16 de febrero de 2017

Viajar a Patagonia


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ
¿Viajar? ¿A dónde? Lejos sin duda... A Patagonia, a Magallanes, al Madre de Dios, a Sepultura... Ese viaje  empezó escuchando a José Larralde contando y cantando de la Patagonia argentina. Solo llegué a conocer el extremo sur de la chilena, viniendo de Chiloé, tras los pasos de don Pancho Coloane… y años después de haber almorzado en Madrid con Luis Sepúlveda que me habló de ese territorio barrido por el viento. Hay cosas que empiezan como empiezan y no se sabe cómo acaban, sí es que lo hacen y no se quedan ahí prendidas, en el aire, como una cuestión pendiente, para siempre.
Y de Larralde me fui en busca de Blaise Cendrars, en la Prosa del Transiberiano, leído y acotado, en octubre de 1971, en un tren nocturno, de Biarritz a París.
He perdido todas mis apuestas
Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que conviene a mi
inmensa tristeza,
la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur
Estoy en camino
Siempre he estado en camino…
 –¿Siempre? Permítame que lo dude, buen hombre…
–¿Quién habla?… ¿Quién está ahí?... Quién sabe, no se ve bien, está a oscuras.
Ese es en el fondo el mejor escenario para admitir que no siempre has sido fiel ni a ti mismo ni a tus sueños, que ha habido más deserciones de las que puedes digerir. El haber llegado hasta Patagonia –un nombre repetido en la oscuridad de las noches de insomnio de quien vive atrapado en un cepo que no le es ajeno– y metido los pies en el agua, fría y sucia, de Magallanes no te absuelve de nada.

*Publicado originalmente en el blog del autor Vivir de buena gana (16/2/2017)

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