15 de diciembre de 2016

Cadena perpetua de sentimientos

PABLO CINGOLANI -.

Donde el valle comienza a cobrar verdor, fulgor, ardor definitivo y se disuelve hacia el Chaco nunca rendido siempre Gualamba; allí, donde las nubes todavía cortejan con ese danzar sólo de nube baja, sólo de coqueteo de nube, sólo de nube que baila; allí, se encuentra Entre Ríos, un pueblo donde las aguas mandan y no queda otra. Allí nació Luís hace once años.

Recordé una canción con síncopa de Franco de Vita y, en zig-zag, una película en blanco y negro de Leonardo Fabio cuando Carolina ―ciclista empedernida―, esa noche, nos contó una historia (a Fabián y a mí): la historia de Luís. Debería anotar: la historia de Luís y su bicicleta. 

Según Luís, a la bici, que tanto la cuidaba, que tanto la quería, se la habían quitado ― ¿robado, debiese decir?―, unos muchachotes de paso por su pueblo y nunca más la había vuelto a ver. No se animó a contarle el drama a su padre, porque, aseguró, lo molería a palos. Ahora caminaba a todos lados, porque bici no había más. Estaba de paso por San Lorenzo, una de las cabeceras del valle-valle: vino a jugar al fútbol. Un campeonato intercolegial. Allí habló con mi mujer (y su bicicleta). Contó también que su maestro compró botines a todos los alumnos de su equipo. De su sueldo, pagó―aclaró con orgullo.

Hay maestros y maestros. El de Entre Ríos, Tarija, se merecería un himno que destacase aquel “gloria y loor” con que el canto colegial argentino rememora a ese “maestro” masacrador de gauchos y de indios. Me refiero, sin pesar, a Sarmiento. 

Para no amargarme, me acordé de mi amigo, el maestro de los tobas de Rosario, el Pepe Ciotta, y del “Tierno”, profesor de educación física y ex combatiente de Malvinas, y las camisetas y la pelota de fútbol que me donaron “para los pibitos de la selva”. Las entregué en solemne ceremonia, barroca siempre, frente a toda la comunidad de Puerto San Fermín. Así nos gusta. 

El maestro de allí, conmovido el hombre, se encerró en su cuarto de caña y barro y techo de hojas de palmera. Al día siguiente, me entregó una carta de agradecimiento, escrita a pulso y con caligrafía de nocturno esmero, y donde afirmaba, desde el corazón de la Amazonía boliviana, desde el fin y el comienzo del mundo, que “las Islas Malvinas son argentinas y que recuperarlas era un deber”, parafraseando la sentencia marítima boliviana. Lloramos varios, entré árboles y pájaros, con esa hoja tan limpia y tan blanca como sólo pudo componer un corazón noble. Ese maestro también se merece un himno. Como mis amigos, ¿por qué, no?

Bolivia es un hechizo, un humo, un litro de vino ―me anotó Ciotta en un correo electrónico. Poetas son también los maestros. Como mi madre, maestra y profesora. Su vida. Entera.

Por la mañana, Fabián se marchó rumbo a la Argentina. Al ratito, llegó Lorena, la mujer que nos provee de algunas cosas que necesitamos en la casa. Cosas de comer, cosas.

Su hermana había fallecido el lunes, en un accidente en la ruta que une Orán con Aguas Blancas, en la provincia argentina de Salta. El domingo, no podía estar, sentía que algo grave iba a pasar―me cuenta. Y el martes, sabe, me avisan que se había muerto: volviendo a su casa, era de noche, unos animales se cruzaron en el asfalto, la movilidad no pudo frenar, ella estaba en el asiento del copiloto y “se estrelló la cabeza”. Murió en Orán, tenía 38 años. Lorena era su mayor: 41 años que vive. La occisa dejó dos hijos huérfanos. Y luto en el corazón y la vestimenta de su hermana.

Ambas nacieron en Bermejo, Bolivia. Marcas de petróleo y caña de azúcar. Marcas de injusticia. Cruzando el río, está Aguas Blancas, Argentina. Otra nación: la injusticia, la misma. Se había ido a su país a trabajar porque con la inundación de enero había perdido todo ―es muy tierna la gorda Lorena cuando habla―, el río, cargado de lluvia, se había llevado las casas “como si fueran galletitas, o cajas de cartón”. 

Como galletitas, la lluvia: el Bermejo, siempre deliré por ese nombre tan bello, río de temible historia ―frontera, deseo, turbión, memoria― se había llevado todo. Lorena aclara: heladeras, bebés, televisores, gente, garrafas. Todo termina botado en Embarcación, ¿usted conoce? ―me inquiere sin dudarlo. 

Confieso, conozco y ellos lo saben: tengo una conexión geográfica: le digo que sí, sabiendo que se refiere al lugar donde el río de aguas bravas pega una vuelta inverosímil y se interna manso, como domado, en el Chaco. Allí está todo, todo lo que se lleva el agua, me avisa Lorena, la sal de la tierra, y yo, el hijo de la maestra, le mezclo la furia del río con la desdicha de su hermana, que por suerte no terminó arrastrada sino muerta, para que le avisaran, desde un hospital oranense, y Lorena, la del pueblo, con su infinita sabiduría para no quebrarse, apela a la Biblia y me ilustra sobre algún versículo que habla del destino. Y el teléfono celular –que para algo, sirve. El destino, el río, las aguas bravas que se vuelven mansas. Agradezco en secreto haber mantenido este terrible diálogo.

Lorena sigue hablándome y hablándome, la escucho, siempre la escucho porque es para escucharla siempre. Fabián: te la perdiste, seguro que otra vez será.

Escribo queriendo testimoniar la historia de Luís y de Lorena, que se mezclaron con la segunda visita de Fabián a mí, su amigo, que estoy, aquí, en Bolivia. 

Creo que la vida, esa vida que portamos todos, puede ser recorrida ―y leída o escrita― como una larga e inagotable cadena de sentimientos que nos unen a todos, sentimientos que se mezclan, confunden y funden; van y vienen: están ahí, mansos y bravos, hoscos y tiernos, honestos, fecundos, poéticos, para que los vivamos. 

Lo que el corazón dicta, se sufra o se goce, es lo que manda. O debería serlo. No hay más. No debería haberlo. La vida es, o debería ser, una cadena perpetua, una apuesta definitiva, a los sentimientos que nos unan, nos enlacen, nos hermanen, nos apasionen, nos comprometan, a todos.

La justicia, desde ya, para acabar con la injusticia, antes que ninguno.

Tarija, 17 de agosto de 2008
Día de la muerte de Mi General San Martín

Imagen: Quijote, Miguel Rep.

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