29 de marzo de 2017

Del país de los agravios



Miguel Sánchez-Ostiz

Ian Gibson dice que llora por España porque no la ve en paz, que es una forma de referirse a la evidente fractura social que empaña la vida pública y privada del país: «Me da pena ver sus posibilidades y me duele profundamente que este país no esté en paz consigo mismo». Fractura negada por quienes más hacen porque se mantenga viva y enconada, y porque se ensanche a diario esa brecha entre ricos y pobres, entre unos y otros, entre los de arriba y los de abajo, y los de al lado, y los que vienen como pueden y los que se van no porque quieran, o no solo por eso, sino porque no les queda más remedio. Compatriotas espantados de serlo, qué país más raro.

Que un policía nacional reproche a un ciudadano su poco amor a España por hablar en catalán, es un asunto gravísimo, casi más que la multa de 601 euros que le ha caído de manera por completo arbitraria por ese mismo motivo. Qué forma más bonita y más eficaz, por otra parte, de impulsar el algo más que sentimiento independentista catalán. Lenguas enemigas: qué espanto. Si se hiciera el inventario de agravios padecidos por los ciudadanos, por parte de uniformados, togados o patriotas espontáneos, repartidos por toda la geografía nacional, el resultado sería algo asombroso. Un país de incomprensiones mutuas, enconadas y voluntarias: no nos entendemos porque no queremos, porque no sabríamos cómo, porque lo nuestro es la cainina, con la que se mete picos gratis el otro, siempre el otro, no nosotros. Aquí no hay quien no tenga cuentas pendientes, hasta los ricos, por eso agarran maderos fules, servicios secretos particulares y se compran y venden indecencias como si fueran cromos de Nestlé o barajas de «las familias». ¿Se acuerdan? … De los tres cerditos… Tenerse o no tenerse agarrado por los mismísimos más ensimismados, esa forma de vida española, cuartelara y maja, que no cesa.

Gibson es un profesor e historiador de prestigio indiscutible, es alguien digamos, no lo digo en tono de reproche alguno; pero hay tantos naidies que padecen desahucios, multas, cárcel, pobreza, pero pobreza de verdad, salud precaria y empujones de todas clases por parte de esa España que hace llorar, que no ha dejado nunca de hacerlo, que ni siquiera pueden o aciertan a expresar lo que sienten por el país en el que viven y padecen, y cuyo clamor queda a diario silenciado por la trompetería triunfal de un gobierno de guapetones.

Del me duele España unamuniano, testigo recogido por Ortega, al ser un español sin ganas a la manera de los que no pueden ser otra cosa, de Luis Cernuda, y más, poetas y no poetas, Blas de Otero… Cadalso, militar ilustrado, Blanco White, Foronda, Larra con su mala pistola de arriero catalán… tantos y tantos, y espera, que aquí vienen, que ya están llegando, con otra piel y más lenguas.

La España de Machado que bosteza es la que insta a la otra, a esa otra que cantó Miguel Hernández y cuyo poema da vergüenza leer hoy: Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España, ay, a ver quién se atreve; esa que le insta, decía, al olvido, al aquí no ha pasado nada, al mirar al frente, pero a toque de cornetín de órdenes, la que aspira a tenerla aherrojada con leyes represivas como ese artículo del Código Penal referido al enaltecimiento del terrorismo que urge Podemos a retirar del articulado, un auténtico cajón de sastre que está permitiendo arbitrariedades mayúsculas. Me decía un penalista que el nuestro es un Código Penal inseguro en la medida en que está escrito a empujones de la ideología política dominante más que de unas necesidades sociales de la época en la que puede ser aplicable. Un Código Penal que marca conductas reprimidas como normas sociales y, sobre todo, formas de libertad de conciencia y de opinión limitadas.

Llevo años diciendo en público y por escrito que estoy a favor de pasar página… pero antes de eso, estoy por la necesidad de escribirla, con todos los recursos posibles, incluidos los archivos de la Guardia Civil, y todos los militares y los de Asuntos Exteriores y, y… y no solo de escribirla, sino de leerla, de que tú que no quieres, que no me dejas, la leas de una vez. Entonces sí, entonces la pasamos, pero antes no. ¿Revanchista? No, lúcido o en esa voluntad dicho. Aquí hay mucho sapo mal digerido, como apunta Ian Gibson en esa entrevista publicitaria –¿y ya cuál no lo es?– que le han hecho con motivo de la salida de su último libro, ese que trata de España, tema de moda como suelen serlo las borrascas y temporales que no amainan: Que juzguen los que viven por sus manos.

*Artículo publicado en Cuarto Poder y en el blog del autor, Vivir de buena gana, 29/3/2017

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