8 de noviembre de 2016

Ciudades que el viento se llevó

Actual Puerto del Hambre o Ciudad del Rey Felipe, ribera norte del Estrecho de Magallanes, Punta Arenas, Chile.

PABLO CINGOLANI -.

“Tome la salida 2 del plano de Punta Arenas, que corre a orillas del Estrecho de Magallanes entre parcelas agrícolas y caletas de pescadores. En el lugar podrá degustar mariscos. (…) En el km 51 hay un triple cruce y un monolito que señala el Centro Geográfico de Chile (la distancia entre Arica y el Polo Sur). Tome el camino de la izquierda para llegar, en 2 km, a Puerto del Hambre (Monumento Histórico Nacional). En esta hermosa bahía, cerrada por penínsulas rocosas cubiertas de arboles, Pedro Sarmiento de Gamboa fundó la ciudad Rey Felipe el 25 de marzo de 1584”.
Guía Turística de Chile. Sur: Chillán a la Antártica. Turistel-CTC, 1999. Pág. 300


Murieron de hambre. Murieron de desesperación. Murieron porque se dejaron morir. Casi siempre, la historia es cruel. Pero en este caso, la historia es tan cruel que además de abrumar, sigue intrigando. Trescientos seres humanos devastados por falta de comida y por falta de fe, lacera cualquier conciencia. Los por qué de tan terrible suceso, inquietaron en su momento y siguen inquietando, por más respuestas que se hayan ensayado y buscado probar.[1]
Duele, y duele de verdad, porque se trata de un final atroz que, tal vez, pudo haberse evitado. Tal vez. O fue el precio que impuso la ceguera: no hubo interés por entender al otro, por tratar de entenderlo —a ese otro al que se consideraba salvaje, bárbaro, hostil, feroz e inhumano— pero que hubiera sido la llave para acceder a las soluciones de sobrevivencia, a la posibilidad de vivir y no morir, morir de hambre, morir de desesperación y de espanto.
¿Un enigma de la historia? No. Un despropósito: se trata del final irreal, el final alucinatorio, el final abrupto y escabroso del intento de la corona española por habitar el estrecho de Magallanes, allá por el 1580. Se trata de la triste historia de las ciudades que el viento se llevó.
Sucedía que esos años, los corsarios ingleses –aquellos que nosotros conocemos como piratas- estaban acechando, asolando las posesiones españolas en América del Sur. Drake, Sir Francis Drake para Su Majestad Británica, era el nuevo Atila, un Atila de los mares.
Y los españoles temían. Temían por Lima, la Ciudad de los Reyes, y su pequeña corte opulenta; temían porque, al final, cayese.[2] Temían por Potosí y su Cerro Rico y su inmenso caudal de plata, plata de alta ley, plata a raudales, macerada en la carne fresca de los mitayos que morían, pobres mitayos, por miles. Temían por todo: hasta alucinaban que los ingleses –los pelirrojos de las crónicas- navegasen el Amazonas río arriba y se apareciesen de improviso, por detrás, y rompiesen el culo del imperio “donde nunca se ponía el sol”.
Así se vanagloriaba España, esos días donde gobernaba Felipe II, un rey místico y tan desquiciado que tras su intento por doblegar a la isla, a “la pérfida Albión”, y a su reina por mar –lanzando en su contra la más famosa de todas las expediciones náuticas fracasadas, la llamada Armada Invencible o la Grande y Felicísima Armada-, se encerró en las soledades y las sombras de El Escorial, para morirse allí adentro, culpando a Dios -¿a quién sino?- de sus desdichas.
Un fiel vasallo, Pedro Sarmiento de Gamboa, propuso un plan alternativo: había que frenar y cercar a los piratas, había que repelerlos y doblegarlos allí donde la geografía dictaba un paso único e inevitable y un punto de no retorno: el Estrecho de Magallanes. Atrevido plan, pero cierto.[3]
Pedro Sarmiento moraba en Lima y era una mente ilustrada, culta como pocas en su tiempo. Escritor de luces, marino experto, cosmógrafo y estratega, convenció al monarca de su osadía y, para probarlo, se lanzó al estrecho por segunda vez desde occidente, veinte años después que un tal Ladrillero lo hiciera, aunque no quedase ni memoria de tal suceso. Y se lanzó a la empresa no sólo para “descubrir” una vía práctica por el paso interoceánico hacia las Europas, sino con la gente suficiente para poblar sus costas, fundar ciudades y afirmar la presencia de su imperio, y de esa manera salvarlo de los ingleses. Fundar ciudades en el Estrecho de Magallanes, esos tiempos, era la osadía.[4]
Pedro Sarmiento hizo las cosas en regla, a la usanza de la época. Fundó dos ciudades: Nombre de Jesús y Rey Don Felipe. No contó con la hostilidad de los elementos en contra. No pudo prever que la naturaleza sería tan implacable como siempre suele ser. No pudo adivinar que su barco sería secuestrado por los vientos, por los vientos indomables de la Mar del Sur y que jamás pudiese volver a sus ciudades, fantasmales ciudades, ciudades imaginarias pero ciudades legales al fin y al cabo, las ciudades que el viento se llevó, junto con sus sueños geopolíticos y sus afanes humanistas. “Los cadáveres todavía estaban dentro de las casas donde murieron como perros”, anotó Thomas Cavendish, otro marino inglés, otro pirata, en su bitácora cuando se topó con el desastre y con Tomé Hernández, uno de los pocos sobrevivientes de un cúmulo de desatinos que forjaron un faro de tragedias. Era el año de 1587.
“A dos millas de allí, viajó el general en la chalupa a lo largo de tres millas en un bello y grato río (…) Allí descubrió diversos salvajes muy indómitos, que eran caníbales, y comían carne cruda. Sin duda son los que aniquilaron a los españoles en Phillippe Ville, posteriormente Puerto del Hambre”, como el mismo Thomas Cavendish bautizó el sitio. Hasta hoy se lo recuerda así: Puerto Hambre, Puerto del Hambre. Pedro Sarmiento intentó regresar allí pero no pudo hacerlo: la naturaleza, la muy implacable, se lo impidió para siempre.
Cavendish no hizo más que solidarizarse con las victimas de acuerdo al pensamiento dominante de su época: a los desdichados españoles se los comieron los indios, los caníbales, los salvajes. El testimonio de Tomé Hernández, dado en Lima recién en 1620, tras que éste escapó de sus captores británicos y deambuló por Chile y todas partes hasta llegar a la misma Lima de donde había partido cuarenta años atrás y dar fe de lo que realmente sucedió, desmiente al inglés, y empezó a poner las cosas en su sitio. El testimonio (inspirador, por cierto) de Tomé puede leerse en la recopilación de las memorias de Sarmiento, impresas en Madrid en 1768.
Los caníbales de Cavendish eran los alacalufes del estrecho y sus islas y no eran ningunos caníbales: eran uno de los pueblos más especializados del mundo entero en el arte de vivir, de sobrevivir en las circunstancias más extremas y las más desdichadas para alguien, para todos los que no sean alacaluf, o yámana, sus colegas del fin del mundo austral. ¿Por qué los españoles no quisieron aprender de ellos? ¿Por qué se dejaron morir cuando podían haber vivido? Ese sí, es un enigma de la historia.
Dos años después del rescate de Tomé Hernández, apareció por esas playas, otro navegante, otro pirata, otro inglés. Se llamaba Merrick, capitán Andrew Merrick. El encontró al último sobreviviente de las ciudades del Estrecho, al llamado “sobreviviente desconocido”, ya que, en las memorias que escribió William Magoths, miembro de la tripulación de Merrick, no consigna nombre del peninsular.[5]
Hay escasas referencias a la expedición Merrick; las que anotamos las tomamos de la Historia general de Chile del canónico Diego Barros Arana. Ante el éxito comercial de Cavendish, un hombre llamado John Chidley organizó una expedición de cinco naves, llevando más de cuatrocientos hombres, y que zarpó de Plymouth, rumbo al Pacífico español,  el 5 de agosto de 1589. En la costa de Berbería (la actual Marruecos), la flotilla se dispersó (¿Por una tormenta?) y sólo una nave prosiguió rumbo al sur: la Delyght (Delicia), que tenía noventa y un hombres de tripulación, y estaba al mando del tal Merrick.
Con la esperanza de reencontrarse con sus compañeros, Merrick puso proa a Puerto Deseado, famosa desde los tiempos de Magallanes y de Drake, donde permaneció 17 días. La espera fue en vano: ninguna de las otras cuatro naves acudió a la cita y para peor, 16 hombres de la tripulación del Delicia habían muerto por enfermedades o accidentes. Más Merrick no se rindió: el 1 de enero de 1590, penetraba en el estrecho de Magallanes, pero se detuvo algunos días en una de sus islas para renovar sus provisiones mediante la salazón de pájaros. Pero la desgracia lo perseguía: durante una tempestad, naufragó el bote de su buque con los quince hombres que lo montaban. A pesar de este contratiempo, no desistió en su intento de llegar al océano Pacífico.
Ahora cito a Barros Arana: “Al llegar al sitio donde estuvo fundada la ciudad del rey don Felipe, los expedicionarios tomaron a bordo un español que era el único resto que quedaba de las tropas que Sarmiento había llevado a esa región. Contaba ese infeliz la historia de sus padecimientos, habiendo visto perecer de hambre a sus compañeros, y viviendo él mismo las mayores penalidades”.[6]
Lo que continua es el intento por reconstruir su testimonio, su testimonio probable, su testimonio poético, su testimonio de vida y muerte en el estrecho, en el país del viento. Hay ecos muy lejanos de la famosa carta que Lope de Aguirre, El Traidor, envió al rey de marras, a Felipe II, pero, en lo esencial, está basado tanto en las crónicas de Pedro Sarmiento como en el testimonio de Tomé Hernández, el anterior “último y único” sobreviviente de la fracasada experiencia española por urbanizar el estrecho. El testimonio del último morador de las ciudades que el viento se llevó…
Testimonios del sobreviviente desconocido (Puerto Hambre, 1589)
Estamos solos. Estamos solos en el fin del mundo. Solos, lo que se dice solos, solos absolutamente solos, no. Estamos nosotros y está el viento. 
Un viento feroz, como tigre al acecho. Un viento sin piedad, sin memoria. Un viento tártaro: un viento que no se rinde jamás. Un viento que no sabe amainar, que no duerme. No sabe arrinconarse, ni detenerse. No sabe callar, ni doblegarse. Un viento que exilia todo entusiasmo. Toda ilusión. Toda felicidad se la lleva lejos. Maldito viento. 
También están las olas. Estamos solos y están las olas. Olas que martillean mis mejillas con sus gritos, se azotan entre ellas, retumban como catedrales que se derrumban y se astillan en mil pedazos, caen como cristales que laceran y claman mensajes que no comprendo, que quisiera comprender pero no puedo.
Las olas y el viento. Alguien, alguna vez, cantará a su doble y embriagante hechizo, a su conjunción amatoria,[7] pero sepan, sepan por Dios y sepan bien: estas olas y estos vientos no son las que acariciaran a los poetas, estas olas y estos vientos no son los del mar de Panamá o las islas de Jamaica, no son las brisas y las aguas de Guadalcanal, estos vientos y estas aguas no son de ninguna parte, tal vez no son de este mundo, salvo de este confín insensato a donde insensatamente hemos llegado, y donde estamos solos.
Y todo por ti. Todo por ti, majestad, todo por ese sol sin misericordia. Todo por ti y por ese sol que no puede ponerse. Y todo por ese loco desalmado y febril y alucinado y demente del gobernador Sarmiento que viene y que va de aquí para allá —da lo mismo el norte o el sur en este páramo— dando órdenes tan insensatas como este lugar donde sólo estamos nosotros, las olas, el viento.
* * *
Estamos solos. Así nos sentimos. Pero vimos huellas, vimos rastros, pisadas, dardos, remos, redecillas, señales de gente… [8] Son ellos. Son invisibles. Son ellos. Son invisibles pero yo los veo.  Apenas puedo dormir entre el oleaje de cuarzos y el ventarrón de látigos, y cuando apenas lo logro, ellos aparecen en mi sueño. Son invisibles pero yo los sueño.
Allí, su presencia. Allí, están pintados los demonios. Lucen como esos asquerosos celtas de los cuentos de noche que me contaba mi abuelo, habitantes de eriales como ellos, como los invisibles que yo veo, que yo sueño.
No los vemos pero los sentimos, sentimos su olor. Un olor tan acre, tan espantoso, que desmaya y es de temer. Olor a bacalao pudriéndose. Olor a duna muy meada. Olor a pellejo de burro viejo. Olor a cien mil moros juntos, muertos de miedo, asediados. Olor a reina. Olor a niebla, cerrada. Olor a muerte, a mala muerte.[9] Olor a nuestra muerte, tan próxima, tan ajena. Olor a nosotros, asediados, muertos, muertos de miedo, antes de morir.
Despierto, y el viento sigue ahí. 
Despierto y no sé si prefiero seguir soñando con mis futuros devoradores o escuchar el canto atroz de estas sirenas australes que aquí, en el fin del mundo, se han desatado y me acosan, me hieren, no me dejan dormir.
Todos los días lo mismo: todos los días el viento.
El viento que labra historias en mi mente, historias insensatas, como este lugar, este desierto, insensatas como las órdenes que Sarmiento desparrama aquí y allá —y nadie lo escucha: sólo se escucha al viento—, insensatas como tu imperio y tu gloria, tu recuerdo y tu condena, majestad.
Historias insensatas: salvarse, llegar al puerto de Santa María,[10] buscar arribar de algún modo, a pie, nadando, soñando —allí está Pedro, mi amigo de Lara—, o sino develarme a ellos, que los invisibles me vean, y me lleven consigo y me rescaten y me den de comer otra cosa que no sean ostras y mejillones podridos. Tal vez mis sueños se confundan, tal vez ellos se parezcan a los gigantes,[11] tal vez sea yo el que no entiende nada, tal vez el viento no me deja entender, tal vez el viento…
Tal vez el viento que arrecia cada vez más, que abruma cada vez más, que asusta cada vez más, me haga creer que puedo salir de aquí. Nadie puede salir de aquí. Menos un soldado andrajoso y muerto de hambre, como soy yo.
Hay seis mil leguas entre esta playa de mierda y mi casa de Badajoz donde mi madre, acaso, me sigue aguardando con un plato de lentejas que humea, y tocino fresco, y sus abrazos y vino del Guadarrama.
Hay seis mil leguas de mar, de océano, de viento, de nada, entre esta playa de mierda donde mis huesos se hielan y tu palacio y tus capitanes, tu palacio y tu corona, tu palacio y tus lebreles —que bien me los comería en olla y con patatas, con el hambre que tengo, majestad.
Nadie saldrá vivo de aquí, majestad. Allí están los muertos, nuestros muertos, para probarlo. Muertos en Nombre de Jesús.[12] Muertos en nombre de nada. Muertos en la travesía insensata que emprendimos por las ordenes insensatas del insensato general Sarmiento para acudir desde allí hasta aquí. Una travesía insensata a través del viento que de tan común que es, y tan abundante y siempre presente, se me está volviendo lo único sensato.
Muertos que se caían como colmados de plomo y de yeso, muertos que se desmoronaban como piedras, muertos que no eran capaces de dar más un solo paso. Ya estaban muertos antes de darlo. Ni un solo paso más para ir desde ninguna parte hacia donde ni Dios debe saber dónde andaremos, donde, mi Dios, estamos.
Dime eso, majestad, tú que lo sabes todo: ¿dónde estamos?
Tú no lo sabes, majestad, pero yo, tu vasallo, yo que me cago de hambre y de frío en pro de tu gloria y de tu imperio, tu dolor y tu culpa, yo que no sé nada, yo que soy sólo un soldado en harapos y en hambre, yo te diré.
Si este país tiene un nombre antiguo, no lo sé. Pero si de algún modo, hay que nombrarlo, no se puede llamar sino así. Este es el país del viento. El país del viento, majestad. Tu país de viento, de ceniza y de viento. Y en el país del viento, todos los días lo mismo: todos los días, la nada. Todos los días ellos, que no los vemos. Todos los días, el viento.
Estamos solos en el fin del mundo. Estamos solos, estamos tristes, en el país del viento. Nadie saldrá vivo de aquí, majestad.
* * *
Y nunca más volvió.[13] El loco, demente, salvaje de Sarmiento, un día partió y nunca más volvió. Nunca más volvió. ¿Nos quedamos más solos? No lo sé. El viento sigue ahí.
El viento, de tanto sentirlo azote, ya se ha vuelto placentero. El viento de tanto mezquinarlo, ya lo busco, como busqué al pan, como lo seguí buscando por días, por meses, por años. Al viento, lo encuentro siempre. Al pan, nunca. Pero ya no me importa. El viento sólo quiere jugar, y yo, majestad, no me rindo: juego.[14]
Juego con el bosque impenetrable que está allí, a mis espaldas. Juego con las olas, que ya no me arrebatan, ya no me hostilizan, ya no quieren llevarme a ninguna otra playa. Mi madre, de seguro, ya habrá muerto, llorando mi ataúd inexistente, llorando mis lágrimas. El viento sigue aquí. Juego con el viento.
Pedro Sarmiento se fue y nunca más volvió. Ahora el viento es mi capitán, es mi gobernador, es mi ilusión, es mi sueño, es mi hermano, es mi compañero. Este es el país del viento; este es el país, de su majestad: el viento. La indomable, inalterable y siempre presente majestad del viento.
No tu majestad de ejércitos deshilachados y amortajados de codicia, codicia que es mentira ya que tú siempre te quedas con la mejor parte. No tu majestad y tus fiebres filipinas, dignas sólo de ti, de un orate ensimismado en sus fervores de monje necio que no ve ni las ventanas del mundo ni menos sus confines, donde me has confinado, y yo, aún así, yo te lo agradezco.
Te agradezco haberme sepultado aquí y que el viento, tanto viento, me haya, no en tres días, pero al fin, me haya resucitado.
Ahora estoy vivo. Antes era tu soldado, tu vasallo, antes estaba muerto. Ahora estoy vivo en el país redentor, en el país más alejado de todos, en el fin del mundo, el país del viento, el país de su majestad, el viento.
Estamos solos en el fin del mundo. El viento y yo. Yo y el viento. En realidad, yo no estoy, sólo está él. Solo está el viento.
Pablo Cingolani
Río Abajo- Bolivia, noviembre de 2015


[1] Ver Jorge Fernández: Análisis de las causas concurrentes al fracaso de las colonias españolas de 1584 en el Estrecho de Magallanes, Patagonia Austral. En: Culturas indígenas de la Patagonia, edición a cargo de Roberto Bárcenas, Turner, Madrid, 1990. Ver también: María Ximena Senatore, Mariana De Nigris, Ricardo Guichón y Paula Palombo: Arqueología en la Ciudad del Nombre de Jesús: Vida y muerte en el Estrecho de Magallanes a fines del siglo XVI, 2007. Disponible en internet. Sobre estas investigaciones, hay una nota de prensa firmada por Mariela Arias, publicada en la edición digital del periódico La nación, el 16 de abril de 2006. El texto se titula Hallan restos de una colonia de 1584 y dice así: “Una moneda de 8 reales con el escudo de Castilla y León, dos planchas de metal y el resto de una botija española de cerámica aparecieron a un metro y medio bajo tierra. Las arqueólogas argentinas Ximena Senatore y Mariana de Negris supieron que estaban frente a un hallazgo arqueológico sin precedente, y lloraron”. (Las negritas son del autor del texto)
[2] En febrero de 1589, Drake había atacado el puerto de Lima, El Callao.
[3] La Guerra de las Malvinas, contra los piratas de Margaret Thatcher, lo confirmaría.
[4] Allí en esa geografía es donde se vuelve a comprobar cómo esa manía hispana por urbanizar y poblar se conjuga con el delirio y se confabula con esa soberbia de espíritu que en el siglo XVI no tenía límites: en los extremos geográficos del continente, es decir en las selvas, en los desiertos, en el inmenso sur del mundo, no habría ciudades, no pudieron existir ciudades, hasta el más trágico (hasta ahora) de todos los siglos: el siglo XX. Ayer nomás fue que el capitalismo periférico que padecemos pudo fundar, como tales, a ciudades como Manaus o Leticia, como Antofagasta, como Trelew o Comodoro Rivadavia, o como Punta Arenas, la más cercana a la zona de desastre que narramos.
[5] El manuscrito de Magoths está fechado en 1590 y se titula “Another briefe relation of the voyage of the Delight a ship of Bristol one of the consorts of Mr John CHIDLEY and Mr. Paul WHEELE made upon the Straight of œMagellan. Begun in the yeere 1589”. Figura en el renombrado “The Principal Navigations, Voyages, Traffiques and Discoveries of the English Nation”, recopilado y publicado el 1600 por Richard Hakluyt, y que fue un libro muy celebrado en su época.
[6] El resto del viaje de Merrick fue un tejido violento de contratiempos y de padecimientos. Construyeron otro bote con las tablas de sus cofres y enviaron siete hombres a tierra, pero “todos ellos fueron asesinados por los salvajes”. A pesar de todo, consiguieron doblar el cabo Froward, pero siempre fueron rechazados por vientos contrarios, perdiendo tres anclas y más de treinta hombres. Los que quedaron vivos, se sublevaron y obligaron a Merrick a dar vuelta atrás, tras seis semanas de luchar contra los rigores del clima. El 14 de febrero, entraron de nuevo en el Atlántico, en un estado calamitoso de miseria y desesperanza. Privados de todo auxilio, el viaje de regreso fue una pesadilla, una cadena de penurias. El 30 de agosto, fondeaban en Cherburgo, en Francia, pero sólo habían quedado vivos seis individuos, entre ellos Magoths. Los demás, y entre ellos el capitán Merrick y el español recogido en el estrecho, “el sobreviviente desconocido”, habían sucumbido al hambre y a las privaciones de aquel viaje desastroso.
[7]  Es inevitable aludir a la canción Tiritando del cantante argentino Donald, año 1967.
[8] “pero hasta agora no se había visto gente”. Pedro Sarmiento de Gamboa: Relación y derrotero del viaje y descubrimiento del estrecho de la Madre de Dios antes llamado de Magallanes, 1580.
[9] Muerte sin provecho alguno. La expresión la usa Pedro Sarmiento.
[10] Se refiere al puerto de Santa María del Buen Ayre, la actual ciudad de Buenos Aires, que había sido (re) fundada por Pedro de Garay en 1580.
[11] Se refiere a los indios tehuelches, ya descriptos así por Pigafetta, el cronista del viaje del portugués Magallanes, descubridor del estrecho que lleva su nombre. El primer contacto de los españoles de Sarmiento de Gamboa con los tehuelches, fue pacífico y amistoso.
[12] Juego de palabras aludiendo a la primera población española en el estrecho de Magallanes, fundada por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1584
[13] Tomé Hernández dixit.
[14] Uso el verbo jugar como lo utilizó el propio Sarmiento de Gamboa en sus memorias de viaje.

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