17 de noviembre de 2016

Echale tierrita y tapalo


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Hay tiempos, a pesar de que la luna se acerque a la tierra, los aguaceros reiteren su estruendo de azotes contra techos y ventanales y rebasen los canales, pongan corrientes nuevas sobre calles y solares abandonados, tiempos en que el calendario parece recoger del suelo tantos nombres y números repetidos y vuelven desde las oscuridades del olvido para mostrar que seguimos en el atolladero.

Esto produce sensaciones de agobio y de aburrimiento.

¿Cómo es posible que no se distingue el bien, su clamor de una oportunidad, de ese revuelto de egoísmos y desfachatada gritería que ensordece el corazón?

En tiempos así las palabras se rebelan, espantadas de la repetición se resisten, temerosas de aumentar o endurecer la costra de una realidad sin destino.

Aquí adquieren una importancia tierna los viejos, humildes oficios. Caminar acompañados. Acampar en la plaza. Sembrar una flor. Cantar. Tejer. Recordar.

Quizá la urgencia de tal sosiego predispone a algunos a detenerse y admirar los asuntos que absorben la vida y le ofrecen un espacio seguro. Es posible entonces que adquieran un sentido especial los actos y acciones que carecen de interés, de utilidades inmediatas. Perduran en su obstinada dedicación. En su obstinación desarmada.

Entonces se concentró mi interés en las respuestas que una artesana del taller de restauración del museo del Prado ofrecía a la curiosidad de una escritora.

Parecía imposible que un designio de historia y atenta nobleza humana preservara unas visiones que atravesaron siglos. El Bosco. Goya. Velázquez. Allí, en manos y ojos de Herlinda Cabrero, la restauradora. ¿Qué queda del largo camino de dioses, ángeles, pontífices, santos, guerreros, reyes, nobles, enanos, batallas, semejantes vestidos y desnudos, hasta el hoy de Matisse y Duchamp, también perecederos?

¿Qué queremos dejar al incierto, incontable porvenir?

Las contestaciones de la restauradora Herlinda alcanzan la percepción personal que ella recibe de cada pintor. Algunas son lo contrario de la idea general, común, que la gente ha recibido de los historiadores. Goya le parece alguien que ponía el corazón en todo. Velázquez una buena persona por la manera en que trató a los enanos. La seduce la clave humorística de El Bosco, capaz de fundir el poderoso tema del pecado y la vida cotidiana. Y mostró la clave que sostiene su diálogo con los artistas cuya obra restaura: se puede hablar toda la vida de Las Meninas, o de El jardín de las delicias.

Ese oficio delicado y entretenido hace surgir la cuestión de cómo sería la sensibilidad de hoy si se dejara borrar el pasado. Si los aviones de la guerra hubieran acabado con los museos. Presente breve.

Es descomunal el esfuerzo por descubrir en la pintura que se desvanece la dirección del pincel, el espesor, la presión del trazo. Y aquella luz que a lo mejor ya no existe.

¿Qué nos dice?


Imagen: Fragmento de El jardín de las delicias, del Bosco.

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