejos de tener un orden secuencial, una cronología progresiva de sus aconteceres, sorpresas, esos aparentes finales que llaman resultados.

Los lectores reconocen en los poetas una llamativa intuición para escribir ensayos. Indagadores de misterios asumen los riesgos de incendiarlos o embellecer sus oscuridades con la sola potencia de sus iluminaciones poéticas o el rigor de sus clarividencias. Octavio Paz, Álvaro Mutis, Heaney, Brodsky, Bonnefoy, Herbert, Tranströmer, Juan Manuel Roca, David Jiménez.

Pero hay ensayistas espléndidos que no se han ocupado de invocar un verso, ni de tejer novelas, ni de atrapar el instante de un cuento. Su entrega intelectual parece destinada a crear estructuras de belleza y libertad al pensamiento. Estos, hasta ahora, no han recibido la atención de la Academia que año tras año saca las fichas del premio Nobel de literatura. El ensayo literario, olvidado por ingrata liviandad. Género adulto si lo hay, apuesta y buceo profundo.

Hay esperanzas, si acaso es una virtud que pueda apostar al designio ajeno. La esperanza al principio. La esperanza al final. Hay final¿?

Siempre donde algo acaba todo empieza. ¿Arduo no?

En el amanecer del jueves la noticia anunciaba al escogido: Bob Dylan.

Me llegó una imagen que me hizo pensar si acaso los años enseñan el sentimiento de compañía de los muertos de cada quien. Ellos, en su invisibilidad, permitiendo un diálogo incesante en el cual, quienes seguimos vivos, cargamos la responsabilidad de descifrar lo que nos dicen.

Mi amigo Eligio García Márquez, al verme, se acercaba y exhibía unos pasos que daba cuando era alegre. Pasos de camaján de barrio que no cabe en la calle. Antes de saludarme entonaba o una de Bob Marley, u otra de Bob Dylan, o un título de un autor que seguimos espiando con devoción: Bienvenido Bob.

Le dije: ¿qué te parece lo de los suecos?

Lo vi inclinarse, ahora flexible. En el cielo son expertos en trajines del aire. Apoyó las manos en las rodillas y sostuvo el estropicio de la risa. Respondió: ¿te acuerdas?

No como tu, Campeón, - le repliqué - .

Se refirió Eligio, en el destiempo de la eternidad, a la fecha en que acompañó a su hermano mayor a recibir el premio Nobel. Allí, como dicen algunos cartageneros, se impusieron las vainas de Gabito. Para bien, por cierto, para eso era el rey: para mandar en él. Me pondré mis calzoncillos largos, mi liqui liqui como el del abuelo, ahuyentaré la superstición de los trajes de pingüino: traen mala suerte. Como lo solemne, envenena el alma. Y en ese frío de hielo, compadre.

Calentar el corazón: acordeones, gaitas, tambores, voces rasgadas de vaquería, voces quebradas de enamoramiento.

Los suecos, aburridos de besamanos, de discursos sin dimensión, se acordaron de Batata, de la fiesta inolvidable.

Invitemos a Dylan, dijeron. ¡Qué maravilla!

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