7 de junio de 2017

Goytisolo, esa trinchera


Miguel Sánchez-Ostiz

Juan Goytisolo, más que un escritor que vivía en Marrakech, era (es) una referencia constante y obligada frente a la que posicionarse a favor o en contra, a cada aparición pública de las suyas. Se vio cuando le concedieron el premio Cervantes y cometió el imperdonable pecado no ya de aceptarlo, sino de acudir vestido como lo hizo, algo que provocó la salida a escena de los Petronios del vestir y de la misma vida. Se ha visto ahora, con ocasión de su fallecimiento y de los funerales nacionales y elogios fúnebres que han seguido –la necrológica, ese género magistral de la literatura española–, y con los denuestos y críticas acerbas ad hominem que ha suscitado. Me he acordado de Luis Cernuda cuando escribe: Algo os ofende, porque sí, / en el hombre y su tarea; y también lo he hecho del país cainita que ha intentado exorcizar Goytisolo, ese en el que todos somos Abel para la ocasión.

Una concepción del país y de la vida de cada cual la de Goytisolo –a través de su obra lo veo– que resultaba intolerable para muchos, que no sé si lo leyeron o no; tal vez sí lo hicieron, en sus artículos siempre polémicos, y a la postre lo desdeñaron como «un profesional de la queja» y poco más, para no verse obligados a admitir que era el autor de una obra ingente. Abanderado de una renovación formal del relato y aborrecido por lo mismo, sus aproximaciones al mundo árabe e islámico han suscitado adhesiones y rechazos rotundos. Leerlo, para qué, si con los titulares y lo que diga nuestro gurú particular vamos sobrados. Hay actitudes y aventuras creativas que no se perdonan, todo es motivo de reproche, de achaque, de ninguneo.

Me pregunto por el lector que ahora mismo pueda leer obras como Juan sin Tierra o Reivindicación del conde Don Julián, cuando tantos son los que aborrecen el país en el que viven no por nada, sino por la gente que lo enseñorea, y dicen: «Yo, si pudiera, me iría»; y unos se van y otros se quedan porque no pueden irse y porque no es tan fácil hacerlo. ¿Cuál será la emoción lectora de ese lector que con veinte o treinta años pueda acercarse a su obra? ¿Alentarán alguna rebeldía?

Los ejemplares de las obras citadas que abro son de Joaquín Mórtiz, publicados va para medio siglo, y su papel ha amarilleado mucho; y eso me obliga a preguntarme a dónde han ido a parar los entusiasmos, ideales, sueños, compromisos de entonces, alentados por la lectura de esas y otras páginas, en la veintena menos airada de lo que recuerdo.

Hoy veo su obra como un reto constante que no ha sido compartido ni aceptado. Pienso en Larva, olvidada, pienso en Julio Ortega… Vuelvo a la de Goytisolo y no veo ninguna otra que esté a su altura. Invita a la autocrítica, invita a repensar los propios retos, las ideas que nos sostienen.

El rebelde, el que se aparta, el pájaro solitario, el banido, el renegado, el que va a contrapelo concita enseguida el rencor de la tribu y del sometido por la fuerza o por conveniencia o por gusto incluso, que ve la rebeldía o la mera disidencia ajena como una arrogancia imperdonable: Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo / En creer que la razón de soberbia adolece, Cernuda de nuevo, a quien dedicó ensayos certeros.

Es de buen tono reírse de Goytisolo y sus rebeldías, es casi una seña de identidad, tanto como el desarraigo y la expatriación fue la suya, hasta que el patriotismo de raíces cuarteleras se ha declarado epidémico: hay que apuntarse en algún banderín de enganche, hay que agitar banderas, hay que corear consignas… la sentencia del buen español y el mal español acecha. Tristeza y cansancio, el que sintieron otros escritores españoles de la estirpe de Goytisolo ya en el XVIII, como si este amor del disgusto (D’Ors) del escritor con el país en el que ha nacido o vive, fuera una constante, igual que esa necesidad de tener un demonio, un enemigo, al que alancear para así afirmarse en uno mismo. El odio y el rencor unen mucho, me decía Carlos Castilla del Pino, le dan cohesión a la tribu, a la jarca, aquella tan aborrecida por Goytisolo.

Recuerdo a Juan Goytisolo hablando con desengaño y tristeza de los españoles de hace veinte años, a quienes tildaba de «nuevos ricos, nuevos demócratas, nuevos europeos y nuevos nuevos», para terminar admitiendo que el viejo mundo no solamente nos roía lo zancajos, sino que nos estaba ganando la carrera y a empujones. Los demonios nacionales eran (son) de muy difícil exorcismo, prevalecían los mejores derechos y razones, las purezas de sangre, las ortodoxias, las tradiciones… «Cours camarade, le vieux monde est derrière toi!», rezaba el eslogan anarco ya olvidado, como todos. Nada, ni caso, mayo de 1968 queda muy lejos, y a lo mejor nunca estuvo, fue una ficción, «como si nada de esto hubiese existido, ¿verdad?», dice Maurice Garrel en Les amants réguliers (2004), una película de su hijo Philippe; como queda lejos su amigo Jean Genet y todas las referencias literarias de una voluntad subversiva de cambio cultural y político de los años setenta y ochenta incluso. El tiempo es otro, no todo puede oler a muerto, con independencia de la trinchera en la que formes, pero en su estela sobran los motivos para el exorcismo y el conjuro de la escritura.

Con Cernuda termino y en el recuerdo del Goytisolo, un escritor más admirado y querido que denostado, descubierto con veinte años y leído durante muchos más: No me queréis, lo sé, y que os molesta / Cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende. / ¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?


*Artículo publicado originalmente en Cuarto Poder (7/6/2017)

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